ESKLEPSIS 2
PORTICO
Montaigne: Por qué escribo los EnsayosMISTERIOS
La carta de BaltimoreCONVERSACIÓN CON DAVID LABORDA
2. Un tímido patológicoLA MITAD OCULTA
Hedvidge, la bella teólogaCUENTO CORTO
SoloOTRA INTRODUCCIÓN AL BUDISMO
2. Vida y leyenda de BudaCUADERNO DE VIAJE
Isla MauricioCUADERNOS EGÓLATRAS
Horas lentas en la ciudad del miedoLA BIBLIOTECA IDEAL
De Nasis, de Skawlemberg, y el género nasalEL LIBRO DEL MES
La Nueva Teología (Ludwig von Hertz)LIBROS
OPINIÓN DE LOS LECTORES
ESKLEPSIS 2
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Número 2
primera edición en papel, noviembre 1995
segunda edición corregida, julio 1997
edición en PDF septiembre 2004
edición en red noviembre 2004
He añadido y seguiré añadiendo comentarios a esta edición en red.
A veces los comentarios incluyen vínculos a páginas web relacionadas con lo que se dice y a veces son sólo pequeños comentarios o explicaciones. Se puede leer la revista sin leer los comentarios.
"Señora, si no me salvan la originalidad y la novedad, que acostumbra a dar valor a las cosas, jamás saldré dignamente de esta necia empresa; mas es tan fantástica y posee una apariencia tan alejada de lo común, que quizá por ello tenga un pasar. Una inclinación melancólica y por consiguiente muy enemiga de mi forma de ser natural, producida por la tristeza de la soledad, a la que me había entregado desde hacía algunos años, hizo que naciera en mi cabeza esta fantasía de meterme a escribir. Y después, hallándome enteramente desprovisto y vacío de cualquier otra materia, me presente a mí mismo como argumento y tema. Es libro único en el mundo y en su especie, de propósito raro y extravagante. No hay cosa alguna en esta tarea digna de destacar, si no es esta misma rareza; pues a tema tan vano y vil ni el mejor artesano del mundo habría sabido dar forma que mereciese ser mencionada .
Hace varios años que soy yo el único objetivo de mis pensamientos, que no analizo y estudio más que mi propia persona; y si estudio otra cosa, es para aplicármela a mí. No hay descripción de tanta dificultad como la de uno mismo, ni ciertamente de tanta utilidad.
Sí, quizá me digan que este deseo de servirse de uno mismo como tema para escribir, sería excusable en hombres únicos y famosos, los cuales, por su celebridad hubieren inspirado ciertos deseo de ser conocidos... Este reproche es muy verdadero, más apenas sí me afecta... No erijo con esto una estatua para colocarla a la entrada de una ciudad, ni en una iglesia, ni en la plaza pública:
Non equidem hoc studeo, bullatis ut mihi nugis
Pagina turgescat...
Secreti loquimur.
("No intento inflar mis páginas con bagatelas y connimiedades; hablo de forma confidencial" Persio V,19)
Es para un rincón de la biblioteca y para divertir a un vecino, a un pariente, a un amigo que se entretendrá en descubrirme y compararme con esta imagen...Y aun cuando nadie me leyese, ¿acaso habría perdido el tiempo al ocuparme durante tantas horas ociosas enpensamientos tan útiles y agradables?
Al moldear en mí esta figura hube de alzarme y componerme tan a menudo para extraerme, que el modelo se afirmó y formó de algún modo a sí mismo. Al pintarme a mí para los demás, me pinté en mí con colores más nítidos que los míos primeros. No he hecho mi libro más de lo que mi libro me ha hecho, libro consustancial a su autor, mediante tarea propia, parte de mi vida; no mediante una tarea y una meta tercera y ajena como todos los demás libros.
¿Acaso he perdido el tiempo al haberme rendido cuentas de mismo tan continua y cuidadosamente? Pues aquellos que se dan un repaso en pensamiento solamente y en voz alta en algún momento, no se examinan tan esencialmente ni se penetran como aquél que hace de ello su estudio, su obra y su oficio, que se compromete a un análisis largo, con toda su fe y todas sus fuerzas.
!Cuántas veces me ha distraído este trabajo de pensamientos enojosos! Y han de contarse como enojosos todos los frívolos. Nos ha obsequiado la naturaleza con una amplia facultad para entretenernos en privado y a ello nos llama a menudo para enseñarnos que nos debemos en parte a la sociedad, más, en la mejor parte, a nosotros. Para formar mi fantasía a que incluso sueñe con orden y proyecto, y salvarla de perderse y desbarrar en el viento, no hay como dar cuerpo y anotar tantos menudos pensamientos como se le ocurren.
¿Y qué decís de estar más atento a los libros desde que los acecho por ver si podré sisar algo con qué esmaltar y apuntalar el mío?
No estudié para hacer un libro; más sí estudié algo porque lo había hecho, si a revolotear y pellizcar de aquí y de allá, ora de un autor, ora de otro, puede llamársele estudiar; en modo alguno para formar mis ideas; sí, para, unavez formadas, ayudarlas, secundarlas y servirlas.
Quizá quieren que dé testimonio de mí con obras y hechos, y no sólo con desnudas palabras. Pinto principalmente mis pensamientos, objeto informe, que no puede reducirse a producto artesanal. A duras penas puedo meterlo en ese cuerpo etéreo de la palabra... Los hechos hablarían más acerca del destino que de mí. Dan testimonio de su papel, no del mío, a no ser por conjeturas y de forma incierta: retazos de una exhibición particular. Me expongo por entero: como una anatomía en la que a primera vista aparezcan las venas, los músculos, los tendones, cada pieza en su lugar.
No describo mis gestos, sino mi propia persona, mi esencia. Sostengo que se ha de ser prudente al juzgarse uno mismo e igualmente serio al dar testimonio, ya sea elevado, ya sea bajo, indistintamente. Ocuparse de uno mismo a algunos les parece que es complacerse en uno mismo; tratarse y observarse, quererse demasiado. Puede ser, mas ese exceso sólo nace en aquellos que se palpan superficialmente, que se miran después de sus asuntos, que a ocuparse de sí mismos, a formarse y a construirse, a hacer castillos en el aire, llaman ociosidad y fantasía: considerándose cosa secundaria y ajena a ellos mismos.
No dudo en modo alguno que a menudo caiga en hablar de cosas que tratan mejor los maestros del oficio y con más verdad. Esto es puramente la prueba de mis facultades naturales y en absoluto de las adquiridas; y quien me sorprenda en algún error, no hará nada contra mí, pues apenas si responderé ante los demás de mis razones, si no respondo de ellas ni ante mí mismo; ni de ellas estoy satisfecho. Quien va en busca de la ciencia, hállala allí donde se aloja: nada hay de lo que yo me jacte menos. Plasmo aquí mis ideas, mediante las cuales no pretendo dar a conocer las cosas, sino a mí mismo: quizá algún día me sean conocidas o me lo hayan sido antaño según me haya llevado la fortuna a los lugares en los que quedaban esclarecidas. Mas ya no lo recuerdo. Y si soy hombre de ciertos estudios, soy hombre de memoria nula.
Así, no garantizo certeza alguna si no es la de dar a conocer hasta qué punto llega en estos momentos el conocimiento que tengo. Que no se fijen en las materias sino en la forma que les doy.
Que vean, por lo que tomo prestado, si he sabido elegir con qué realzar mi tema. Pues hago que otros digan lo que yo no puedo decir tan bien, ya sea por la pobreza de mi lenguaje, ya por la pobreza de mi juicio.
Mucho me agradaría tener un conocimiento más perfecto de las cosas, mas no quiero comprarlo a cualquier precio. Mi proyecto es pasar dulcemente y no laboriosamente lo que me queda de vida. Nada hay por lo que quiera romperme la cabeza, ni siquiera por el saber, cualquiera que sea su valor. En los libros sólo busco deleitarme mediante sano entretenimiento; o si estudio, sólo busco con ello el saber que trata del conocimiento de mí mismoy que puede instruirme para bien morir y bien vivir.
Digo libremente mi parecer sobre todas las cosas, incluso sobre aquellas que quizá se salen de mi inteligencia, que en modo alguno considero que pertenecen a mi jurisdicción. Lo que opino de ellas revela la medida de mi vista y no la medida de las cosas.
Soy enemigo acérrimo de la obligación, la asiduidad y la constancia; que nada hay tan contrario a mi estilo como una narración extensa: me recorto con frecuencia, falto de aliento. Por tanto heme puesto a decir lo que sé decir, adecuando la materia a mi capacidad. Y mis opiniones las estimo infinitamente atrevidas y constantes al condenar mi incapacidad. Realmente, también es un tema en el que ejercito mi juicio más que en ningún otro. El mundo mira siempre hacia fuera; repliego yo la vista hacia mi interior, la fijo y la ocupo allí. Cada cual mira de frente; yo miro dentro de mí: sólo he de vérmelas conmigo, me analizo sin cesar, me controlo y me pruebo. Los demás, si se dan cuenta, van siempre hacia otra parte,
nemo in sese tentat descendere
("Nadie intenta verse a sí mismo", Persio, IV,20)
yo, me encierro en mí mismo.
Me estudio más que cualquier otro tema. Es mi metafísica y mi física. Dividen y apuntan sus ideas los sabios más específica y detalladamente. Yo que no veo en ellas más que lo que me dice la práctica, sin regla, presento las mías de modo general y a tientas. Como aquí; escribo mi pensamiento en artículos descosidos, como cosa que no puede decirse de una vez y en bloque.
Igualmente veo yo mejor que nadie que lo que aquí escribo no son más que lucubraciones de hombre que sólo ha probado la corteza de las ciencias en su infancia, reteniendo únicamente un aspecto informe y general; un poco de cada cosa y nada del todo, a la francesa. Mas profundizar más, quemarme las cejas estudiando a Aristóteles, u obstinarme en alguna ciencia, eso jamás lo hice; ni hay arte cuyas primeras líneas sepa trazar. Sea como fuere y sean cuales sean mis inepcias, quiero decir que no he intentado ocultarlas, al igual que un retrato de mi persona en el que hubiese plasmado el pintor, no un rostro perfecto, sino el mío, canoso y calvo. Pues aquí están mis sentimientos y opiniones; los entrego en tanto que constituyen lo que yo creo, no porque deban ser creídos. Sólo intento poner al descubierto mi manera de ser que podría ser otra mañana si un nuevo aprendizaje me hiciera cambiar.
Tomo al azar el primer tema que se me presenta. Todos me son igualmente buenos. Y jamás pretendo tratarlos por entero. Pues de nada puedo ver el todo. Aquéllos que pretenden mostrárnoslo, no lo hacen. De cien partes o rostros que cada cosa tiene, tomo uno de ellos, ya sólo para lamerlo, ya para rozarlo, ya para pellizcarlo hasta el hueso. Y a menudo gusto de cogerlo desde algún punto de vista inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia, si me conociera menos. Esta mezcolanza de tantas cosas distintas se debe a que no me pongo manos a la obra más que cuando a ello me obliga una ociosidad demasiado insulsa, y sólo cuando estoy en casa. Así se ha construido en diversas situaciones y a intervalos, pues las circunstancias me retienen fuera varios meses a veces. Por otra parte, no corrijo mis primeras ideas con las segundas; quizá sí alguna palabra, más para cambiar, no para quitar. Quiero plasmar la evolución de mis pensamientos y que se vea cada cosa en su nacimiento. Me gustaría haber empezado más pronto y reconocer la marcha de mis mutaciones.
Yo voy cambiando indiscreta y tumultuosamente. Mi estilo y mi mente vagabundean igual. Se ha de tener cierta locura si no se quiere tener más necedad. Expongo aquí fantasías, informes e indecisas, no para establecer la verdad, sino para buscarla.
He envejecido siete años u ocho años desde que comencé. . No pinto el ser. Pinto el paso: no el paso de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete años en siete años, sino día a día, minuto a minuto. He de adaptar mi historia al momento. Podré cambiar dentro de poco no sólo de fortuna, sino también de intención. Es un registro de diversos y cambiantes hechos y de ideas indecisas cuando no contrarias; ya sea porque soy otro yo mismo, ya porque considere los temas por otras circunstancias y en otros aspectos. El caso es que quizá me contradiga, más la verdad, como decía Demades, no la contradigo. Si mi alma pudiera asentarse, dejaría de probar y me decidiría; mas está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba.
Los autores se dan a conocer al pueblo por alguna marca particular y externa; yo soy el primero en dar a conocer mi ser total, en mostrarme como Michel de Montaigne, no como gramático, o poeta, o jurisconsulto. Si se queja el mundo de que hablo demasiado de mí, me quejo yo de que él no piense sólo en sí.
Mas, ¿es lógico acaso que siendo tan individualista de costumbres, pretenda que se me conozca públicamente? Las fantasías de la música están guiadas por el arte, las mías por la suerte. Al menos tengo algo conforme a la disciplina, que jamás hombre alguno trató de tema del que entendiese y supiese más que del que yo he emprendido, y que en él soy el hombre más sabio que existe; en segundo lugar, que jamás nadie profundizó más en la materia, ni desmenuzó con más detalle los elementos y sus consecuencias; ni alcanzó más exacta y plenamente el fin que se había propuesto con su trabajo. Para acabarlo, no he de aportar más que la fidelidad; ésta es la más sincera y pura que puede haber. Digo la verdad, no tanta como en mí cabe, mas si tanta como oso decir; y oso más al envejecer, pues parece que se suele tener a esta edad más libertad para charlar y hablar de uno con indiscreción.
Os digo que cuando oigo a alguien detenerse en el lenguaje de los "Ensayos", preferiría que se callase. No es tanto ensalzar las palabras como menospreciar el sentido. Si he errado, si muchos otros hacen más atractiva la materia, sin embargo, sea como sea, mal o bien, ningún escritor la ha sembrado ni mucho más sustanciosa, ni al menos más recia, en el papel.
Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo y con la misma marcha. En otros casos puédese elogiar la obra y criticar al obrero, por separado; en este no: si se ataca al uno, se ataca al otro.
¿Quién no ve que he tomado un camino por el cual seguiré sin cesar y sin esfuerzo mientras haya tinta y papel en el mundo? No puedo contar mi vida por mis actos: la fortuna los pone demasiado abajo; la cuento por mis pensamientos. ¿Y cuándo terminaré de representar la continua agitación y mutación de mis pensamientos, sea cual sea la materia en que caigan, dado que Diómedes llenó seis mil libros únicamente con el tema de la gramática?
Además de este provecho que saco escribiendo sobre mí, espero este otro: que si ocurre el que mis lucubraciones plazcan y convengan a algún hombre de bien antes de que yo muera, intente tratarme. Le doy mucho ya hecho, pues todo cuanto un largo conocimiento y una larga familiaridad podría proporcionarle en muchos años, lo ve a través de este escrito en tres días y con mayor seguridad y exactitud. Escribo este libro para pocos hombres y para pocos años.
He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí.
Y yo no sé si no preferiría haber producido un hijo perfectamente formado mediante la unión con las musas que mediante la unión con mi mujer. A éste [los Ensayos] tal y como es, lo que le doy, se lo doy pura e irrevocablemente, como se da a los hijos corporales; ya no dispongo de ese pequeño bien que le he hecho; puede saber bastantes cosas más que yo ya no sé, y tener de mí lo que yo no he retenido y que habría de tomar prestado de él, como cualquier extraño, si lo necesitara. Él es más rico que yo, aunque yo sea más inteligente.
Le hablo al papel como hablo al primero que me encuentro. ¿No hablo siempre así? ¿No me muestro así a lo vivo? !Basta! He hecho lo que he querido: todos me reconocen en mi libro y a mi libro en mí.
Michel de Montaigne, Ensayos:
Del afecto de los padres por los hijos
Del ejercicio
Del mentir
De los libros
De la fuerza de la imaginación
De la presunción
De la educación de los hijos
Del parecido entre padres e hijos
Del arrepentimiento
Consideración sobre Cicerón
De Demócrito y Heráclito
De las oraciones
Sobre unos versos de Virgilio
De la vanidad
De la experiencia
De lo útil y de lo honrado
Con este Pórtico de Montaigne se inicia el segundo número de ESKLEPSIS. Quizá debo decir que los textos seleccionados para esta sección de la revista lo son porque tienen que ver con mi manera de pensar y con la intención que me lleva editar ESKLEPSIS. Quizá ya lo dije en el número anterior.
Pocas veces encontraré palabras y frases enteras, como estas de Montaigne, que pueda hacer mías, en sucesivos Pórticos. Dada esta semejanza inaudita y feliz, no añadiré nada a lo que dice Montaigne, porque he preferido que él tomara la palabra y lo dijera mejor.
Vuelvo pues a dejar hablar a Montaigne, transcribiendo el Al lector que el propio Montaigne ponía en el inicio de sus Ensayos:
AL LECTOR:
Es este un libro de buena fe, lector. De entrada te advierte que con él no me he propuesto más
fin que el doméstico o privado. En él no he tenido en cuenta
ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios.
Lo he dedicado al particular solaz de parientes y amigos: a fin de que una
vez me hayan perdido (lo que muy pronto sucederá), puedan hallar en él
algunos rasgos de mi condición y humor, y así, alimenten más
completo y vivo, el conocimiento que han tenido de mi persona. Si lo hubiera
escrito para conseguir el favor del mundo, me habría engalanado mejor
y me mostraría en actitud más estudiada. Quiero que en él
me vean con mis maneras sencillas, naturales y ordinarias, sin disimulo ni
artificio: pues me pinto a mí mismo. Aquí podrán leerse
mis defectos crudamente y mi forma de ser innata, en la medida en que el respeto
público me lo ha permitido. Que si yo hubiera estado en esas naciones
de las que se dice viven todavía en la dulce libertad de las primeras
leyes de la naturaleza, te aseguro que gustosamente me habría pintado
por entero, y desnudo. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro:
no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano.
Adiós, pues, de Montaigne, a uno de marzo de mil quinientos ochenta.
***
El Desiderata de Baltimore
[Este escrito me lo dio mi amiga Carmen González. Alguien se lo había dado a ella. Esconde al menos el misterio de quién fue su autor, y tal vez alguno más]
Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda la paz que se puede encontrar en el silencio. Vive en buenas relaciones con todas las personas, todo lo que puedas, sin rendirte. Di tu verdad tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido y al ignorante; ellos también tienen su propia historia.
Evita a las personas ruidosas y agresivas, ya qeu son un fastidio para el espíritu. Si te comparas con otros, te volverás vano y amargado, porque siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros así como de tus planes. Mantén el interés por tu propia carrera, por humilde que sea; es una verdadera fortuna en las cambiantes vicisitudes de los tiempos. Sé cauto en tus negocios, porque el mundo está lleno de engaños. Pero no por eso te ciegues a la virtud que, sin duda, existe; mucha gente lucha por altos ideales y, en todas partes, la vida está llena de heroísmo.
Sé tú mismo. Especialmente no finjas afectos. Tampoco seas cínico en el amor; porque, frente a toda aridez y desencanto, el amor es perenne como la hierba. Recoge mansamente el consejo de los años, renunciando con donaire a las cosas de la juventud. Nutre la fuerza de tu espíritu para que te proteja de las desgracias repentinas. Pero no te angusties con fantasías. Muchos temores nacen de la fatiga y de la soledad. Junto con una sana disciplina, sé amable contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los árboles y las estrellas; tú tienes derecho a estar aquí. Y te resulte evidente o no, sin duda el universo se desenvuelve como debiera.
Por lo tanto, mantente en paz con Dios, de cualquier modo que lo concibas. Y cualesquiera que sean tus trabajos y aspiraciones, mantén, en la ruidosa confusión, paz con tu alma.
Con todas sus farsas, trabajos y sueños rotos, éste sigue siendo un mundo hermoso. Ten cuidado. Esfuérzate en ser feliz.
(Encontrado en la vieja Iglesia de Saint Paul, Baltimore, 1693)
ACERCA DEL DESIDERATA DE BALTIMORE
Habrá que averiguar varias cosas:
1. Si se trata de la ciudad norteamericana de Baltimore o de otra situada en Gran Bretaña, Australia, etcétera.
2. En qué año fue fundada la Baltimore americana y por quién (a no ser que #1 haga sospechar de otra ciudad)
3. Si existe una iglesia de Saint Paul en Baltimore, y si existía en 1693.
4. Qué tendencias religiosas había en Baltimore en aquella época, y concretamente cuáles eran las de los que fundaron la Iglesia de Saint Paul.
5. Personajes más o menos conocidos en Baltimore.
La lectura del Desiderata plantea varias cuestiones:
a) El estilo y ciertas palabras parecen más modernas de lo que la fecha indica. Pero ello puede deberse a traducciones y añadidos posteriores.
b) La concepción de Dios parece muy tolerante y poco acorde, creo, con las sectas dominantes en la época, aunque podría tratarse de mormones, cuáqueros, socinianos o alguna secta menor.
c) La idea de que el hombre es una criatura más del universo tampoco concuerda con el catolicismo ortodoxo.
d) El hecho de que se trate de Baltimore, de las referencias a los negocios y otros detalles apuntan, en cualquier caso a alguna especie de protestantismo, aunque apenas se descubren algunos de los rasgos característicos de sus versiones más rigoristas. Por otra parte, Dios juega un papel secundario: no se habla de la salvación por la fe, ni se insta a la pobreza o cosas semejantes.
e) Tal vez tiene alguna similitud con algunas de las ideas expresadas en el Wilhem Meister de Goethe.
No sé si descubriré el misterio que envuelve el Desiderata, pero en el camino espero aprender muchas cosas.
*****
"Un padre deja a la posteridad la mayor cantidad de hijos que puede con el fin de perpetuar su nombre; un conquistador, a fin de perpetuar el suyo, extermina la mayor cantidad de hombres que le es posible."
(Fontenelle, Diálogos
de los muertos)
CONVERSACIÓN CON DAVID LABORDA
2. UN TÍMIDO PATOLÓGICO
Daniel Tubau:En su Fragmento autobiográfico, usted se considera a sí mismo como una persona tímida, incluso llega a definirse como tímido patológico. Sin embargo, yo no he advertido en usted ningún síntoma de timidez y falta de confianza, sino sosiego, e incluso seguridad, a lo largo de esta entrevista.
DavidLaborda: Por supuesto, pero tal vez el mérito es suyo, pues ha sabido crear una atmósfera de confianza, que me permite expresarme a mis anchas, sin temores ni prevenciones.
DT: ¿Quiere usted decir que la timidez es una especie de prevención frente a los demás, que impide que se muestre espontáneamente la verdadera personalidad?
DL: Bueno, yo no lo diría de ese modo. La timidez, la prevención frente a los desconocidos, es un mecanismo complejo. Por un lado, se trata de tantear el terreno, averiguar cómo es el otro, descubrir de qué se puede hablar con él y de qué modo. Es, tal vez, una muestra de respeto, de cortesía hacia la diferencia.
DT: Pero se puede ser cortés y respetuoso sin ser tímido. La timidez más bien expresa un temor, un miedo tal vez exagerado a mostrarse uno tal como es, ¿no le parece? Es como si uno pensara que no ha de descubrir su juego, temiendo tal vez las consecuencias que puede acarrear el que los demás te conozcan tal como eres. De todos modos, incluso en ese caso, no sé si estamos hablando de timidez o de discreción, que son dos cosas distintas. La timidez es previa a cualquier consideración acerca de cómo ha de relacionarse uno con los demás.
DT: Sí, tal vez tenga usted razón, sobre todo cuando la timidez se convierte en patológica, como ha menudo ha sido mi caso. Pero no estoy de acuerdo en esa idea en que usted insiste del verdadero yo, de la verdadera personalidad. Algunos pensarán, en efecto, que la desgracia de un tímido es no poder mostrar su verdadera personalidad. Sin embargo, la timidez, como dije antes, puede ser un impedimento para la relación social, pero no necesariamente una máscara de la personalidad.
DT: Sí parece serlo, en tanto que impide que una persona se comporte y se exprese tal como es.
DL: Sí, pero también lo impide un comportamiento excesivamente campechano. Se suele creer que las personas desinhibidas muestran sin tapujos su verdadera personalidad. Yo creo que, a veces, bajo la apariencia espontánea de esas personas, se pueden esconder dos cosas: una falta de personalidad o una ruidosa prevención, que tampoco es muy distinta de la timidez. Hay personas que sólo saben relacionarse de una manera con los demás: "Si me comportase de otra manera, ya no sería yo", dicen. Pero yo insisto en que no creo en esa historia del verdadero yo. ¿Le puedo contar una historia?
DT: Por supuesto, ¿tiene que ver con el tema de verdadero yo?
DL: Sí, se trata de una historia que viví con un amigo. Mi amigo es una persona de hablar franco, que se relaciona fácilmente con los demás, de ese modo que se suele llamar campechano. En una ocasión, fuimos a un centro de meditación con otro amigo de tendencias místicas. Pasamos allí una tarde deliciosa con los miembros de la orden, hablando en voz baja, respetuosamente. Advertí enseguida que mi amigo tenía ciertas dificultades: no se sentía cómodo en un ambiente tan solemne. Poco a poco fue adaptándose y al final se integró casi totalmente al nuevo modo de relación. Cuando salimos de allí, los tres comentamos lo enriquecedor de aquella velada. A él le había encantado la experiencia. Sin embargo, acabó diciendo que, aunque había conseguido meterse en el papel de hermano místico, lo único que le molestaba era el no haberse podido expresar tal como era.
DT. Eso, entonces, confirma lo que yo decía: su amigo tuvo que ponerse una máscara que le impidió mostrar su verdadero yo.
DL: No, esa no es la lección que yo quería extraer de esta historia. Le diré, por otra parte, que en realidad lo que le he contado nunca sucedió, por lo menos no en una orden religiosa. Lo que yo pienso es que mi amigo se equivocaba, y usted también por tanto, al considerar que existe un verdadero yo que se identifica con el comportamiento espontáneo. El problema es creer que el comportamiento que solemos llamar espontáneo expresa la auténtica personalidad, cuando, en realidad, en la mayoría de los casos se trata de un comportamiento aprendido, condicionado, tal vez elegido voluntariamente, pero que no se diferencia de la timidez fundamentalmente, en tanto que mecanismo de relación con los demás. La personalidad de alguien no consiste en que se comporte apocada o alocadamente.
DT: Sea como sea, los tímidos tienen más problemas para comunicarse con los demás.
DL: Quizá sí, pero en ocasiones son más bien los demás los que tienen dificultades para entenderse con los llamados tímidos.
DT: ¿Qué quiere decir?
DL: Mire usted, ya le he dicho que yo he sido en determinados momentos un tímido patológico: en situaciones de tensión he enrojecido hasta las orejas. Incluso, ya con más de veinticinco años, una vez fui a hablar con una profesora acerca del examen que me había suspendido. Llamé, abrí la puerta, miré, enrojecí como un tomate, balbuceé alguna excusa y me fui. Se dice que cuando a una persona se le acusa de algo y es culpable, enrojece, pero eso es mentira. Yo todavía enrojezco cuando me acusan de algo, simplemente por el hecho de que los demás me están observado con demasiada atención, no porque lo que digan de mí sea cierto. Le voy a contar otra historia: una vez mi amigo Jaro nos preguntó a varios compañeros de rodaje si no sentíamos una contracción del esfínter cuando afrontábamos una situación de tensión. Yo le dije que no, pero después me he dado cuenta de que sí, que lo he sentido y que todavía lo siento en tales bretes, aunque cuando iba al colegio lo que me pasaba es que sentía unas ganas tremendas de ir al servicio justo cuando iba a salir de casa. En fin, todo esos son síntomas muy molestos, que afectan al tímido patológico. Y yo los he sentido todos.
DT: Pero usted iba a explicarme que a veces son los demás los que tienen dificultades para relacionarse con un tímido, y no a la inversa.
DL: Sí, porque, a pesar de todos esos síntomas de timidez o de miedo a la relación social, y aunque pueda parecer contradictorio, yo me he sabido adaptar a todo tipo de ambientes, tal vez sin ceder en mi aspecto retraído, pero disfrutando de la situación interiormente. Por el contrario, las personas más campechanas, a menudo, sin dejar de aparentar soltura, tienen enormes dificultades para enfrentarse a ambientes distintos de los habituales. Sienten que tienen que representar un papel, el papel de hermano místico, por ejemplo. Pero yo no sentí en aquella ocasión que tuviese que representar un papel. Me comporté tan espontáneamente como en cualquier otra situación. A veces, me he sentido incómodo más por los demás, por aquellos que se sienten incómodos con el silencio, por ejemplo. En cierto modo, ellos mismos se han construido su cárcel espontánea.
DT: Sí, algunas personas hablan a todo el mundo igual, sin darse cuenta de lo que distingue a unas personas de otras...
DL: En efecto, es como aquella canción de Françoise Hardy: su conversación es un ruido de fondo constante para huir del silencio, de la intimidad.
DT: Bien, no estoy muy seguro de que hayamos hablado realmente de la timidez...
DL: Tiene razón, me parece que hemos estado hablando de algo relacionado con la timidez, pero que no es exactamente lo mismo. No sabría definirlo ahora, pero, ¿qué le parece si damos un paseo por el bosque y, en este día de otoño tan hermoso, dejamos de hablarnos de usted?
DT: Me parece estupendo.
"Aunque se dijera que toda esta vida no es más que un sueño y que el mundo físico es un puro fantasma, ese sueño o ese fantasma me parecerán suficientemente reales si al usar bien la razón no quedáramos nunca defraudados"
(Leibniz)
HEDVIDGE DE SULZBACH,
LA BELLA TEÓLOGA
En 1760, Casanova se halla en Lausana. Se acaba de separar de uno de sus grandes amores, la Dubois, dejándola convertida en la señora Lebel, y se dirige a Ginebra para visitar a Voltaire. Antes de partir se le acerca un pastor de la Iglesia de Ginebra que le propone compartir el coche. Llegan a un acuerdo y hablan de teología. El pastor le dice que sobre esas cuestiones hay alguien que sabe razonar mejor que nadie: su sobrina, que es "teóloga y hermosa" y sólo tiene veinte años. El pastor promete presentársela y Casanova responde que estará encantado de conocerla, pero "¡líbreme Dios de razonar con ella!".
Más adelante se verá que si Casanova dice eso es por lo abstruso del asunto y no porque crea, como muchos de sus coetáneos, que las mujeres no son capaces de razonar como los hombres.
El 21 de agosto, ya en Ginebra, Casanova se dispone a visitar a Voltaire, que le espera desde hace días, pero antes come con el pastor y el señor de Villars-Chandieu. Allí conoce a la joven teóloga. Casanova, sin describirnos siquiera a la joven, promete narrar "con la mayor fidelidad posible" la conversación que tuvo lugar.
El pastor comienza por preguntar a su sobrina en qué ha ocupado la mañana. Ella le responde que ha estado leyendo a San Agustín y que cree que le ha refutado su opinión según la cual la Virgen María concibió a Jesucristo por las orejas. Y ello por tres buenas razones: primero, Dios no es material y, por tanto, no tiene necesidad de ningún orificio para entrar o salir; segundo, porque las trompas del oído no tienen ninguna comunicación "con el lugar en el que se encuentra el niño en el seno de la madre"; y tercero, porque si María hubiese concebido por las orejas, habría "tenido que dar a luz por el mismo conducto".Naturalmente, termina la joven, esto convendría a muchos católicos, porque entonces tendrían razón "al considerarla virgen, antes del parto, durante el parto y después del parto".
Casanova se muestra sorprendido y cuando la joven le pregunta qué opina de su razonamiento, responde también ingeniosamente, por lo que la joven le dice que con su respuesta demuestra "ser mucho mejor teólogo que ella". A partir de este momento, la joven teóloga habla de diversos temas, pero "ya no brilló", pues su fuerte era el Nuevo Testamento. Terminada la comida, Casanova va a visitar a Voltaire, prometiendo que volveráa hablar de la sobrina del pastor a su regreso de Ginebra.
Y así es, en el capítulo 92 se inicia una de las más deliciosas aventuras de Casanova, cuando vuelve a ver a la sobrina del pastor, esta vez por mediación de Helena, prima de la teóloga. Helena dice a Casanova que su prima le ha hablado mucho y bien de él: "Os estima mucho".
Casanova, aunque admira a la joven teóloga,no se siente especialmente atraído por ella, pues, aunque era "bella y apetecible", carecía de ese "no se qué picante que aumenta la esperanza y el placer, ese tono agridulce que constituye por sí solo un goce". En realidad, Casanova ha puesto sus ojos en Helena, pero como ésta, según admite ella misma "tiene todos los prejuicios que encajan con la honra y la religión", piensa que tal vez a través de la joven teóloga conseguirá seducir a la casta Helena.
Se organiza una comida a la que acuden, además de las dos primas y Casanova, el señor d'Harcourt, el señor de Ximénès y otros comensales. A los postres, comienzan las preguntas a Hedvige, la joven teóloga, que se ha convertido en una especie de mono de feria que asombra a todos con sus conocimientos de teología y su buen sentido para hallar la respuesta a cualquier cuestión que se refiera a esta ciencia.
El señor de Ximénès pregunta a la joven teóloga si la reserva mental es suficiente para justificar una mentira. Ella responde que, aunque en algunos casos pudiera ser necesario mentir, "la reserva mental es siempre una granujada". Pero entonces, continúa el señor de Ximénès, ¿cómo pudo Jesucristo decir que no sabía cuando llegaría el fin del mundo? A esto responde Hedvige que lo hizo porque realmente no lo sabía.
Pero, entonces, ¿Jesucristo no era Dios?, pregunta el señor de Ximénès. Y responde Hedvige: "La consecuencia es falsa, pues como Dios es dueño de todo, también lo es de ignorar una futuridad".
A Casanova le parece sublime la invención, tan adecuada al momento, de la palabra futuridad. Esto es curioso, porque, si la memoria no me engaña, en una conversación con mi padre en Sant Miquel de Fluviá él inventó de nuevo esa palabra y se mostró muy complacido de ello.
Pero volvamos a Casanova, quien, en ese momento, se calló una posible objeción para no poner en un apuro a Hedvige e indisponerse con ella. Es ella misma quien le pide una pregunta: "Algo que no podáis resolver vos mismo". Se inicia entonces el siguiente diálogo:
- ¿Convenís en que Jesucristo tenía todas las cualidades en grado sumo?
- Sí, todas, salvo los defectos.
- ¿Incluís entre los defectos la cualidad prolífica?
- No.
Ante una pregunta tan comprometida, "Hedvige se puso como el fuego", todos los presentes se miraron entre sí, se propuso ir a buscar a Voltaire para resolver la cuestión y, finalmente, Hedvige respondió:"Si la samaritana hubiera tenido comercio corporal con nuestro redentor, no cabe duda de que habría concebido, pues sería absurdo suponer que un Dios cometiera una acción tan importante sin admitir su consecuencia natural". El fruto de tal unión habría sido un varón, que habría tenido tres cuartas partes humanas y una divina.
Todos quedan admirados, especialmente el señor de Ximénès, experto geómetra, que alaba el cálculo (dos partes humanas por la samaritana, una parte divina por la naturaleza divina de Jesucristo, y la otra parte humana por la naturaleza humana del hijo de Dios). Se ponen entonces los comensales a calcular las partes humanas y divinas de los descendientes y, al preguntar Hedvige por la parte divina que tendría la decimosexta generación, Casanova responde galantemente: "No es preciso calcular: hubiera tenido exactamente una fracción del espíritu que os anima." Así termina la comida, ante el escándalo de algunos de los presentes.
Obsesionado por Helena, la prima de Hedvige, Casanova intenta seducirla sin conseguirlo, pero ésta le propone volver a reunirse en una casa de campo, junto a su madre, Hedvige y el pastor. También le dice que Hedvige no tiene ningún pretendiente, debido a que su ingenio hace "que ningún joven ose declararse enamorado de ella... pues quedarían en ridículo en medio de la conversación". "¿Tan ignaros son los jóvenes de Ginebra?", pregunta Casanova. Sí, responde Helena: "Si una joven es discreta o instruida, tiene que procurar disimularlo, al menos si aspira a casarse".
Cuando llega el día, y Casanova se dispone a ir a cenar a la casa de campo del señor Tronchin, recibe una carta de la señora Lebel, la antigua Dubois de que se habló al principio, y, recordando a esa mujer de la que tan enamorado estuvo, anuncia a Helena y Hedvige que se reunirá con ellas dos días después.
Llega por fin el día del encuentro. Casanova, sin renunciar a su pasión por Helena cada vez se siente más seducido por Hedvige:
"La asombrosa muchacha conversaba de teología con tanta suavidad y daba a la razón un atractivo tan poderoso, que era imposible no sentirse seducido, cuando no convencido. Nunca he visto a un teólogo capaz de discutir espontáneamente los puntos más abstractos de esa ciencia con tanta facilidad, abundancia y auténtica dignidad como aquella persona joven y bella, que durante la comida acabó de inflamarme".
Tras la comida, Casanova va a pasear con Helena y Hedvige y ésta le dice que, tras la conversación acerca de Jesucristo y la samaritana, un teólogo "tonto y fanático" se escandalizó y le dijo que Jesucristo no habría podido fecundar a la samaritana y que, si fuera hombre, le explicaría el motivo. "¿A qué se refería?", pregunta, y confiesa que, en cuanto a la conformación del hombre, sólo está informada por la teoría, las lecturas y la contemplación de estatuas, y que práctica no tiene ninguna. Casanova dice que está dispuesto a explicárselo, pero que tendrá que permitirle que le hable claramente.
- "Vuestro teólogo quería deciros que Jesús no era susceptible de erección".
- ¿Qué es eso?
- Dadme la mano.
- Lo noto, y ya me lo imaginaba, pues de no ser por este fenómeno de la naturaleza, el hombre no podría fecundar a su compañera. !Y el tonto del teólogo pretendía que eso era una imperfección!
"Sí, pues este fenómeno se deriva del deseo", explica Casanova, e inicia entonces una conversación seductora, que va ilustrando con la práctica: el fenómeno se ha operado en él al imaginar, viendo la belleza de Hedvige, otras ocultas. "¿Al sentir esta dureza -pregunta el seductor-, no experimentáis un prurito agradable". "Sí, dice ella, y precisamente en el lugar que estáis apretando".
Sin perder el tono filosófico, pregunta la joven teóloga a su prima Helena si no siente lo mismo "al escuchar el justísimo discurso que nos hace el caballero". "Por supuesto, dice Helena, pero es algo que noto a menudo sin necesidad de discurso alguno". "¿Y no sentís la necesidad de aplacarlo de esta manera?". Helena dice que no, pero Hedvige confiesa que "incluso dormida, se me va la mano en esa dirección, como por instinto; y he leído que si no tuviéramos ese alivio, sufriríamos las más espantosas enfermedades".
Siguiendo con su entretenida charla, llegan a una caleta, y Casanova propone a las dos jóvenes meter los pies en el agua. Les quita los zapatos y ellas entran en el agua subiéndose las faldas. Cuando salen, él las seca con sus pañuelos y les pone las medias y los zapatos. De nuevo ellas comprueban el fenómeno de la naturaleza que se produce en Casanova.
Después van a un pabellón donde se produce otro fenómeno: "Una abundante emisión de licor". "Es el verbo -dice Casanova- el gran creador de los hombres". A Helena le parece delicioso y Hedvige afirma que también ella tiene el verbo y puede demostrarlo "si esperáis un momento". Tras diversos juegos, el asunto no va a mayores, pero ellas prometen a Casanova pensarse un encuentro más íntimo (una vez que Casanova les asegura que no hay riesgo gracias a los saquitos ingleses que siempre lleva consigo).
Volvamos a la teología. Los tres regresan junto a los comensales y Hedvige responde a la pregunta de si Eva engañó a su marido haciéndole comer la manzana. No le engañó, dice, sino que se limitó a seducirle con la esperanza de darle una perfección más y que, además, Eva no había recibido la prohibición del propio Dios, sino de Adán. Se levantan murmullos y el tío de Hedvige se ve obligado a decir que su sobrina no es infalible. "Lo soy tanto como las Sagradas Escrituras cuando a ellas me refiero", afirma ella. Van a comprobarlo y, efectivamente, constatan que la prohibición precedió a la creación de la mujer.
La siguiente pregunta es si la manzana ha de entenderse como un símbolo (se entiende que de la seducción sexual). Hedvige responde que no, pues no hubo ayuntamiento entre Adán y Eva en el jardín del Edén. La prueba es una nueva cita bíblica.
La curiosidad me ha llevado a comprobarlo por mí mismo. En Génesis 2.16Yahvé, en efecto, prohibe a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Y en el versículo 18 decide crear a Eva. Parece, pues, que la prohibición no fue hecha por Dios a Eva aunque, cuando la serpiente pregunta a Eva si Dios les ha prohibido comer del árbol, ella dice que así es, lo que tal vez puede entenderse como que hubo una segunda prohibición de Dios, pero el hecho es que eso no está escrito. En cuanto al segundo asunto, es cierto que sólo después de la expulsión del Paraíso, Adán conoció a su mujer (Gen. 4.1).
El siguiente en preguntar es el dueño de la casa, el señor Tronchin, que quiere saber si basta con la lectura del Antiguo Testamento para establecer la inmortalidad del alma. Hedvige responde que el Antiguo Testamento no enseña ese dogma, pero que éste se establece por la razón: "pues lo que existe ha de ser necesariamente inmortal, ya que la destrucción de una sustancia real es algo que repugna a la Naturaleza y al pensamiento".
¿Y se establece en la Biblia la existencia del alma? Hedvige responde: "La idea salta a la vista: el humo siempre revela un fuego que lo produce". ¿Y puede pensar la materia? Aquí tocamos temas espinosos, por lo que Hedvige responde con cautela: "Eso no os lo diré, pues no me corresponde a mí; pero sí os diré que, como creo que Dios es todopoderoso, no puedo ver razón suficiente para inferir que no sea capaz de dar a la materia la facultad de pensar". Lo que es perfectamente razonable, creo yo. Cuando se insiste en que dé su opinión, la bella teóloga dice: "Creo que tengo un alma mediante la cual pienso; pero ignoro si, después de mi muerte, mi alma recordará que hoy he tenido el honor de comer en vuestra casa".
"Pero, si podéis creer en que vuestra memoria no pertenezcaa vuestra alma, en tal caso ya no seríais teóloga", dice Tronchin. Ante esto, Hedvige parece hacer profesión de escepticismo al estilo de Montaigne: "Se puede ser teóloga y filósofa, pues la filosofía no hace daño a nada, y el decir ignoro no quiere decir sé. Arrecian los aplausos y el pastor pide a Casanova que haga una pregunta a su hija. Sí, dice ella, pero que sea algo nuevo.
- Decidme si para comprender una cosa es necesario comenzar por el principio.
- Es indispensable; y por eso, como Dios no tiene principio, es incomprensible.
- Dios sea loado, señorita: esa es la respuesta que yo quería. Decidme, entonces, si Dios puede conocer su existencia.
- ¡Bien! Hasta aquí no llega mi ciencia; no sé que responder. Caballero, eso no es muy cortés.
En efecto, dice Casanova, pero ella le pidió algo nuevo, y algo nuevo es ponerla en un aprieto.
Finalmente, Hedvige aventura que Dios, como es omnisciente, conocerá su propia existencia, pero que no puede decir más. Los comensales se quedan con la sensación de que Casanova es un ateo galante, "pues está demasiado extendida por la buena sociedad la costumbre de verlo todo superficialmente; pero poco me importaba a mí parecerles ateo o creyente".
El turno pasa ahora al señor de Ximénès, que pregunta si la materia ha sido creada. Hedvige responde (y en esto, en mi opinión, se aparta de las Sagradas Escrituras) y argumenta, de manera semejante a Lucrecio, lo siguiente:
- No conozco la palabra creada. Preguntadme si la materia ha sido formada, y mi respuesta será afirmativa. La palabra creada no puede haber existido, pues la existencia de la cosa ha de preceder a la formación de la palabra que la designa.
Crear, dice la joven, significa sacar de la nada y ya se ve el absurdo, pues entonces "hay que suponer la nada precedente... ¿creéis que la nada es algo creable?".
Cuando preguntan quien ha sido el preceptor de Hedvige ella dice que su tío, pero él dice que no. En su opinión, su sobrina "lee, piensa y razona quizá con excesivo atrevimiento, pero me gusta porque siempre acaba por decir que no sabe nada".
Una dama pregunta cómo se puede concebir que el espíritu actúe sobre la materia y ello da ocasión a Hedvige de mostrar sus conocimientos filosóficos:
- No se puede construir sólidamente sobre una idea abstracta [de espíritu]. Hobbes las llama ideas vacías; se puede tenerlas, pero hay que dejarlas en reposo, pues cuando se quiere profundizar sobre ellas, se cae en la sinrazón... según nuestras percepciones nos vemos obligados a admitir que no se puede hacer nada sin órganos; ahora bien, como Dios no puede tener órganos, ya que le concebimos como espíritu puro filosóficamente hablando, Dios no puede vernos, igual que nosotros no podemos verle. Pero Moisés y otros le vieron, y lo creo sin meterme a examinar la idea.
Casanova dice que hace bien, pero que, si lee a Hobbes corre el peligro de hacerse atea, a lo que ella responde que no tiene miedo de eso, pues ni siquiera concibe la posibilidad del ateísmo.
En fin, después de esta filosófica comida, Casanova consigue ver a las dos primas, tras permanecer escondido durante cuatro horas en un lugar que ellas le indican. El juego amoroso se inicia sin dejar de lado la filosofía: cuando llega el momento de desnudarse, Hedvige vence su rubor citando a Clemente de Alejandría, que dice que la vergüenza no está sino en la camisa.
En posteriores encuentros con Helena y Hedvige, cada vez más atrevidas, la joven teóloga aprovecha para filosofar sobre el placer. Algún necio pensará que esa no es una buena manera de entregarse al placer, pero yo no comparto esa opinión, y Casanova, está claro, tampoco.
Llega la despedida y ellas se muestran muy tristes. Casanova promete volver a verlas antes de dos años: "y no tuvieron que esperar tanto". Sin embargo, no he encontrado en las Memorias ese nuevo encuentro, lo que es una verdadera lástima.
SOLO
Concebía el tiempo como algo que se prolongaba indefinidamente, dando ocasión a que se resolvieran todos los asuntos pendientes, todos los amores concertados tácitamente.
Quince años después su sensación era la opuesta: cada vez quedaba menos tiempo y nada había sucedido. Los amores pendientes no se habían cumplido y, lo que era peor, incluso los había olvidado.
Estaba solo y se había acostumbrado a ello. Fue él mismo quien había decidido asumir, con una rara alegría, esa soledad que se le venía encima. Al principio, es cierto, quiso intentar acercarse de nuevo a los demás, pero terminó por pensar que era preferible no tener pasiones a tener pasiones mediocres. Con el paso de los días y los meses, esa decisión se convirtió en algo tan integrado en su carácter que ni siquiera recordaba que un día, en el mes de mayo, había elegido la soledad.
Vivía así, apartado de los demás, sin notarlo. Acudía a su trabajo, bromeaba con sus compañeros, se ocupaba de los pequeños asuntos de cada día como cualquier otra persona y después, al fin de la jornada, regresaba a su casa y pasaba unas cuantas horas a solas consigo mismo. Empezaba entonces para él la vida real. Ya no tenía que fingir ante nadie, no tenía que eludir compromisos ni fingir interés por cosas que le resultaban indiferentes. No había testigos, nadie podía decidir por él qué hacer con su tiempo.
Su tiempo eran esas pocas horas nocturnas con sus libros y sus recuerdos.
Le gustaba recordar su juventud, cuando todavía el mundo de las obligaciones quedaba lejos, cuando aún le interesaban los demás, cuando pensaba que el tiempo era su aliado y el futuro algo que se podía elegir.
A veces, sin embargo, al recordar su pasado, se daba cuenta de que ya no era la misma persona y de que todo lo mejor pertenecía a ese joven que había sido y a ese hombre que había querido ser.Y comprendía que había sido vencido por enemigos invisibles y que él era el resultado de una batalla en la que había vencido el bando más infame. Y una noche el dolor se hizo tan insoportable que supo que él era el único culpable de su situación, que los enemigos invisibles habitaban en su cabeza y que la sangre derramada corría por sus venas. Supo que él mismo había establecido el plazo de su condena aquel día en que eligió la soledad para huir de la vulgaridad. Porque quizá había otras alternativas que ni siquiera había considerado. Y pensó, por primera vez en muchos años, que tal vez era mejor tener pasiones mediocres a no tener pasiones en absoluto.
*****
"Se cuenta que Demócrito de Abdera, debido a su vejez, había decidido quitarse la vida y para lograrlo disminuía día a día la cantidad de alimento. Pero al llegar los días de la fiesta de las Tesmoforias, las mujeres de la casa le suplicaron que no muriera durante la celebración para que ellas pudieran participar en los ritos sagrados. Él consintió, ordenándoles que colocaran a su lado un recipiente con miel, y se mantuvo así con vida los días necesarios, bastándose sólo con el aroma exhalado por la miel. Pasados los días de la fiesta, al apartar de sí la miel, murió". (Ateneo)
"Pues cuando domina la fuerza circundante y ya no puede rechazarse la presión que viene de afuera, al no poder respirar, sobreviene la muerte para los seres vivos, pues la muerte es la salida del cuerpo de estas figuras, por la presión de lo circundante". (fr.484)
"Un hombre justamente célebre, como Demócrito, afirmó que no hay signos seguros de la cesación de la vida, en los cuales puedan confiar los médicos. Con más razón aún negó que pueda haber signos seguros de la proximidad de la muerte" (fr.485)
"Por lo cual es más sabio Heráclides del Ponto, cuando prescribe incinerar los cadáveres, que Demócrito, quien quiere conservarlos en miel. Si el pueblo hubiese seguido a éste, ¡que me muera si hoy pudiera comprar un vaso de vino con miel por menos de cien denarios." (Varrón)

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Poco antes de la muerte de Diderot, se le llevó un lecho más cómodo. Dijo: "Os molestáis por un mueble que no durará ni cuatro días". Murió, en efecto, cuatro días después, pronunciando estas palabras famosas: "El primer paso hacia la filosofía es la incredulidad".
El 31 de julio de 1784, Diderot, en la mesa, se inclina para servirse una compota de cerezas; su mujer le hace una pregunta, a la que ya no responde.
DIDEROT:
"Se utiliza a los muertos para deprimir y entristecer a los vivientes".
"...Cuando sobre mi sarcófago
una gran Palas desolada
muestre a los viandantes con el dedo
las grabadas palabras: Aquí yace un sabio,
no vayáis con una risa indiscreta
a desmentir a la Minerva llorosa
y ajar mi memoria honrada,
diciendo: Aquí yace un loco...
Guardadme el secreto."
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Hay gente que dice que la vida no es más que un tejido de desgracias; lo cual viene a decir que la existencia es una desgracia; mas si la vida es una desgracia, la muerte es todo lo contrario: la felicidad, puesto que es lo opuesto a la vida. Esta consecuencia puede parecer indiscutible. Pero los que así hablan son sin duda pobres o enfermos, porque si gozaran de buena salud, si tuvieran el bolsillo bien repleto, alegría en el corazón, Cecilias, Marianas y la esperanza de algo mejor todavía, ¡oh!, seguro que cambiaban de parecer. Yo los considero una raza de pesimistas que no puede haber existido más que entre filósofos indigentes y teólogos mauleros o atrabiliarios. Si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha. Existen desgracias, yo sé algo de eso; pero la existencia misma de esas desgracias prueba que la suma de la felicidad es mayor. Entonces, porque en medio de un montón de rosas se encuentren algunas espinas, ¿hay que ignorar la existencia de tan hermosas flores? No; es una calumnia contra la vida el negar que son un bien. Cuando estoy en una habitación oscura, me agrada infinitamente ver, a través de una ventana, un horizonte inmenso frente a mí.
(Casanova)
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Lien Tau Buda
VIDA Y LEYENDA DEL BUDA
1. BUDA Y SUS DISCÍPULOS
En Buda se confunden y mezclan la historia y la leyenda, como suele suceder con los fundadores de religiones, pero también con cualquier personaje que se halle demasiado alejado en el tiempo. Yo no he hallado autores que nieguen su existencia histórica, pero parece muy difícil afirmar algo acerca de Buda, excepto que nació en el nordeste de la India hacia el año -563 y que se llamaba Sidharta Gautama.
Sus seguidores, ya desde poco después de su muerte, le han atribuido opiniones diversas y a veces opuestas. No tengo noticia de que él mismo escribiera obra alguna, e incluso los testimonios de la tradición insisten en que Buda no escribió nada, tal vez incluso evitó hacerlo a propósito. Sus palabras, por ello, nos han sido transmitidas por sus discípulos, o por los discípulos de sus discípulos, como lo han sido también las de Jesucristo.
Se ha dicho muchas veces que el cristianismo debe más a Pablo que al propio Jesucristo. Algunos budistas dicen que el budismo debe más a Sariputra que a Buda. Apoyando esta opinión, Edward Conze traza un paralelo entre cinco maestros y sus discípulos: Jesús/San Pablo, Platón/Jenócrates, Mahoma/AbuBekr, Lenin/Stalin y Buda/Sariputra (la elección de estos cinco pares tal vez no es casual). En su momento, se hablará de Sariputra, pero también de los budistasque no quisieron aceptar la versión que Sariputra dio del pensamiento de Buda. Pero antes de examinar las controversias acerca de lo que dijo Buda, convendrá saber quién fue el hombre llamado Sidharta Gautama, después conocido como Buda. Intentar separar la biografía de este hombre de la del legendario personaje creado por las diversas sectas budistas resulta bastante complicado: en Buda, lo histórico y lo fabuloso se halla mucho más unido que en otras figuras legendarias, hasta el punto de que en términos químicos podríamos hablar más de una solución que de una mezcla.
2. EL BUDA HISTÓRICO
Buda nació un día de mayo, bajo la luna llena, y vivió en el nordeste de la India. Su padre, Suddhodana, era príncipe del país de Sakya, un reino al pie del Himalaya. Su madre se llamaba Mahamaya.
Sidharta Gautama, éste era su nombre, se casó a los dieciséis años con su prima Yasodhara y tuvo, trece años después, un hijo llamado Rahula. A los veintinueve años abandonó su vida familiar y se convirtió en monje errante. No sé si esta huida tiene relación con el nacimiento de Rahula, aunque ambos hechos parecen coincidir en el tiempo. Se puede considerar, es cierto, que cuando Buda abandona su hogar ya ha cumplido con todas la obligaciones de un hombre en cuanto ser social: casarse y tener descendencia.
Tras abandonar el palacio, y durante seis años, Sidharta vivió en extrema austeridad, hasta el punto de hallarse a las puertas de la muerte. Comprendió entonces lo inútil y absurdo del castigo impuesto a su cuerpo: lejos de proporcionarle claridad mental, había embotado su mente. Tomó entonces alimento, se sentó bajo un árbol y meditó toda la noche. Al amanecer había comprendido dos cosas: la verdad de la existencia del sufrimiento, y la verdad de que existe un medio de liberación. A partir de ese momento propagó sus doctrinas como monje errante, comenzando sus enseñanzas en Benarés. Allí expuso la cuádruple estructura de sus enseñanzas, es decir, las Cuatro Nobles Verdades:
1. La verdad de que existe la infelicidad.
2. La verdad de que hay una causa de esa
infelicidad.
3. La verdad de que esa infelicidad puede
cesar.
4. La verdad del camino que conduce al
cese de la infelicidad.
Asimismo, predicó contra la guerra y la esclavitud y denunció las llamadas prácticas sagradas que tienen por resultado el sacrificio de animales o seres humanos. No aprobó tampoco las diferencias del sistema de castas.
A pesar de las fabulosas leyendas atribuidas a Buda -dice Saddhatissa-, él nunca pretendió ser otra cosa que un ser humano: "su enseñanza gira alrededor del problema del sufrimiento humano e indica un camino que, siguiéndolo, asegura la hombre lasolución de este problema, sin ayuda de fuerzas sobrenaturales o exteriores a él."
3. EL BUDA LEGENDARIO
En el apartado anterior, he hablado del Buda considerado como figura histórica, como ser humano. No me cabe duda de que, supuesta la existencia de los dioses, ante acciones semejantes realizadas por un hombre y por un dios, el mayor mérito le corresponde al hombre. El Buda hombre es para mí superior al Buda dios. También Jesucristo humano es superiora Jesucristo hijo de Dios, pues, ¿qué no podría hacer un ser divino? ¿Qué sacrificio es el de un ser que muere sabiendo que no muere?
Pero considerar superior, desde un punto de vista moral o ético, al Buda humano, no nos permite ocultar el Buda legendario, que ha ocupado el pensamiento de millones de personas a lo largo de la historia. Tampoco conviene olvidar que el budismo, en sus diferentes escuelas, no puede ser entendido sin considerar el aspecto superhumano de Buda. Narraré ahora, por ello, la vida de Siddharta Gautama tal como se halla en la tradición delos monjes budistas de Ceilán y en otros textos de diferentes escuelas budistas, aunque ello me obligue a repetir algunos detalles que ya mencioné al tratar del Buda histórico. La leyenda, por otra parte, es muy hermosa y minuciosa, pero yo me veo obligado a sintetizarla.
El budismo fue fundado por un yoguín principesco llamado Gautama Sakyamuni, quien, tras abandonar el palacio de su padre, se dedicó al ascetismo durante muchos años, hasta llegar al umbral de la Iluminación Absoluta.
En el Vinayapitaka se cuenta que Buda decidió abandonar el palacio de su padre a pesar de que éste, temiendo que su hijo fuese tentado por la vía espiritual, le rodeó constantemente "de los placeres de los cinco sentidos". Pero, al cumplir catorce años, Siddharta salió a pasear en un carro y entonces, al atravesar la puerta oriental de la ciudad, vio a un anciano decrépito. Sintiendo curiosidad, mantuvo este diálogo con su acompañante:
- ¿Quién es ese hombre?
- Es un anciano.
- ¿Y a qué se llama anciano?
- Ha vivido muchos años, sus facultades declinan, su aspecto ha cambiado, su rostro se ha alterado. Cuando está sentado le resulta penoso levantarse, le queda muy poca vitalidad.
- ¿Escaparé yo a ese destino?
- Aún no.
Volvió entonces Siddharta al palacio y no pudo recobrar la alegría, pues sabía que no estaba libre de la ley de la vejez. Al ver su padre la transformación que había sufrido, incrementó para él los placeres de los cinco sentidos.
Mucho tiempo después, Siddharta volvió a salir de paseo en su carruaje. Al abandonar la ciudad, esta vez por la puerta meridional, vio a un enfermo, flaco y débil, que, apoyado en una puerta, respiraba con dificultad. Volvió a interrogar a su cochero:
- ¿Quién es ese hombre?
- Es un enfermo
- ¿A qué se llama enfermo?
- Sus cuatro grandes elementos han aumentado o disminuido, y no puede comer ni beber; su respiración es débil y tenue; su vitalidad ha decrecido a causa de las impurezas que hay en él. Por eso se le llama enfermo.
- ¿Escaparé yo a esa suerte?
- Aún no.
Tras esta nueva experiencia, la tristeza de Siddharta aumento, y en consecuencia, también los placeres que su padre le ofrecía.
Finalmente, mucho tiempo después, salió Siddharta por la puerta occidental de la ciudad y presenció un entierro. Señalando el cadáver, preguntó:
- ¿Quién es ese hombre?
- Es un muerto.
- ¿A qué se llama muerto?
- Su respiración ha cesado, su espíritu se ha ido, ya no tiene conocimiento de nada, ha abandonado su aldea, ha quedado para siempre separado de sus padres y parientes. Por eso se le llama muerto.
- ¿Escaparé yo a esa suerte.
- Aún no.
Apenado, Sidharta se dispuso a regresar al palacio, pero entonces vio a un monje con el cabello y la barba afeitados, que llevaba un tazón en la mano y avanzaba mirando al suelo. Preguntó quién era ese hombre. Su cochero le respondió que se trataba de un religioso errante, y le explico que era "un hombre que se ha dominado a sí mismo, que tiene ademanes dignos, que se comporta siempre con paciencia y compasión hacia los seres". Esta explicación alegró a Siddharta, que bajó del carruaje y habló con el monje. Finalmente, regresó al palacio y, en el camino, una mujer le dedicó esta estrofa:
!Dichosa la madre que tiene tal hijo!
!Bienaventurado también su padre!
!Dichosa la mujer que tiene tal esposo!
!Él alcanzará el nirvana!
Al oír la palabra nirvana, Buda se preguntó: "¿Alcanzaré yo ese nirvana supremo?"
De vuelta al palacio, su padre se enteró de lo sucedido y se preocupó mucho, aumentando los placeres para su hijo.
Durante un tiempo, el truco sirvió para distraer a Siddaharta, pero un día, en medio de una orgía o algo semejante, en la que todos habían caído dormidos, Siddharta se despertó y vio el triste aspecto de las tañedoras de música sumidas en el sueño, y el palacio le pareció un túmulo funerario, del que decidió escapar inmediatamente.
Mandó preparar su coche y, como el conductor le preguntará por qué huía del palacio si no había enemigos a la vista el respondió: "Sí hay grandes enemigos, ¿no lo sabes? Esos enemigos son la vejez, al enfermedad y la muerte."
Tras algunas peripecias, Siddharta logró llegar al bosque de Anuya, despidió a su criado Chandrá, cambió sus ropas de noble con las de un cazador, se afeitó el cabello e inició su vida como asceta errante.
Sentado bajo el árbol Bo, se le acercó el dios del deseo y de la muerte, Kara-Mara, que intentó tentarle. Durante siete días y siete noches, Buda permaneció bajo el árbol, experimentando la gloria del Despertar. Luego se sentó bajó un segundo árbol y allí estuvo otros siete días con sus noches. De esta manera transcurrieron siete semanas, trasladándose Buda de un árbol a otro y siendo tentado continuamente para que se quebrara su meditación. En el quinto árbol le protegió la serpiente Mucalinda. Después de cuarenta y nueve días, Buda volvió a mirar el mundo y comprendió que lo que había experimentado estaba más allá de la palabra. En consecuencia, decidió no intentar siquiera comunicarlo. Pero el propio Señor Universal, Brahma, al darse cuenta de que Buda había alcanzado a conocer lo que Él mismo ignoraba, quedó perturbado por la idea de que ese saber sublime no iba a ser comunicado y descendió para suplicar a Buda que cambiase de opinión. Sidharta Gautama, finalmente, aceptó impartir su doctrina, pero ello no debe hacer olvidar, dice Zimmer, que se le llama Sakyamuni, el sabio silencioso de los Sakyas, porque "a pesar de todo lo que se ha dicho y enseñado acerca de él, el Buda sigue siendo el símbolo de algo que está más allá de lo que puede decirse y enseñarse".
Pero antes de terminar este capítulo, detengámonos un momento de nuevo en lo que supuso la iluminación para Buda.
Cuando Buda alcanzó la iluminación (bodhi) tuvo conocimiento de sus existencias anteriores, supo que todas esas formas de existencia precedentes son solo transitorias, y en los primeros eslabones de esta cadena dolorosa descubrió las pasiones y la ignorancia.
Ahora bien, como se ha dicho antes, esta iluminación que llevó a Buda a la liberación no era fácil de explicar, cosa que él mismo percibió: "La realidad que he conseguido es profunda, difícil de entender, rara, llena de paz, más allá de todo razonamiento, sutil, solo comprensible para el sabio. Pero como este mundo de los hombres está apegado a los sentidos... será muy difícil para ellos comprender esta realidad... y comprender la renuncia de todos los apegos, la extinción de los deseos, la cesación de todo (nibbana/nirvana).
Pero aunque Buda pensaba que lo inefable de su doctrina hacía del silencio su mejor expresión, su deseo de ayudar a los demás le llevó a predicar, comenzando en Benarés, donde dio su primer discurso. En el próximo capítulo hablaré de la predicación de Buda y de su muerte definitiva, cuarenta y cinco años después.
Ahora comentaré dos aspectos de la leyenda de Buda que muestran cierta semejanza con otros del hinduísmo ortodoxo en el que el propio Buda fue educado y al que opuso su nueva doctrina.
No he hallado ningún autor que destaque estas coincidencias, pero supongo que no son ignoradas por los expertos.
En primer lugar, el auriga que acompaña a Siddharta en sus paseos fuera del palacio real, y que responde a sus preguntas, me hace pensar en el auriga que acompaña a Arjuna en el Bhagavad Gita. Ese auriga, que no es otro que Krishna, va resolviendo las dudas que le plantea Arjuna, revelándole poco a poco el camino que conduce a la salvación. En ambos casos, Arjuna y Buda se sienten conmocionados por la muerte y el dolor en sus diversas formas, pero el resultado de sus conversaciones con el auriga les lleva a adoptar caminos opuestos. En el caso de Arjuna, todo ese dolor no es sino apariencia, y entenderlo así, permite cometer los peores crímenes sin ningún remordimiento. Para Buda, sin embargo, la conclusión será hallar el camino que conduce a la desaparición del dolor, quizá, es cierto, entendiendo también lo que de aparente tiene el sufrimiento, pero no mostrándose indiferente ante él, y menos aún causándolo. El camino de Arjuna le lleva a la indiferencia ante el dolor de los otros seres; el de Buda, al respeto hacia todos los seres y la prohibición de causarles dolor.
El auriga de Buda, parece no tener naturaleza divina, y yo no recuerdo ningún texto en el que se le atribuya, pero sus respuestas muestran que conoce en cierto modo en qué va a convertirse Buda, sobre todo cuando responde repetidamente "Aún no".
Es curioso, por otra parte, que la figura de un auriga-maestro o sencillamente divino, se halla en otras culturas, además de la hindú. En La Ilíada, por ejemplo, Atenea acompaña en el carro a Diómedes, y Ares a Héctor en el combate. También en Irlanda, la Morrigan se convierte en el auriga del héroe Cuchulain. Para los admiradores del modelo ario, esta coincidencia entre tres pueblos indoeuropeos tan alejados sin duda resultará muy significativa.
La segunda semejanza entre la leyenda de Buda y la ortodoxia hindú es la de la meditación de Buda. En el Ramayana, por ejemplo, encontramos ejemplos de ascetas que inician una meditación o tapás, renunciando a todas las necesidades físicas. También son tentados continuamente para que rompan su concentración, pues los dioses saben que el gran tapás de un asceta puede convertirle en un dios o incluso en algo más poderoso a los propios dioses. Naturalmente, también se podría recordar las tentaciones del diablo, especialmente el caso de San Antonio, pero en esos casos no parece tan claro que lo que mueva al diablo sea el temor al poder que pueda acumular el creyente, a no ser que se entienda que la salvación del alma de un hombre disminuye en cierto modo el poder del mal.
Frotad la epidermis de un escéptico y casi siempre encontraréis debajo los nervios doloridos de un sentimental.
(Destutt D'Arcy)
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Algunas personas creen en algún momento de su vida que existe una verdad absoluta y que ellos están en el camino que conduce a ella; otras siguen fanáticamente doctrinas e ideologías con las que están seguros de poder trasformar el mundo de la noche a la mañana; algunos amantes cifran en un amor toda la existencia.
Cuando estas personas descubren que la verdad absoluta se les escapa una y otra vez, que sus ideologías no consiguen mejorar el mundo y que incluso lo empeoran, o que su amor ha sido una farsa, pueden devenir de pronto escépticos y sostener, con el mismo dogmatismo, que no creen en nada. Son los escépticos amargados, resentidos y tristes. Es el dolor causado a su ingenuidad lo que les ha empujado al escepticismo.
ISLA MAURICIO
La isla Mauricio (Mauritius) se halla en el Océano Índico, entre la India y la isla de Madagascar. Junto a ella está la isla de La Reunión y al norte, más alejadas, las islas Seychelles. La costa de África se extiende al oeste y la de Arabia al noreste.
Esta situación geográfica explica muchas de las particularidades de la isla y la mezcla de elementos africanos e hindúes, junto a otra gran influencia procedente de la lejana Europa. La isla fue hasta los años setenta colonia británica y no es extraño que cuando la visité, en 1989, todavía se advirtiese fuertemente la impronta de la metrópoli colonial. Cathy opina que es fácil distinguir las antiguas colonias inglesas de las francesas, y que en aquéllas el presente es mucho menos agradable. Tal vez sea verdad, si tenemos en cuenta que en la vecina isla de La Reunión, francófona, el nivel de vida es más elevado. Pero esto podría ser una falsa deducción, puesto que La Reunión es todavía hoy un departamento francés, no una ex-colonia.

Viajé a La Reunión y Mauricio conCathy, su amigo de siempre, Christophe Brivary, y Eric, nacido en La Reunión, que nos invitó a su hermosa casa. Eric y Christophe son cantantes de ópera, pero Christophe es, además, un extraordinario pintor.


El comisario, yo, la esposa del comisario, Eric, la hija del comisario y Christophe
Pasamos la mitad de las vacaciones en La Reunión y la otra mitad en Mauricio, en una casa que alquilamos entre los cuatro, al borde del mar. Antes de alquilar la casa, visitamos a los parientes de Eric en Mauricio. Un viejo ex-comisario y su familia, que nos atendieron con inaudita amabilidad.
Fueron unos días deliciosos, pintando, nadando y viajando por la isla a pie y en bicicleta.
Hablaré aquí de Mauricio, y en otro momento me gustará recordar para ESKLEPSIS los días en La Reunión.
Quienes me conocen saben que cuando regreso de un viaje no me gusta contar lo que he hecho. No soy dado a hacer esos típicos resúmenes que parecen partes de guerra y que suelen aburrir a casi todos los que escuchan. Es cierto que algunas personas son capaces de contar sus viajes de una manera amena, divertida y en ocasiones fascinante. Es cierto también que tales personas no abundan.Así que, como yo no soy una de ellas, tampoco ahora daré un parte de guerra con pelos y señales. Solamente contaré algunas cosas que me llamaron la atención o que me parecieron curiosas e interesantes.
El símbolo de la isla Mauricio es el pájaro Dodó. Este pájaro, que era como una gallina de gran tamaño con un pico ganchudo y deforme, según la consideración de los que lo vieron por vez primera, está extinguido. Se dice que los holandeses mataron a todos los pájaros dodós porque eran muy feos (los pájaros). Su carne, cuentan, ni siquiera era apetitosa.Hay una curiosa historia acerca del último ejemplar conservado del pájaro dodó, pero no es este lugar para contarla. El dodó se ha hecho célebre entre otras cosas porque es uno de los personajes que aparecen en Alicia en el País de las Maravillas.
Mauricio también tiene otro símbolo universal: el sello más caro del mundo, llamado el Mauritius, si mal no recuerdo, y acerca del cual incluso se ha escrito una novela. Sólo existe un ejemplar de este sello.
En Mauricio hay playas estupendas, las típicas playas que aparecen en los tópicos paraísos de las postales, las películas y las agencias de viaje, y también existe un lugar llamado la tierra de siete colores, en el que hay arena de siete colores diferentes, debido a la presencia de diversos minerales. Hay también bosques de cryptomerias, es decir árboles de los muertos, que si no me equivoco reciben su nombre por el hecho de que en las Antillas se colgabade ellos a los criminales. Pero quizá la memoria me traiciona en algún detalle de esta historia.
Lo que más me gustó de Mauricio fue su ambiente criollo, la mezcla racial, las especias dulces y picantes, las casas de madera, pintadas de todos los colores, el cielo extraordinario y el olor de las noches.
Casi siempre que viajo suelo llevar un cuaderno en el que dibujo y escribo. En la libreta que llevaba en Mauricio y La Reunión hice algunos dibujos con ceras, lápices, acuarelas y rotuladores y escribí algunos sueños que tuve durante el viaje. Los dibujos que acompañan este texto pertenecen a ese cuaderno, aunque aquí aparecen en blanco y negro. También el sueño que trascribo a continuación está acompañado por dibujos que hice al despertarme.


SUEÑO EN MAURICIO:
"Un lugar tropical en el que hay negros de diversas tribus. Yo y Cathy (o un matrimonio indeterminado), llegamos a la isla recién casados. Tenemos un sobre muy bonito en el que está escrito un 1 (bello diseño de la cifra). Dentro del sobre hay una foto nuestra en la que aparecemos casi adolescentes, felices... Cuando llegamos a este lugar tropical aparece otro sobre, con un 2. Dentro hay una foto de nosotros actualmente, un poco mayores, también felices.
En la isla hay un negro pequeño. Él y yosomos muy amigos. Él conoce a todos los negros de los bajos fondos, que se sientan en las varandas con sus sombreros blancos. Pero ahora, el pequeño negro amigo mío, no los frecuenta: sólo se dedica a trabajos honrados.
Hay un gran edificio que es algo así como un
palacio de gobernación:
grandes columnas, guardias en la puerta. Yo voy allí todos los días
(ya no recuerdo por qué). Un día, al salir, veo que hay un control.
Toda la gente que sale es puesta en una larga hilera, uno al lado del otro,
con los brazos extendidos, y un hombre los registra uno a uno con un aparato.

A mí me parece ridículo y no quiero ponerme en la hilera, que va de un lado a otro de la gran entrada. Algunas personas de la hilera juntan sus manos en alto como si se tratase de un acto religioso. Finalmente, me pongo en la hilera. El guardia registra con el aparato a todas las personas de la hilera. Apenas registra a los hombres, pero se aprovecha de las mujeres, metiéndoles mano hasta un grado inaudito. Algunas le insultan y yo me doy cuenta de lo que hace el hombre. Me repugna el hombre y su acción cada vez más. Cuando llega a mí le golpeo, pero sin que parezca voluntario. Le golpeo otra vez. El dice: "Pégame, venga". Yo le digo: "No lo haré, pues, si te pegase más, podrías denunciarme y encerrarme".
Escapo por un pasaje estrecho lleno de cajas (que antes no estaba). Él me persigue. No me puede atrapar, pero me echa una terrible maldición. No lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que es indispensable, para no ser vencido por su maldición y devenir su esclavo o algo parecido, que yo sea feliz y que no me deje vencer por las circunstancias.
No tengo, pues, miedo: confío en que siempre seré feliz. Creo que pasan los años (uno o dos, pues el niño amigo mío tiene el mismo aspecto). Mi pequeño amigo ha dejado sus trabajos honrados y frecuenta de nuevo los bajos fondos (eso no afecta a su carácter alegre y despreocupado, pero sí, en cierto modo, a su alma). Yo comprendo que dependo de él para no ser vencido por la maldición. Se lo digo, le digo: "Vuelve al buen camino o yo caeré". Él se muestra alegre e indiferente. Undía le veo hablando con dos brujos negros. Sé que hablan de mí. El cerco se va cerrando en torno a mí. Entonces recibo otro sobre con un 3. Mi primer pensamiento es que en él habrá una foto horrible. No es así: es una foto muy bella de nosotros que muestra cómo seremos si no soy vencido por la maldición.
(Aquí me despertó Cathy y el sueño quedó interrumpido)
El día que soñé este sueño estaba enfermo, con bastante fiebre y dormía por la tarde. Elloshabían ido a dar un paseo y yo estaba solo.
Tal vez tuve este sueño en Cylaos (La Reunión)
y no en Mauricio, pero no estoy del todo seguro.
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HORAS LENTAS EN LA CIUDAD DEL MIEDO

Escribí este cuento el 23 de junio de 1983. Vivía en la calle Covarrubias nº29, en un sexto piso, con Catherine. Era un verano caluroso, en el que escribí varios cuentos durante los meses de mayo y junio. Recuerdo pasarme noches enteras escribiendo cuen- tos, desnudo, con las ventanas abiertas de par en par, disfrutando del terrible calor, tirándome sobre las frías baldosas de mármol. Algunos de aquellos cuentos se desarrollan en Europa, otros en Asia, algunos en ciudades indeterminadas. Descubrí después que todos tienen algo en común, en lo que coinciden, por otra parte, con la mayoría de mis cuentos: sus protagonistas son seres que están solos, aislados, al margen de la sociedad. Estos cuentos son: Cruzaremos de nuevo el Rhin (21 de mayo); Estación Término (21 de mayo);El instante inevitable (29 de mayo); Habitantes de un sueño (2 de junio); REM (3 de junio); Horas lentas en la ciudad del miedo (23 de junio); La muerte de Judas (30 de mayo).
La foto que acompaña este artículo fue hecha en mi habitación, cuando ensayaba mi papel en una obra musical que tuvo lugar en la sala Rock-Ola. Yo hacía de Frank Sinatra e interpretaba My Way. Después salían a escena los Sex Pistols, que me echaban y cantaban su versión de My Way.
No sé si la obra musical influyó en
los cuentos, pero si he elegido Horas lentas en la ciudad del miedo ha sido porque tiene cierta
semejanza con el otro cuento de esta revista, Solo, escrito diez años
después.
HORAS LENTAS EN LA CIUDAD DEL MIEDO
Tras un neón veo el rostro de ese hombre. Las sombras de luz que cubren su ventana me impiden distinguir sus rasgos. Creo adivinar una mirada cortante, fría, en esosojos que no conozco. quizás en sus labios hay una sonrisa, la sonrisa de aquél que se sabe observado. La calle es estrecha y nuestras ventanas parecen tocarse cuando es de noche; a veces pienso que me bastaría alargar la mano para llegar hasta él, romper la distancia, unirme a ese hombre inmóvil. Pero hace mucho tiempo que no salgo de casa, la ciudad es extraña para mí, no tengo amigos y me gusta la soledad, sentarme en un rincón de la habitación y recordar mi pasado. De aquel hombre que yo era sólo me queda el sabor, ácido desde mi tristeza, de los instantes en que fui feliz. Entonces no existía esta casa, no estaba en mi mente, ignoraba los sucesos del presente y me asustaba la idea de los años venideros, sentirme indefenso, cambiar, transformarme en un hombre distinto del que yo era. Pero todo fue inútil: ya no soy feliz, huyo de toda compañía y no soy el mismo de antes; mi juventud queda lejana, perdida para siempre en algún lugar oscuro donde todo permanece. en la sonrisa de mis padres, en las casas de otra ciudad y en el cuerpo cansado y vencido de todos mis amantes.
No conservo nada conmigo. Despierto de un sueño y vivo una vida demasiado tranquila, encerrado en esta habitación. De mis lecturas me queda el ansia de viajar y el recuerdo de ciudades que no conoceré. Quisiera olvidar todo lo supérfluo, despertarme con el amanecer, eludir la caída de la tarde y no ver nunca más el cielo nocturno.
La casa es grande y yo estoy solo, hace años que nadie se acerca a mí, tal vez mi expresión severa los aleja. A veces pienso que todo es un sueño, que la casa no existe, que yo aún soy joven y que mis padres me esperan; pero los hierros negros del balcón, el destello intermitente del neón y el rostro de ese hombre me repiten que todo es verdad, la casa, la muerte de mis padres y el cruel trascurso de los años sobre mi cuerpo.
Las horas pasanlentamente y el hombre ladea su rostro, mostrándome su perfil secreto, difuminado por las luces del neón. Las horas pasanlentamente y llega la noche. él sabe que le estoymirando y le gusta ser actor de la vida de otro hombre. Me mira y no veo sus ojos, sonrío tristemente y él parece comprender quién soy y por qué vivo aquí. Puedo sentir el calor de mi sangre deslizándose por mi antebrazo, mis manos están frías y caensin voluntad sobre mi vientre.En ocasiones es él quien me mira y yo el actor de la vida de otro hombre, pero pronto renuncio a este juego y me entrego a ese hombre constante, convertido en espectro sinhaber muerto todavía. Como tantas noches, desearía quebrar lo que nos aleja, descubrir su rostro, contemplarme ensus ojos y abandonar el silencio. Pero, como cada noche, su ventana permanece inmóvil, preservando la distancia que nos separa.
La ciudad ya no es la misma, la habitación en la que habito me resulta extraña y tengo miedo. todas las noches me detengo junto a la ventana esperando ver de nuevo a aquel hombre, pero tal vez sé demasiado bien que él nunca volverá.
Advertencia:
En esta sección se mencionan libros que deberían hallarse en cualquier biblioteca ideal. Se trata de obras que no se encuentran fácilmente en las tiendas, ni siquiera en las Bibliotecas del Estado. Quien pudiese tener el privilegio de hojear y ojear sus páginas se podría considerar ciertamente muy afortunado, y más todavía quien pudiera adquirirlas e incorporarlas a su propia biblioteca.
Están aquí ordenadas sin orden ni concierto, pero, eso sí, numeradas, lo cual resulta perfectamente inútil, pues tal numeración no obedece a ningún criterio jerárquico.
1. De Nasis (Hafen Slawkenberg)
y el género nasal.
La obra está íntegramente dedicada a la cuestión de las narices. Algunos dirán que es un tema poco digno de ocupar tantas páginas como le dedica Slawkenberg, y no ha faltado quien ha puesto en duda la existencia de tal obra. En contra de cualquier suspicacia, contamos con el testimonio de Sterne, que no sólo se refiere a menudo a De nasis, sino que incluso recoge casi íntegro uno de los cuentos, incluyendo dos o tres páginas del original en latín. En ese cuento podemos admirar el doble lenguaje de Slawkenbergius, dando a las narices una nada equívoca significación sexual. Sin embargo, la intención declarada de la narración es criticar el lenguaje pedantesco de tantos eruditos que esconden su falta de ideas bajo un lenguaje críptico. Sterne, en carta a Stephen Croft, dice respecto a este asunto: "No sé por qué mis amables amigos de Stillington [la familia Croft] se preocupan tanto por el capítulo sobre las narices, ya que, puesto que la sátira principal de esa parte va dirigida contra los zoquetes eruditos que, en todas las épocas, han malgastado su tiempo y mucho saber en asuntos igualmente absurdos, esto desvía la idea de lo que usted teme hacia otro asunto".
El nasal es un género literario menor, que quizá no puede comparase con otros (la ciencia ficción, la novela policiaca, el terror), pero en el que han probado su ingenio y saber no pocos autores.
Entre las obras que se ocupan total o parcialmente de este asunto, Sterne cita las Fantasies o Pensées facetieuses (1612), de Deslauriers, publicadas bajo el seudónimo Bruscambille; las obras de Prignitz y de Scroderus (también muy difíciles de encontrar hoy en día), las Conferencias Nocturnas o Serées (1584) de Guillaume Bouchet, y los trabajos de Ambroise Parée, a quien Sterne llama, no sé si por error o con intención, Andreas Paraeus.
También recuerda Sterne el diálogo de Pamphagus y Cocles, de Erasmo, en el que se analizan "las múltiples aplicaciones y oportuno empleo de las narices largas". Y a los habitantes de la isla de Ennasin, del Pantagruel de Rabelais.
Por otra parte, son muchas las obras dedicadas a examinar el caso de esa nariz que pudo cambiar el curso de la historia (y que quizá lo cambió): la de Cleopatra.
Y, por supuesto, ¿cómo olvidar esa otra nariz del gran Cyrano de Bergerac? Acaso no sea casual que las personas poco informadas hayan llegado también a dudar de la existencia real de Cyrano, tal vez porque ese rasgo facial desmesurado les parece propio de un ser de ficción.
Se duda de la existencia de Cyrano, se duda de la existencia de De Nasis, sencillamente, por narices. Es cierto que, en el caso del espadachín y filósofo francés, algo de culpa ha tenido el Cyrano de Edmund de Rostand, al dar una segunda vida a Cyrano en su estupendo drama.
Así habla este Cyrano ideal de su nariz, imaginando lo que otros podrían decir de ella, si no temiesen el filo bárbaro de su espada:
El Agresivo: "Si en mi cara tuviese tal nariz, me la amputara"
El Fino: "Para colgar las capas y sombreros esa percha muy útil ha de seros"
El Previsor: "Tal nariz es un exceso: buscad a la cabeza contrapeso".
El Dramático: "Evitad riñas y enojo: si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo".
El Pedante: "Aristófanes no cita más que a un ser sólo que con vos compita en ostentar nariz de tanto vuelo: el Hipocampelephantocamelo".
El Ingénuo: "¿De qué hazaña o qué portento en memoria, se alzó este monumento?"
El Lisonjero: "Nariz como la vuestra es para un perfumista linda muestra".
El Militar: "Si a un castillo se acomete, aprontad la nariz: !terrible ariete!".
En otro número de ESKLEPSIS se hablará más de Cyrano, del Cyrano que paseó con orgullo su apéndice nasal por el mundo y filosofó como pocos, aunque Ferrater Mora ni siquiera le dedique un breve artículo en su Enciclopedia.
Se podrían añadir más ejemplos del género nasal, como el célebre soneto de Quevedo A un hombre de gran nariz:
Érase un hombre a una nariz pegado
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado
era un reloj de sol mal encarado
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito
los doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
La referencia no casual de Quevedo a las doce tribus trae a la mente el ejemplo más desagradable dentro del género nasal: su utilización para justificar ideologías racistas. Ya en tiempos de Quevedo, la nariz era lo único que un judío no podía esconder, y que delataba su verdadera naturaleza. Así, en una réplica de Quevedo a Góngora, se dice que éste aprendió "sin christus la cartilla" y que es rabí de la lengua judía, "cosa que tu nariz aun no lo niega".
Otra muestra lamentable del género nasal son las teorías nasales de Wilhem Fliess. Fliess, amigo de Freud y creador quizá de la primera teoría de los biorritmos, creía que existía una relación entre las irritaciones nasales y toda clase de síntomas neuróticos e irregularidades sexuales. Expusó en 1897 sus teorías en un libro también difícil de hallar: Die Beziehungen Zwishen Nase und weibliche Geschlechtsorganen in ihrer biologischen Bedeutungen dargestellt (Las relaciones entre la nariz y los órganos sexuales femeninos desde el punto de vista biológico). En él relacionaba los ciclos biológicos (23 días para las mujeres y 28 para los hombres) con la mucosa de la nariz. La historia de sus investigaciones, y el apoyo que recibió de Freud, es más lamentable que grotesca. Los lectores de ESKLEPSIS podrán conocerla en un futuro capítulo de Heterodoxos dedicado a Wilhem Fliess.
Volvamos a Slawkenberg. Poco se sabe de su vida, pues, lamentablemente, alguien tan bien informado como Sterne no cuenta nada, porque "hay tanto que decir de él, que no voy a decir nada ahora". Se deduce, por una referencia casual, que debió morir hacia 1640. Al parecer, desde que tuvo uso de razón, se dio cuenta de que la cuestión de las narices grandes sólo había sido tratada a la ligera por los que le precedieron: "sentí el poderoso impulso, la vocación irrefrenable dentro de mí de entregarme de lleno a su estudio".
En De nasis, Slawkenberg incluye quizá cien cuentos. Algunos, como los de la octava, novena y décima década son, en opinión de Sterne "más caprichosos y arbitrarios que especulativos". Pero todos ellos están relacionados con la cuestión doctrinal de las narices, como el que trascribe Sterne, donde la llegada de un forastero de gran nariz revoluciona a las monjas de la ciudad de Estrasburgo. A pesar de lo aparentemente rijoso del asunto, no hay que olvidar, insisto en ello, que, como dice Charles Parish: "La sátira sobre la pedantería filosófica y teológica es tan importante para el autor como el simbolismo de la nariz, y leerlo únicamente como un cuento obsceno equivale a leerlo con, al menos, un ojo cerrado."
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Ludwig von HERTZ
LA NUEVA TEOLOGÍA
Editorial Bruckner (Colonia)
666 páginas
1. LA OBRA DE VON HERTZ: Este es, posiblemente, el más audaz de los libros publicados por Ludwig von Hertz. En su primera obra, Génesis, el teólogo austriaco reconstruía el primero de los libros del Antiguo Testamento, sirviéndose de datos proporcionados por la arqueología o por otras mitologías, especialmente la griega y las mesopotámicas, siendo el resultado final innovador y meritorio, aunque discutible en muchos detalles.
Más ambiciosa fue su obra Mitológicas, en la que pretendía hallar el origen común de todas las mitologías, tarea a la que, antes que él, se han dedicado ya muchos autores de renombre, postulando algunos un primitivo culto arbóreo, recomponiendo, otros, una religión dominada por la Gran Madre o Diosa Blanca, o proponiendo, no pocos de ellos, una interpretación histórico/evemerista de los mitos, como Moreau de Jonnes.
Casi todos los expertos coinciden en que el intento de von Hertz en Mitológicas fue, como los de quienes le precedieron, fallido, lo que no nos impide reconocer los aciertos evidentes de tan extensa obra (!más de tres mil páginas!), que, quizá, será uno de los peldaños más firmes de la escalera que ha de conducir a esa ansiada gran síntesis mitológica.
Otras obras de nuestro infatigable autor han ido apareciendo en los últimos diez años. Ninguna de ellas puede compararse con Génesis o Mitológicas. Con la aparición de los tres volúmenes de La Nueva Teología (el primero comprende el corpus de la obra y los otros dos contienen notas destinadas sólo a especialistas), todo ha cambiado. Se podría decir, incluso, que von Hertz ha negado, con La Nueva Teología, todas sus obras anteriores.
El lector exigente que se enfrente al libro de von Hertz puede que crea que se halla ante el mero entretenimiento de un diletante, pues el autor, sin duda intentando atraer a todo tipo de lectores, comienza su libro con un capítulo asombroso, en el que relee los nombres de los personajes bíblicos de una manera que hasta puede resultar grotesca.
Cuando se avanza en la lectura de este libro fascinante advertimos, sin embargo, que von Hertz no se está riendo de nosotros ni se divierte con juegos de palabras. Una consulta a los dos volúmenes de notas nos convencerá del rigor extremo de nuestro autor. Personalmente, he de confesar que La Nueva Teología me ha sorprendido, no ya sólo por su contenido doctrinal, sino, especialmente, por la manera en que von Hertz se compromete con lo que dice, con lo que descubre.
Pero veamos algunos ejemplos de esta relectura a que hemos aludido.
2. LA BIBLIA SEGÚN VON HERTZ: Ludwig von Hertz interpreta a Adán como ADN y a Eva como Everlasting, eterna como lo es el eterno femenino, como lo es la vida. De Noe dice que hay que entender Neo, pues con él se inicia una nueva humanidad. Job, claro, es el trabajo: al parecer, dice von Hertz, se trata de un juego de palabras del Autor, pues Job es conocido por su ociosidad, por su no hacer nada ante la continua adversidad.
De este modo, capítulo a capítulo y frase tras frase, von Hertz descifra los códigos que se esconden tras los nombres del Antiguo y del Nuevo Testamento. Hemos citado algunos ejemplos que pueden resultar curiosos, pero no debe creer el lector que von Hertz se limita a hacer una especie de grosera traducción de los nombres bíblicos, o que cada uno de estos nombres tiene un sólo significado. Así, por ejemplo, ya hemos visto que ADÁN es ADN, puesto que a partir de él se inicia la vida, pero también, leyéndolo al revés en español, es NADA, pues evidentemente, antes de él no había nada, nada dotado de inteligencia, de alma. En el caso de Adán podemos observar que la interpretación de von Hertz no hace sino confirmar lo que la etimología tradicional ya nos había revelado: Adán (en sanscrito Adyma) significa 'el primero', 'el origen'.
Sin embargo, en ocasiones pueden sorprendernos los anacronismos que pueblan la interpretación de von Hertz, como cuando hace proceder la palabra original de aquella que se deriva de ella. Pero lo más frecuente y asombroso es que interprete textos milenarios no ya en su idioma, en la lengua en que se escribieron (como desde hace siglos han venido haciendo los cabalistas), sino en su traducción al francés, al italiano o a cualquier lengua antigua o mederna. Sorprenderse de esto, dice von Hertz anticipándose a la crítica, es menospreciar el poder de Dios, quien, en el momento de redactar los textos sagrados, conocía no sólo las lenguas que eran y habían sido, sino también las que nacerían milenios después, incluídas las nuestras y las que hablarán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Hay que admitir que éste es un poderoso argumento, pero uno, a veces, está tentado de pensar, sino fuera por las eruditas explicaciones que von Hertz da en las notas, que hay algo de juego de manos en elegir ADN (en español) en vez de DNA (en inglés), para poder relacionarlo más fácilmente con Adán.
3. LA TEORÍA DE VON HERTZ: En definitiva, lo que von Hertz propone en La Nueva Teología es una nueva y radical interpretación de los textos bíblicos. La idea de este singular teólogo austriaco es que no sólo los libros que componen la Biblia, sino todos los libros sagrados han sido escritos por Dios, desde los Oráculos Sibilinos hasta los Vedas. Sin embargo, en La Nueva Teología, reconociendo sus limitaciones, von Hertz examina tan sólo los sesenta libros que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El primer problema al que ha de enfrentarse es el de los diversos autores que, según pruebas concluyentes, aceptadas incluso por los creyentes más ortodoxos, participarón en la elaboración de las diferentes partes de ambos Testamentos.
Von Hertz sortea el problema de manera elegante, recurriendo a aquel viejo argumento de que el Creador hablaa los profetas en el lenguaje de su época, sin caer en anacronismos pretéritos o futuros. Es cierto que determinadas cosas resultan completamente distintas según se considere que han sido escritas en el siglo tercero o en el primero antes de Cristo. Borges nos hizo patente esto al recordarnos que el Quijote de Menard y el de Cervantes son distintos, pese a tener ambos las mismas palabras dispuestas en el mismo orden: un fragmento en apariencia idéntico, escrito por el autor francés, interpreta la historia como el origen de la realidad, pero, escrito por Cervantes en el siglo XVI es "un mero elogio retórico de la historia".
Así, von Hertz interpreta extensamente el siguiente fragmento de Hechos de los Apóstoles: "Hechos 16.9: Por la noche tuvo Pablo una visión. Un varón macedonio se le puso delante y, rogándole, decía, pasa a Macedonia y ayúdanos". Sabemos que lo anterior fue escrito, probablemente, por Lucas hacia el año 80 d.de C. En esa época, Macedonia era tan sólo una provincia del Imperio Romano. ¿Es necesario señalar al lector lo diferente que sería ese fragmento si hubiese sido escrito varios siglos antes, cuando el joven Alejandro dominaba el mundo?
Sin embargo, von Hertz no recurre a tan cómodo, pero no por ello menos contundente y lógico argumento: él está de acuerdo en que Dios dictó todos los libros sagrados a diferentes personajes en épocas distintas. Ahora bien, Dios no decide en un momento dado que es preciso enmendar el rumbo erróneo de la humanidad y elige a uno de sus siervos para dictarle un libro, adaptando su estilo al de la época del escribiente (es decir, hablándole de manera comprensible para él y sus contemporáneos). No, para von Hertz, los textos sagrados existían antes de que acaecieran los hechos que narran: a Dios no le habría supuesto ninguna dificultad trasmitir los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento íntegros al autor del Génesis. Pero: "¿Habría nacido siquiera el cristianismo si los judíos hubiesen conocido de antemano el mal papel que les correspondería representar en el futuro? Evidentemente, no."
No es, desde luego, imposible, si se cree en la omnipotencia divina, estar de acuerdo con esta interpretación de von Hertz, pero, lo que ya no resulta tan fácil es compartir sus ideas, en mi opinión sencillamente disparatadas, acerca de los motivos últimos del Creador. En la argumentación de von Hertz podemos advertir claramente su afición a lo paradójico y su simpatía no disimulada por el gnosticismo.
4. AUDACIA Y OSCURIDAD DE LA NUEVA TEOLOGÍA: Es, vaya esto por delante, imposible conseguir exponer en esta breve reseña los argumentos de von Hertz. Yo no puedo explicar de manera coherente algo que en el propio libro de von Hertz resulta absolutamente incoherente.
Von Hertz parece creer que los textos del Antiguo Testamento existían no ya antes de la historia, sino antes de la propia predicción divina de la historia. Von Hertz pretende que primero fue el relato de Adán y Eva y después fueron Adán y Eva. Esto podría ser comprensible e incluso aceptable para las religiones del Libro, o al menos para algunas de sus herejías (o para los cabalistas), si interpretásemos que lo que von Hertz quiere decir es que Dios sabía lo que iba a suceder antes de que sucediera. Es decir, la ya conocida idea de que Dios conoce el pasado y el futuro (que muchos doctores de la Iglesia han rechazado porque supone la abolición del libre albedrío), o aquella concepción judaica de que el futuro influye en el pasado.
Pues bien, von Hertz no dice ni que Dios goza de una presciencia, de un conocimiento absoluto de lo que fue, de lo que es y de lo que será, ni que los textos de la Biblia determinasen los hechos sucedidos miles de años después. No, lo que viene a decir von Hertz, aunque siempre de manera críptica, es que el Libro existía, existía antes que nada (¿antes que el propio Dios?) y que, por decirlo de un modo quizá demasiado simplista, es como si Dios hubiese encontrado el Libro y, a partir de él, hubiese creado el Universo, la Tierra y la historia de la humanidad. La tarea de Dios, pues, consistió en crear, construir el escenario, los hechos y los personajes para adaptarlos al texto, del mismo modo que un jugador de ajedrez cuando quiere resolver un problema coloca las piezas en el tablero reconstruyendo una posición escrita en un papel.
Pero cuando se reconstruye una partida de ajedrez, se repite algo que ya ha existido o que, al menos, ya ha sido pensado; sin embargo, en la concepción de von Hertz, no ha habido creación, el Libro no recoge hechos que ya han sucedido, ni siquiera adelanta hechos que han de suceder. No existe nadie detrás de él, no existe un autor del libro, sino que el propio libro es el autor.
¿Debemos entender que cuando von Hertz habla del libro utiliza una metáfora para describir las leyes de la naturaleza o los pensamientos de Dios?Nada parece apoyar tan conclusión: para von Hertz, el Libro ES UN LIBRO, no una metáfora. Está compuesto de frases, dividido en capítulos, y en él aparecen los nombres de los personajes y de los lugares. ¿En qué idioma? Von Hertz no responde a esta pregunta, quizá porque lo considera innecesario, o tal vez porque ignora la respuesta. Pero la anterior no es una pregunta gratuita, sino que representa, tal vez, la mayor amaenaza para la desmesurada concepción hertziana.
Otra cuestión igualmente interesante (en este caso, Von Hertz sí conoce
la respuesta) es si la idea de que la realidad se adapta al Libro implica el
determinismo o el indeterminismo. ¿Existe el libre albedrío en
la interpretación de von Hertz? Lamentablemente, el espacio concedido
a esta reseña ha llegado a su límite y no nos es posible dar
la respuesta de von Hertz a esta cuestión.
LIBROS
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MULTIFUNCIONALISMO
Propuesta para una nueva disciplina científica
Cuadernos de Filosofía 11, pp 32-53. Madrid, 1995 (traducido de Nature 453/1994 p.127-143)
La autora propone una nueva disciplina científica que sería, a su vez, multidisciplinar. Esto es, se ocuparía de asuntos que competen a otras ciencias, como la física, la biología, la sociología, y casi cualquier otra. Considera Opfel que el multifuncionalismo está emparentado con ciencias como la sinergética, la cibernética y la teoría general de sistemas de Bertalanffy.
En el artículo se señalan las similitudes y divergencias con las ciencias mencionadas y otras afines, por lo que sólo se dedican unas pocas páginas a exponer positivamente la naturaleza de esta nueva disciplina.
Su objeto, dice la autora, sería ocuparse de las piezas o componentes de una estructura que, colocadas en otra estructura, realizarían una función distinta. Un ejemplo sencillo sería el de una rueda: en una automovil, su función es la de girar para hacer avanzar el vehículo, pero colocada en un molino, su función es la girar para elevar el agua.
Sin embargo, los ejemplos no son siempre tan sencillos: en biología, la autora examina la función de una misma enzima que puede cumplir diversas tareas según la situación en que se halle. También analiza extensamente el control de la forma en las celulas epidérmicas del gusano Rhodnius, y sus tipos de diferenciación en célúlas tricógenas, tormógenas, ganglionares y neurolemocitos.
Pero la teoría de Opfel no se limita a los terrenos estrictamente materiales: también se puede aplicar, por ejemplo, en el terreno antropológico, comparando la distinta función que cumple un mismo tabú en distintas sociedades.
El multifuncionalismo, dice Opfel, trasciende la clásica polémica, que se da, sobre todo en el terreno biológico, entre los que piensan que la función crea el órgano y quienes opinan que, al contrario, el órgano crea la función. Los elementos de una estructura son en cierto modo formas ideales, que se adecúan a ella, pero no son estrictamente creados, sino elegidos. Esto permite a Opfel intentar una especie de catálogo de formas o componentes universales, que podemos hallar en estructuras y complejos diversos.
Esta fenomenología de las partes que pueden adaptarse a diversos todos es muy interesante, pero también peligrosa para la propia disciplina multifuncionalista, pues parece postular una especie de mundo ideal de formas, a la manera platónica que, en definitiva, quizá acaba confundiéndose con la matemática pura, la geometría o, dentro de ella, la topología.
Que yo sepa, Karin Opfel no ha publicado todavía el libro que se anuncia en su artículo, en el que aplicará la teoría multifuncionalista a diversas ciencias y dónde incluso mostrará que incluso se puede hablar de un mismo componente que cumple funciones semejantes o diversas no sólo en el mismo ámbito (la biología, la sociología, la física), sino en terrenos aparentemente distantes.
ATRÁS
ESKLEPSIS NÚMERO 1
Respecto al número anterior, se han recibido varios comentarios.
Marcos pidió que se aumenten las páginas de la revista. Ello resulta imposible por varias razones: más páginas significaría un retraso considerable en la aparición de cada número; las 120 páginas obedecen a razones técnicas, entre ellas el tamaño de las cartulinas que sirven de portada.
Margarita observó que había pocas cosas personales. Es posible, pero la revista ya es bastante ególatra de por sí (como demuestran los Cuadernos Ególatras), aunque en este número quizá hay más textos de tipo personal (dos cuentos, el Cuaderno de Viaje, la entrevista con David Laborda). Por otra parte, secciones como el Pórtico, retratan casi tanto al autor como al seleccionador.
Respecto a los textos de ESKLEPSIS 1, quizá podíamos haber prescindido de la colaboración de Javier Bernal (¿Ha habido de hecho Renacimiento en España), pues es una parodia que tiene poco interés para quien no conoce al personaje parodiado.
En cuanto al artículo de Tan cerca y tan lejos, dedicado al cristianismo, quizá es demasiado denso y filosófico: habría sido más interesante enfocarlo sólo desde un punto de vista moral. Tal vez ese tema se retome en un futuro número.
También debía haber explicado brevemente la imagen que aparece en Símbolos: el inicio de la curva, en la parte derecha es el origen del Universo, que se va desarrollando desde la singularidad inicial, pasando por la formación de las galaxias, y los planetas, hasta llegar al surgimiento de la vida y de la conciencia, que, a su vez, puede observar el universo (aunque, fíjense bien, no la singularidad inicial). Esto puede interpretarse de una manera débil o fuerte. Según la manera débil, el universo hace nacer al observador; según la fuerte (idealismo), el observador crea el universo. Es un tema que sin duda se tratará alguna vez en esta revista.
Habría que explicar, en la cita de Pierre Bayle, que significa pirrónico. En ese contexto, pirrónico es el escéptico que dice que nada se puede saber.
Por otra parte, era mi intención, y sigue siéndolo, añadir a todos los números de la revista una sección llamada Apoyo Mutuo, en la que se incluirán textos que servirán para aclarar lo que hubiese quedado sin explicar en los diversos artículos: por ejemplo, biografías de Benjamin Constand, de Pierre Bayle, trascripciones de textos de autores, que servirían para ampliar referencias a sus ideas, etcétera. Al no haber incluído Apoyo Mutuo en los dos primeros números, es posible que lo edite aparte, como un cuadernillo que se pueda consultar al mismo tiempo que se lee ESKLEPSIS. El primer Apoyo Mutuo estará quizá dedicado a los tres primeros números de ESKLEPSIS.
Respecto a la parte formal, en este número todas las imágenes son escaneadas, su calidad mejorará cuando me lo permitan los bytes del ordenador que use.
Se podrían añadir más cosas, pero las implacables 120 páginas llegan a su fin. Sólo diré que el artículo de la sección Ciencia, dedicado a las Teorías del Todo (TOE y TGU), ha sido desplazado al próximo número por falta de espacio. También lo ha sido Acerca del Karma, que, debido a su extensión, tiene difícil su inclusión en esta revista. La sección de Poesía, dedicada a W.B.Yeats, también habrá de esperar a otro número, así como Heterodoxos, dedicado a Oliva Sabuco.
Escribo esto a finales de noviembre de 1995. El número 1 se publicó en septiembre de 1994. Demasiado tiempo, pero no sé si lo podré evitar. Mi intención es no ocuparme del próximo número de ESKLEPSIS hasta febrero o marzo de 1996. Tengo que administrar el poco tiempo que tengo entre diversos y absorbentes intereses y proyectos.
En el próximo número también se hablará en esta sección del número 1 de ESKLEPSIS, aunque se dedicará más atención al que ahora, lector, tienes entre las manos y que, a estas alturas, espero no haya caído de ellas.
FIN