RECORTES DE PRENSA

Elvira LINDO
Mi carta

Jeremy RIFKIN:
La visión europea del futuro eclipsa el sueño americano

Javier SAMPEDRO
Uno o dos nombres propios

Fernando SAVATER
La demagogia identitaria

Javier MARÍAS
Las escopetas cabronas

Martin AMIS
Entrevista por Juana Libedinsky

Ruth TOLEDANO
Shakespeare y el éxtasis

Iván TUBAU
Del fidel de Oliver Stone a la URSS de André Gide

danieltubau.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JEREMY RIFKIN
La visión europea del futuro eclipsa el sueño americano

EL PAÍS - Opinión 06-09-2004

Jeremy Rifkin es autor de El sueño europeo: cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano, que publica esta semana en España Ediciones Paidós. Este artículo es un extracto de dicho libro. Traducción de News Clips.

 

La cuestión de los valores ha saltado repentinamente al centro del escenario a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, el presidente George W. Bush y el senador John Kerry debaten sobre cuestiones tan variadas como el matrimonio entre homosexuales y la investigación con células madre embrionarias. En una sociedad en la que en los últimos tiempos casi todos los valores se han convertido en objeto de crítica y controversia, hay un valor estadounidense que se mantiene inalienable, no afectado por las riñas partidistas y el escrutinio de los medios. Todos los políticos, independientemente de sus colores, se apresuran a elogiar el sueño americano, la idea de que cualquiera, independientemente de las circunstancias en que nazca, puede hacer con su vida lo que quiera, a base de diligencia, determinación y trabajo duro. El sueño americano sigue siendo el mito más perdurable de Estados Unidos. Es el cemento social que une al pueblo estadounidense a través de divisiones étnicas y de clase, y que da al modo de vida de este país un propósito y una dirección comunes. La muerte en junio del presidente Ronald Reagan subrayó lo importante que sigue siendo el sueño americano para la psique nacional. Las muestras de dolor y los elogios que el ex presidente recibió de amigos y rivales por igual fueron un homenaje tanto a ese sueño como al hombre que, en opinión de muchos, personificó el más preciado de todos los valores del país.

La pega es que un tercio de los estadounidenses, de acuerdo con un sondeo reciente a escala nacional, ya ni siquiera creen en el sueño americano. Algunos han perdido la fe porque han trabajado duramente toda su vida para no encontrar más que dificultades y desesperación al final del camino. Otros, sin embargo, lo han abandonado aún más profundamente. Están empezando a cuestionarse el sueño en sí, alegando que los principios que lo sostenían están perdiendo importancia en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente. Por primera vez, el sueño americano ya no sirve de punto de encuentro para todos los estadounidenses. Mientras el sueño americano se va desvaneciendo, un nuevo sueño europeo está empezando a captar la atención y la imaginación de los habitantes de todas partes. Ese sueño se ha codificado ahora en forma de anteproyecto de Constitución europea. La Constitución propuesta se ha convertido a su vez en materia de intenso debate en un momento en que los europeos estudian si ratificar o no sus contenidos y aceptar sus principios básicos como valores centrales de una nueva Europa. En muchos aspectos, el nuevo sueño europeo es el reflejo del antiguo sueño americano. Pero, para los millones de estadounidenses que ya no se identifican inquebrantablemente con éste, la visión de futuro europea quizá tenga mayor resonancia; una especie de gran inversión, por así decirlo, de lo que ocurrió hace doscientos años, cuando millones de europeos miraban hacia Estados Unidos en busca de una nueva ilusión para su vida y la posteridad.

Veinticinco naciones, que representan a 455 millones de personas, se han unido para crear los "Estados Unidos" de Europa. Como los Estados Unidos de América, esta enorme entidad política está apuntalada por un mito propio. Aunque se encuentra todavía en su adolescencia, el sueño europeo es la primera visión transnacional, mucho más apropiada para la siguiente fase del viaje humano. Los europeos están empezando a adoptar una nueva conciencia global que se extiende más allá, y por debajo, de las fronteras de sus Estados nacionales, integrándolos profundamente en un mundo cada vez más interconectado. Los estadounidenses estamos tan acostumbrados a considerar que nuestro país es el más próspero del mundo que quizá nos sorprendiera saber que, en muchos aspectos, ya no es así. En sólo unas décadas, la Unión Europea ha crecido hasta convertirse en la tercera mayor institución gubernamental del mundo. Aunque su extensión equivale a la mitad del territorio continental estadounidense, su producto interior bruto, de 10,5 billones de dólares, eclipsa ahora al estadounidense, y la convierte en la mayor economía mundial. La Unión Europea ya es el principal exportador y el mayor mercado comercial interno. Sesenta y una de las 140 mayores empresas de la lista de 500 incluidas en Global Fortune son europeas, mientras que sólo 50 son estadounidenses.

Sin embargo, las comparaciones entre las dos grandes superpotencias del mundo son todavía más reveladoras en lo que respecta a la calidad de vida. Por ejemplo, en la Unión Europea hay aproximadamente 322 médicos por cada 100.000 habitantes, mientras que en Estados Unidos hay sólo 279. Estados Unidos ocupa el puesto 26 de los países industrializados en mortalidad infantil, muy por debajo de la media europea. La esperanza media de vida en los 15 países más desarrollados de la UE está ahora en 78,2 años, frente a los 76,9 años de Estados Unidos. Los niños de 12 países europeos obtienen ahora mejores puntuaciones en conocimientos matemáticos que sus homólogos estadounidenses, y en 8 países europeos los superan en conocimientos científicos. En lo que se refiere a la distribución de la riqueza -una medida crucial respecto a la capacidad de un país para cumplir su promesa de prosperidad-, Estados Unidos ocupa el puesto 24 entre los países industrializados. Los 18 países más industrializados de la UE presentan menos desigualdad entre ricos y pobres. Ahora hay más pobres viviendo en Estados Unidos que en las 16 naciones europeas sobre las que se dispone de datos. Estados Unidos es también un lugar más peligroso para vivir. Su tasa de homicidios cuadruplica la de la Unión Europea. Y lo que es aún más preocupante, las tasas de homicidios, suicidios y muertes relacionadas con las armas de fuego entre los niños estadounidenses son superiores a las de otros 25 países ricos, incluidos los 14 países europeos más ricos. Aunque Estados Unidos alberga sólo el 4% de la población mundial, contiene ahora la cuarta parte de la población carcelaria de todo el mundo. Mientras que los países miembros de la UE tienen una media de 87 presos por cada 100.000 habitantes, Estados Unidos alcanza la impresionante proporción de 685 presos por cada 100.000 habitantes. Los europeos comentan a menudo que los estadounidenses "viven para trabajar", mientras que ellos "trabajan para vivir". El tiempo medio de vacaciones pagadas en Europa es ahora mismo de seis semanas al año. Por contraste, los estadounidenses disfrutan de media sólo dos semanas. A la mayoría de los estadounidenses tam-bién les impresionaría saber que el tiempo medio de traslado al trabajo en Europa es inferior a 19 minutos. Si consideramos qué hace grande a un pueblo y qué constituye un mejor modo de vida, Europa está empezando a superar a Estados Unidos.

El sueño europeo contrasta drásticamente con el americano sobre todo en lo relativo a la cuestión de definir el significado de libertad personal. Para los estadounidenses, la libertad va desde hace mucho tiempo ligada a la autonomía. Si uno es autónomo, no depende de otros ni es vulnerable a las circunstancias que están fuera de su control. Para ser autónomo uno necesita tener propiedades. Cuanta más riqueza amasa uno, más independiente es en el mundo. Uno es libre cuando se convierte en autosuficiente y en una isla en sí mismo. Con la riqueza llega la exclusividad, y la exclusividad aporta seguridad. Sin embargo, el nuevo sueño europeo se basa en diferentes ideas sobre qué constituye la libertad y la seguridad. Para los europeos, la libertad no se encuentra en la autonomía, sino en la inserción. Ser libre es tener acceso a muchas relaciones interdependientes. Cuantas más sean las comunidades a las que uno puede acceder, más opciones tiene de llevar una vida plena y significativa. Es la inclusividad la que proporciona seguridad: pertenencia, no pertenencias. El sueño americano hace hincapié en el crecimiento económico, la riqueza personal y la independencia. El nuevo sueño europeo se centra más en el desarrollo sostenible, la calidad de vida y la interdependencia. El sueño americano rinde homenaje a la ética del trabajo. El europeo está más ligado al ocio y al gozo profundo. El sueño americano es inseparable de la herencia religiosa y de la profunda fe espiritual del país. El europeo es laico hasta la médula. El sueño americano depende de la asimilación: asociamos el éxito con la eliminación de nuestros antiguos lazos étnicos para convertirnos en agentes libres del gran crisol estadounidense. El sueño europeo, en cambio, se basa en la conservación de la propia identidad cultural y en vivir en un mundo multicultural. El sueño americano va unido al amor al país y al patriotismo. El europeo es más cosmopolita y menos territorial.

Los estadounidenses estamos más dispuestos a usar la fuerza militar para proteger los que consideramos nuestros intereses vitales. Los europeos son más reacios a usar la fuerza militar y, en cambio, fomentan la diplomacia, la ayuda económica y la asistencia para evitar el conflicto, y las misiones de paz para mantener el orden. Los estadounidenses tienden a pensar desde un punto de vista local, mientras que las lealtades europeas están más divididas y abarcan desde lo local hasta lo mundial. El sueño americano es profundamente personal, y se preocupa poco por el resto de la humanidad. El sueño europeo es de una naturaleza más expansiva y sistémica y, por consiguiente, va más ligado al bienestar del planeta.

Eso no quiere decir que Europa se haya convertido de repente en una utopía. A pesar de toda su retórica sobre la conservación de la identidad cultural, los europeos se están volviendo cada vez más hostiles hacia los inmigrantes y los refugiados políticos recién llegados. El enfrentamiento étnico y la intolerancia religiosa siguen estallando en diversas zonas de Europa. El antisemitismo está aumentando nuevamente, al igual que la discriminación contra los musulmanes y otras minorías religiosas. Aunque los habitantes y los países europeos critican la hegemonía militar estadounidense y lo que ellos consideran una política exterior presta a apretar el gatillo, están más que dispuestos, cuando se presenta la ocasión, a dejar que las fuerzas armadas estadounidenses protejan los intereses de seguridad europeos. Además, tanto partidarios como detractores afirman que la maquinaria de gobierno de la Unión Europea, con sede en Bruselas, es un laberinto de papeleo burocrático. A menudo se acusa a sus funcionarios de distantes y de no responder a las necesidades de los ciudadanos europeos a los que supuestamente sirven.

Sin embargo, la cuestión no es si los europeos viven o no de acuerdo con su sueño. Nosotros, los estadounidenses, nunca lo hemos hecho del todo. La cuestión es más bien que Europa ha forjado una nueva visión del futuro que difiere de la nuestra en aspectos esenciales. Estas diferencias básicas son cruciales para comprender la dinámica que ha empezado a desatarse entre las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Hace 200 años, los fundadores de Estados Unidos crearon para la humanidad un nuevo sueño que transformó el mundo. Hoy, una nueva generación de europeos está creando un nuevo sueño radical, más apto para enfrentarse a los retos que plantea el mundo cada vez más interconectado y globalizador del siglo XXI.



JAVIER SAMPEDRO

UNO O DOS NOMBRES PROPIOS

Publicado en El País 01-08-2003
(El dibujo es de Luis M.sanz )

  Recuerdas aquella vez que te perdiste de niña? ¿Cómo que no? Tu madre me ha contado el episodio, tú debías tener cinco años, no creo que tuvieras seis. Habíais ido de compras al centro, justo el día que estrenabas el vestido de margaritas, y te quedaste tonta mirando los lápices de colores y oliendo los cuadernos. Todavía te pasa de vez en cuando, ya lo sé, pero entonces, ya ves, bastó un minuto con los lápices y los cuadernos para que perdieras a tu madre, ¿te vas acordando ahora? Casi se vuelve loca la pobre buscándote. Si no llega a ser por el dependiente del bigote yo no sé qué hubiera pasado, fíjate lo que te digo. Yo no sé qué hubiera pasado.

¿Basta con eso? ¿Ya recuerda usted cuando se perdió de niña? No, claro que no. Usted nunca se perdió de niña, ¿verdad? Usted ni siquiera recuerda haber ido de compras al centro con su madre, ni a los cinco años ni a ninguna otra edad, ¿verdad?

Pero ése es más o menos el experimento de Ira Hyman, Troy Husband y James Billing, de la Western Washington University. Reclutaron a unas cuantas docenas de estudiantes con la excusa de hacer un análisis experimental de la precisión de los recuerdos. Hablaron con los padres de todos los estudiantes (con la misma excusa) para que les contaran anécdotas de la infancia de sus hijos. Después contaron a los estudiantes tres anécdotas ciertas de su propia infancia y una falsa, como la de haberse perdido al ir de compras. El resultado fue el siguiente.

Durante la primera entrevista con los experimentadores, los estudiantes ratificaron el 84% de los recuerdos ciertos y ninguno de los falsos. Pero, durante la segunda entrevista, unos días después, el 20% de los voluntarios ya recordaba la historia falsa, y algunos llegaron a aportar varios detalles adicionales que se le habían escapado al experimentador. Así de fácil es implantar una falsa memoria en su cerebro, desocupado lector.

La psicóloga Elizabeth Loftus, de la Universidad de California en Irvine, contó en el último congreso de la Asociación Americana para el Avance de las Ciencias, celebrado en Denver en febrero pasado, que había logrado que el 36% de los sujetos de un experimento similar recordaran el maravilloso abrazo que les había dado Bugs Bunny en Disneylandia cuando eran niños. Como todo el mundo sabe, Bugs Bunny no es un personaje de Disney, sino de la Warner: si vieran a uno de esos conejos por Disneylandia, le echarían a tiros.

Loftus explicó su truco en Denver: "La clave está en añadir a la historia falsa elementos de tacto, sabor, olor y sonido. Son estos detalles sensoriales los que la gente usa para distinguir sus memorias. Añadirlos a una historia es casi una receta para hacer que la gente recuerde cosas que nunca sucedieron".

También el arte de mentir está en los detalles, naturalmente. Si usted es un niñato que vuelve de un botellón y su madre le pregunta: "¿Se puede saber dónde has estado toda la santa noche?", lo último que debe usted responder es: "Bah, dando una vuelta". La mentira no colará a menos que usted se invente minuciosamente por dónde ha dado la vuelta, en compañía de quién, al objeto de qué, vaya peste las cacas de perro por las aceras, qué estatua más horrible ha puesto el alcalde en la plaza Pirámides, hay que ver la brasa que me ha dado el Patillas con su cate en matemáticas; en fin, un poco de cinema verité, mis queridos niñatos, o se acabó el botellón.

El mejor mentiroso de la historia narró en 1949 la brillante estrategia que utilizó una mujer para vengarse de un empresario depredador: se fue al peor barrio de la ciudad, se acostó con un marino, se plantó después en casa del empresario y le mató de un tiro. Adujo en el juicio que el empresario había abusado de ella y que tuvo que dispararle en defensa propia. "La historia", concluye el relato, "se impuso a todos porque sustancialmente era cierta; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios".


FERNANDO SAVATER

  La demagogia identitaria


  Tomo prestada como título de esta nota una expresión que utiliza mi amigo Paolo Flores d'Arcais en su último libro, El soberano y el disidente: la democracia tomada en serio, recién aparecido en Italia y que sería bueno ver pronto traducido en España. Así rentabilizo, además, otro poco una breve estancia en Roma -entre soles lluviosos e inopinados granizos con cielo azul- para participar en un congreso internacional sobre las perplejidades y a veces conflictos motivados por las identidades nacionales en la Europa actual. Se oyeron cosas muy interesantes en esa reunión y me he traído la moleskine atiborrada de apuntes sustanciosos para ir rumiando en los próximos meses.

Gianni Vattimo, que parafraseando el ritornello de una canción muy popular hace décadas comenzó diciendo "la identità me fa male!", explicó que la biografía de cada uno de nosotros está formada a base de superar nuestras identidades pasadas y adquirir otras que las subsumen, aunque sin cancelarlas. Tales identidades se establecen siempre frente a otras posibles (eligiendo, pero también descartando), lo cual no implica necesariamente hostilidad. A su juicio, la identidad común que hoy buscan los europeos debería consistir en mantener lo específicamente social de nuestros Estados frente al modelo americano, mientras aspiramos a un mundo eficazmente multipolar más que a un cosmopolitismo sin ningún tipo de fronteras. Insistió en esta línea Giacomo Marramao, reivindicando un "universalismo de la diferencia" y el asentamiento de un espacio público y social para toda la UE que debería ser la consagración constitucional de la Carta de Derechos Fundamentales propuesta en Niza. Señaló que es posible una Constitución única sin un Superestado, lo mismo que una moneda única pese a que cada país conserve su propio banco central. Peter Sloterdijk advirtió contra una creciente "deseuropeización" del mundo, favorecida por la nueva Administración USA (lo que me hizo recordar que ya Emmanuel Todd apuntó la voluntad norteamericana de disminuir la influencia europea en Oriente Próximo como una de las causas verdaderas de la guerra de Irak) y por el auge imparable de China. Después, durante la comida, Sloterdijk me expuso que terrorismos etnicistas como el de ETA suponen la visión unilateral "heroica" de los pioneros ("esta tierra es nuestra porque fuimos los primeros en llegar"), retrógrada frente al tiempo actual de la multilateralidad poliétnica en que ya viven efectivamente las sociedades que pretenden emancipar por la fuerza.

Aunque no participó en el coloquio romano, también en el libro antes mencionado Flores d'Arcais habla de "las aventuras de la identidad". Según su análisis, uno de los obstáculos que hoy encuentra la democracia "tomada en serio" es la demagogia de las identidades grupales de toda índole (étnicas, nacionales, religiosas, sexuales, lingüísticas, etcétera) cuando se absolutizan frente a la ciudadanía compartida, en nombre de la exaltación de la individualidad. A su juicio, esta radicalidad reivindicativa irresponsable no reafirma a los individuos-ciudadanos, sino que, por el contrario, lleva a cabo una despolitización devastadora de la política misma en que deben ejercer su condición de tales. La pertenencia a tales identidades, que subsume la voluntad de cada cual en la ebriedad de lo comunitario, se convierte en una especie de "conformismo" antisistema que bloquea la participación en la gestión de lo público. "Se busca la identidad -dice Flores d'Arcais- como antaño el alma gemela: para conjurar un vacío, un miedo, una soledad. Una ausencia: para sustituir la dotación de sentido prometido por una ciudadanía negada". Porque la hipertrofia de las identidades disgregadoras viene abonada por la disminución efectiva de los derechos ciudadanos constitucionales en sociedades en las que todo (desde la educación a la sanidad, pasando por las comunicaciones y la información) se privatiza y luego pasa a manos oligárquicas...

Más allá de las objeciones y comentarios que se me vinieron a las mentes en cada caso, inevitablemente procesé todas estas sugerencias en clave de actualidad hispánica. Porque aquí -es decir, en el país más descentralizado de la UE, en el que la autonomización parece ya el primer paso hacia la atomización- no se sabe qué asombra más, si la radicalización del enfrentamiento identitario étnico y nacionalista (el religioso, antaño tan popular en estos pagos, ahora parece más decaído) o la negativa de mucha gente ilustre a tomarlo en serio, ni siquiera en ocasiones a reconocerlo. La doctrina oficial de la corrección que no piensa establece lo siguiente: a) como el Gobierno y el PP utilizan de modo sectario el tema de la unidad de España y del terrorismo (lo hacen, y con abuso), no existe el problema de la unidad del país y el terrorismo ya es cosa del pasado, desvanecido por arte de magia y sin arte ni parte de la política gubernamental; b) como el Gobierno y el PP se ceban en el turismo filoetarra de Carod Rovira (lo hacen, como no podía ser menos), son unos miserables porque el susodicho Carod, ya que es evidentemente indefendible, debiera ser también inatacable. Y lo mismo su partido, y también el clima político de exaltación nacionalista en Cataluña que le impulsó a realizar su guiño a los incomprendidos muchachos de ETA. El colmo de esta doctrina son las glosas a la estupenda actuación policial que nos libró de un comando etarra cargado con media tonelada de explosivos: para unos es un gesto electoralista; para Azcárraga, quizá un montaje policial, y para el sorprendente Anasagasti, la prueba de que, como ETA no se hace presente en la campaña electoral, el PP se empeña en sacarla de la caja de los truenos. Y Madrazo, vete a saber lo que dirá.

Nada, que vivimos en un mundo sin más problemas ni amenazas que los causados por la derecha. Aquí no hay más lobo que quienes gritamos "¡cuidado con el lobo!". Es lo que asegura, por ejemplo, Juan Aranzadi, felizmente recuperado de su coma, que ha durado más de veinte años (aunque esos traumas suelen dejar como secuela lesiones cerebrales y a veces el interesado es el último en enterarse). A Aranzadi le sorprenden supuestos cambios ideológicos acaecidos durante su letargo, pero no la propia quiebra de ETA, hoy evidentemente capitidisminuida pese a que dista mucho de haberse despedido de escena. Claro que si durante los últimos 20 años todos hubiésemos estado en coma, o en punto y aparte, o hubiésemos tirado el escudo haciéndonos los locos o los Arquílocos, puede que no hubiera sido Carod quien hubiese visitado ayer a Mikel Antza, sino Mikel Antza quien se habría presentado ante Carod... En fin, que preocuparse es signo de rendición ante el conservadurismo.

¿Puedo empecinarme en mi inquietud? El problema no es la cuestión esencialista de la unidad de España, sino cómo quedan con todos estos achuchones diferencialistas los derechos ciudadanos de los españoles. ¿Siguen siendo mi voto y mi voz válidos a escala del país entero o debo resignarme a que sólo tenga validez ante los jibarizados ídolos de la tribu que me toca en suerte regional? ¿Se ven así mejor protegidos y garantizados mis derechos generales en el Estado del que -si no me equivoco- aún formo parte? ¿Serán mejor defendidos con este despedazamiento pluralizante ante los nuevos países que pronto se incorporarán a la UE? Y la propia Europa, ¿va así mejor servida en su Carta de Derechos Fundamentales? Porque no se me va de la cabeza lo que aseguraba el profético Nietzsche en Más allá del bien y del mal: "El nacionalismo es la enfermedad y sinrazón más destructiva de la cultura que existe, es la neurosis nacional de la que Europa está enferma y que perpetúa la división de Europa en pequeños estados y su pequeña política".

 

Javier Marías
LAS ESCOPETAS CABRONAS
(El País, 10 de octubre de 2004)

Hara dos semanas, la televisión ofreció un documento de lo más significativo. Iba a escribir "llamativo", pero en la actualidad ya no lo es: por el contrario, es sintomático de la generalizada evitación de las responsabilidades que aqueja a nuestra época y a nuestra sociedad. Se trataba de la conversación telefónica con la Agencia Efe de un individuo. Felicísimo de nombre, que tras once horas atrincherado en su casa con una escopeta, se había cargado a un policía de Sueca, en Valencia, y había herido a un guardia civil.

Sus declaraciones fueron estas:

"...La mayor parte de este problema se debe a una falta asistencial, y cuando yo fui y solicité un internamiento, porque ahora me ofrecen una ayuda, pienso que ahora es tardía. ¿Qué hay que esperar para que ayuden a un enfermo? ¿A que un enfermo saque una escopeta por la ventana, se líe a tiros, mate a una persona y hiera a otras personas? Les digo que se marchen o disparo, uno de ellos sale medio corriendo y echa mano a la pistola. Me siento amenazado y disparo. Le digo; 'Si asomas la cabeza, te la vuelo'. Vuelve a asomar la cabeza, sin hacer caso omiso" [sic].

"Disparo, en advertencia. Trata de tomar nuevamente posición y disparo, con tan mala suerte que le dije: 'Seguramente se ha muerto'".

Sí, es significativo, sintomático y para mí -todavía, pese a todo- llamativo. Quien habla acaba de matar a un hombre, y no en un arrebato, sino tras once horas, once, de tener en jaque a todo un barrio. Primero se refiere al hecho como a un "problema". Luego culpa a otros, a quienes no le dieron asistencia ni lo internaron. Se trataba de "ayudar a un enfermo", que es él. Habla de sí mismo en tercera persona, pero no por enajenación, sino por deliberado distanc¡amiento entre él y quien ha cometido el crimen. Por supuesto, esta palabra no aparece en su boca, menos aún "asesinato" o "barbaridad". A continuación se justifica: "Les digo que se marchen ...", y hay que ver, no obedecen, y encima uno "echa mano a la pistola". Así que, prosigue, soy yo quien "me siento amenazado" (una víctima, vamos), "y disparo". Aún no hay arrebato alguno, porque el tal Felicísimo advierte: "Si asomas la cabeza, te la vuelo", y fíjense qué osadía, el tío vuelve a asomarla. Asi que el "enfermo" cumple y le mete un tiro. El final no tiene desperdicio: él dispara varias veces, amenaza, da órdenes a lo largo de horas, pero luego tiene "tan mala suerte" que ... ¿qué? ¿Lo he matado? ¿Le he dado donde no quería? No, nada de eso: el policía local "se ha muerto", así, él sólito, como si hubiera sufrido un infarto. Yo le digo que le volaré la cabeza, yo le pego un tiro, pero él se ha muerto.

Es extraordinario. Ni una palabra de arrepentimiento. El mensaje viene a ser "la culpa es de todos menos mía. De quienes no me atendieron, ni me internaron, ni me impidieron poseer un arma; de los guardias que me provocaron, y mira que se lo advertí; y claro, del muerto, que no me hizo caso". ¿Resultado? "Se ha muerto", yo no he tenido nada que ver.

Aparte de que un verdadero enfermo no habla de sí mismo como tal, a no ser que esté muy cuerdo y se esté preparando ya su exculpación, el asunto trasciende la mera anécdota de Sueca. Hoy hay una tremenda y exagerada tendencia a buscar los orígenes de las atrocidades y quitar hierro, por ende, a las atrocidades mismas. Cada vez que se lleva a cabo una matanza (la reciente de la escuela de Beslán es buen ejemplo, con centenares de niños muertos), surgen analistas, intelectuales, articulistas y hasta políticos que, tras lamentar el horror, vienen a decir: "Eso sólo demuestra lo desesperados que están los chechenos" (o los islamistas fanáticos, o los palestinos, o los israelíes fanáticos, o los etarras). "¿Qué se les ha hecho, para que se porten así?" Y se da por sentado que algo tan gordo se les ha hecho como para desencadenar tan brutal reacción. Es decir, se ha establecido la estúpida idea -mucho más de lo que suponemos- de que los crímenes no son nunca acción, y premeditada y fría las más de las veces, sino casi siempre "reacción" a algún agravio o situación injusta reales. Como si éstos, además, pudieran justificar en parte las salvajadas. Hace no demasiado tiempo el mundo tenía algo claro, que ya no: incluso cuando hay verdaderos agravios y situaciones injustas, ciertas cosas no se pueden hacer. O, de otro modo, alguien podría entender que los chechenos se cargaran a Putin, los palestinos a Sharon, los iraelíes a Bin Laden, los iraquíes a Bush Jr, los etarras a Carrero Blanco. Digo entender, que no justificar. Pero lo que nadie debería poder entender es el diario asesinato de civiles a que asistimos. Y demasiados lo hacen, y vuelven a su cantinela: "Eso indica lo desesperados que están". Como si un asesinato con desesperación lo fuera menos. Así que quién sabe, a lo mejor los escolares de Beslán también "se han muerto". O, de matarlos alguien, han sido las armas, que, como la escopeta del tal Felicísimo, van por libre y son muy cabronas.

ENTREVISTA A MARTIN AMIS

Por Juana Libedinsky

La Nación 24/11/04, 06.54 horas

La casa de Martin Amis en Primrose Hill es el sueño del escritor.

Espacios amplios y luminosos en un barrio arbolado, paredes y paredes recubiertas de bibliotecas, hasta un pequeño jardín y, enfrente, las
flores multicolores de la célebre Colina de las Prímulas, uno de los puntos naturales más altos de la ciudad, desde donde se domina el valle del Támesis.

Amis, sin embargo, pasa gran parte del año lejos de Primrose Hill. El verano último se instaló en una casa de José Ignacio, en Uruguay, y asegura que nada extrañaba allí "salvo, claro, amigos y familia". "Es que el año que pasé en José Ignacio fue excepcional –aclara–. No he conocido gente más encantadora y civilizada que los uruguayos."

No parece pensar lo mismo de los argentinos. Al menos, no lo pensaba cuando escribió un artículo sobre Diego Maradona para el diario británico The Guardian. Allí sostenía que los argentinos tienen las
peores características del histórico número diez de su selección de fútbol.

Martin Amis no es un escritor que, particularmente, le huya a las polémicas. Considerado una de las plumas más brillantes de su generación por su trabajo de ficción (clásicos como "The Rachel Papers, "London Fields", "Money", "Time´s Arrow" y "Yellow Dog", una novela satírica y humorística aún no traducida) y por sus ensayos, ha abordado temas tan duros como el Holocausto ("Time´s Arrow") y el estalinismo ("Koba el temible"). Este último libro denuncia el doble discurso con el que la izquierda suele juzgar las atrocidades cometidas por el dictador soviético frente a los horrores del nazismo.

Fue el que levantó la polvareda más reciente.

Ahora Amis ha decidido saltar a otro tema complicado. Después de varios años de investigación, en sus meses en la costa atlántica junto con su mujer -la escritora uruguayo-norteamericana Isabel Fonseca- y sus dos pequeñas hijas, terminó una novela y una serie de cuentos cortos sobre el fundamentalismo islámico. Claro que, por ser Martin Amis, la forma de enfocarlo fue a través de la crisis de la masculinidad, una constante que explora en su trabajo.

"Pero es la primera en que siento cierto temor por lo que pueden ser las repercusiones", confiesa Martin Amis.

-¿Por qué cree que la crisis de la masculinidad es una de las claves para entender el fundamentalismo islámico?


-Los hombres somos muy sugestionables y estamos hablando de sociedades donde al hombre se lo trata como a un semidiós, mientras que las mujeres no cuentan y son analfabetas. Al crecer, vemos a nuestras hermanas, a las madres y a las abuelas, y sólo por ser hombres es inevitable sentir que se ha recibido algún tipo de gracia divina.

Ahora, estos mismos hombres después miran alrededor y esa potencia que sienten en sí mismos no la ven traducida en la realidad política, en sus países débiles y corruptos, que son una ofensa a la idea de justicia universal del islam. Y eso es una gran humillación. En Occidente no entendemos la humillación como la siente esta gente tan oprimida. Es algo aguado, en comparación. El fundamentalismo islámico se entiende, de alguna manera, por esta tensión entre el sentimiento de omnipotencia de los hombres y la inhabilidad de transformarlo en poder político. Es una reacción a siglos de hombres humillados. Ya tras perder la Alhambra, quedó la célebre frase de la madre del sultán, que le dijo: "No llores como mujer por lo que no supiste defender como hombre".

-¿Fue muy distinto escribir sobre la masculinidad y el fundamentalismo islámico que escribir sobre la masculinidad en las sociedades urbanas occidentales, su tema habitual?

-No hubo una diferencia cualitativa, pero sí de grado. Es un tipo de masculinidad que yo nunca había visto en mi vida, su versión más extrema. La masculinidad siempre ha sido mi tema y la he explorado en otros cultos a la muerte, como el nazismo o el comunismo bolchevique, pero nunca vi algo tan radical en el sentido de que no hubiera más
objetivo que la guerra. Por supuesto que estamos hablando de la versión más extrema del islam, que sólo usa la religión como un pretexto y como arsenal. Dejemos bien claro que el islam tiene un ideal mucho más noble, con el cual esta gente no está conectada.

-¿Qué pasos le parecería fundamental dar para encaminar la situación?

-Aliviar la pobreza y el desempleo en estos países sería muy importante. Sin embargo, entre los fundamentalistas militantes se ha llegado a un punto en que la mezcla de soberbia, odio y lástima hacia sí mismos los lleva a actuar independientemente de los hechos de la realidad. Pero también creo que la sangre y el dinero invertidos en la guerra de Irak hubiese sido mejor usado en las mentes y los corazones de las mujeres de la sociedad islámica, que es donde veo que puede haber una esperanza de cambio.

-¿Qué papel deberían jugar los intelectuales de Occidente?

-Yo creo que gradualmente en Occidente nos estamos dando cuenta de que ésta es una guerra filosófica tanto como una guerra militar. Del otro lado también hay un elemento altamente intelectual y apasionado con el que tiene que haber un encuentro cultural, un intercambio de ideas más fluido. Debemos ponernos de acuerdo en que estamos en desacuerdo en muchos temas, y trabajar a partir de eso.

-¿Es optimista o pesimista respecto del futuro del conflicto entre palestinos e israelíes tras la muerte de Arafat?

-Es muy temprano para saberlo. Los palestinos bien podrían haberse caído de la memoria histórica sin él, pero, sin duda, Arafat fue el gurú del terrorismo moderno. Lo llevó a un nuevo nivel, sobre todo en cuanto al uso de los medios de comunicación.

-¿Cuál cree que es el papel que debería tener Inglaterra, su país natal, en el conflicto de Medio Oriente?

-¿Papel? ¿Inglaterra? Nosotros no contamos para nada. El mayor regalo de Tony Blair a los norteamericanos fue haber dicho "vamos a la guerra" con acento inglés, para que se sintieran acompañados. Nuestro primer ministro no tiene ningún tipo de influencia sobre Bush, aunqueél quiera creer lo contrario. La Unión Europea, en cambio, sí puede ser vista como un nucleamiento que acumuló cierto poder político, pero no debemos olvidar que Europa es un gigante económico, pero un ratón diplomático y una hormiguita militar.

-¿Cree que con el nuevo mandato de Bush se acrecentará la brecha entre Estados Unidos y Europa?

-Lo veo como inevitable. Probablemente el proceso se hubiera retrasado algo de haber ganado Kerry, pero, en realidad, no hay mucho que se pueda hacer. A los Estados Unidos, simplemente, la vieja Europa les queda cada vez más chica.

-Usted ha vivido mucho tiempo en Estados Unidos y es conocida su convicción demócrata. ¿Le gustaría que Kerry se volviera a postular?

-Sí, pero no me parece que él, ni Hillary Clinton, que también es vista como una intelectual del nordeste de Estados Unidos, puedan tener oportunidad alguna. Edwards, en cambio, que es del Sur, puede"venderse" mejor como "el hombre común y corriente". Los norteamericanos quieren un presidente que sea como ellos y Bush hizo un trabajo excelente al presentarse como el hombre con el que podrían ir a tomar una cerveza? Claro que nunca podrían, porque Bush no puede ni acercarse a una botella, pero bueno, ése es otro tema.

-¿Cuán afectado está por el resultado de las elecciones? ¿Hay algún candidato republicano en el que tenga esperanzas?

-En la era Bush, lo que yo veo como imperdonable es que se esté en camino de erosionar la separación entre Iglesia y Estado y que las minorías sean las que van a sufrir por ello. Para las próximas elecciones, si bien ha sido planteado, veo difícil un cambio en la Constitución que permita que alguien que nació en el extranjero, como Schwarzenegger, pueda postularse. Más bien veo a Jeb Bush, el hermano del presidente, como candidato de los republicanos. Estamos retrocediendo siglos, para pasar a ser gobernados por dinastías, como en la India.

-Muchos intelectuales se comprometieron en estas elecciones con Kerry.¿Cree que sirvió para algo?

-Yo veo el resultado como un voto contra los intelectuales. Con su apoyo a temas como el casamiento entre parejas homosexuales, la oposición a la guerra de Irak y demás, el activismo de los intelectuales a Kerry lo afectó más de lo que podría haber ayudado.


-Usted también terminó hace poco el guión para una película sobre"Northanger Abbey", la única novela de Jane Austen que aún no fue llevada al cine. ¿Es parte de lo que la revista People llamó "el
momento Jane Austen"?

-No en mi caso. Ya escribí muchas veces sobre ella y que este guión efectivamente se convierta en película, bueno, ésa ya es otra historia que puede o no pasar. La industria cinematográfica es muy complicada. Pero al volver sobre Austen redescubrí algo que quizá no sea tan conocido, pero que es realmente brillante: lo último que dijo. En general, las últimas palabras de las grandes figuras son malísimas.

Uno se pregunta por qué no se murieron unos instantes antes, para evitarlas. Pero Jane Austen fue distinta. Cuando su hermana se acercó a su lecho y le preguntó si había algo que quisiese, ella le contestó: "Nada más que la muerte". Me parece la mejor manera de irse.

-Usted dijo recientemente que en la medida en que uno se hace mayor, se da cuenta de que todas esas cosas, premios, reseñas, adelantos de libros, es puro espectáculo y que la verdadera acción comienza con el propio obituario. ¿Eso lo tranquiliza?

-Que la verdadera acción comience con el obituario me parece un destino satisfactoriamente equilibrado, porque uno no va a estar por acá dando vueltas para ver la respuesta, sea ésta positiva o negativa.

Creo que eso lo mantiene a uno en la honestidad. A mí me gustaría ser recordado como alguien que mantuvo, como en el caso de "Yellow Dog", la novela humorística viva por, al menos, una generación más.

-Cree que el humor en la literatura está en peligro, ¿verdad?

-Me parece que la novela humorística está en retroceso. Una broma es, por definición, políticamente incorrecta. Supone una víctima y cierta superioridad de quien la cuenta. Una cultura democratizadora como la nuestra no lo tolerará mucho tiempo más, salvo que haya una gigantesca crisis económica en Occidente que desestabilice todo.

-¿Y no se viene alguna novela sobre Uruguay? ¿No se inspira en el paisaje que lo rodea?

-Para nada. Viví durante 40 años en Londres y siempre consideré que era algo bueno, si uno escribe historias urbanas, salir y mezclarse con la ciudad. Pero a medida que uno se vuelve más viejo le queda tal reserva en su cabeza que, si bien no es despreciable, ya no hace falta la experiencia directa.

 

Shakespeare / éxtasis
RUTH TOLEDANO

EL PAIS | Madrid - 08-03-2002

 

La sensación de bienestar que ocupa cada rincón de tu cuerpo se refleja en tu cara: los músculos se distienden, como por arte de bisturí desaparecen los surcos de una frente antes presionada por pensamientos sombríos, vuelve a las mejillas un rubor saludable y en los ojos brilla la limpieza y la alegría de las miradas reconciliadas, los labios han olvidado el rictus triste o la carcajada inquieta y esbozan la sonrisa amable del sereno placer de vivir. A tu alrededor, el mundo es hermoso: el sol acaricia sin peligro, el aire contaminado vuelve a ser brisa deliciosa, los árboles resurgen de sus cenizas, reaparecen los pájaros y el mar, las ciudades se extienden como espacios generosos de historia y de futuro. Descubres que los demás son guapos y simpáticos, que eran buenos o tenían disculpa, comprendes su desgracia o su confusión, te vuelves compasivo y paciente, admiras su extraordinaria y feliz naturaleza.

Una de dos: o estás enamorado o te has metido un éxtasis. Según la ley vigente, todas las sensaciones anteriormente descritas son aceptables sólo si no ha habido voluntad por parte del individuo: uno no es culpable de enamorarse pero sí de drogarse. Según Harold Bloom, el más eminente crítico literario de nuestro tiempo, autor de El canon occidental y del reciente Shakespeare. La invención de lo humano, los sentimientos que consideramos consustanciales a nuestra naturaleza, entre los que el amor reina de forma indiscutible, no serían hoy lo que son si no se los hubiera inventado Shakespeare. Según Antonio Escohotado, el más eminente especialista en drogas de nuestro país, autor de una imponente Historia General de las Drogas, el éxtasis 'derriba sin dificultades los obstáculos psicológicos y culturales a la comunicación entre individuos (...) y tiende a evocar disposiciones de amor y benevolencia'. Al hilo de ambas versiones sobre el pathos, se nos presenta, pues, un dilema de carácter jurídico: o se prohibe Shakespeare o se legaliza el éxtasis. Porque considerar que la felicidad y la empatía sólo son legítimas sin una intervención consciente del sujeto apela directamente a la esencia misma del ser social: se acepta como 'natural' lo que supuestamente escapa al análisis de la razón (enamorarse); se tacha de 'artificial', y se condena, lo que es producto del libre albedrío y del conocimiento (drogarse). Gran contradicción en el sistema de pensamiento que rige las sociedades de Occidente desde hace, por lo menos, tres siglos.

Hace falta que mueran dos jóvenes de golpe y otros veinte resulten intoxicados, como ha sucedido en la nave de Málaga, para que la atención se centre sobre el asunto de las drogas. Pero el asunto de las drogas es su ilegalidad. Porque a estos jóvenes no les ha sucedido (como declaraba un allegado) que les hayan metido droga en la bebida, sino que les han metido veneno en la droga que ellos se metieron, lo que es diferente y es producto de la falta de control sobre las sustancias que se consumen; o que han consumido más de la dosis propicia, lo que es producto de la falta de información y educación al respecto. Las drogas se consumen, legales o ilegales, y no sólo por jóvenes. El alcohol, muy publicitado, ha matado en España a un número de personas muy superior a las diez que han muerto por éxtasis; los coches, muy publicitados, son una plaga letal; un porcentaje elevadísimo de la población está enganchada a los productos de la rica industria farmacéutica; los alimentos que superan nuestros controles sanitarios llevan conservantes perjudiciales para la salud, cuando no son transgénicos o producto de la tortura; la televisión y la publicidad envenenan el espíritu.

Aparte del respeto que la ley debe a la libertad del individuo, respeto que en la actualidad falta, si las drogas fueran legales sólo estarían sujetas al pillaje oficial; algo es algo: al menos conoces la cara de tu enemigo y puedes hacerte una idea de tu margen de riesgo. Siendo ilegales, estás en manos de un más amplio e inclasificable crisol de pillos, y te metes caballo, o ralladura de ladrillo, cuando quieres meterte MDMA. Si, además, los sistemas educativos, que tanto se dice que preocupan, fueran inteligentes y atractivos e incluyeran en sus programas la lectura de Harold Bloom y de Antonio Escohotado, los jóvenes saldrían del colegio sabiendo quién es Shakespeare, qué es el éxtasis, por qué se enamoran, cómo pueden inducir sus legítimos sentimientos de felicidad.

ELVIRA LINDO

Mi carta  

EL PAÍS  -  Última - 24-12-2003

 

El otro día, presentando una página web sobre los derechos del niño, quien esto escribe intentaba explicar a un centenar de inocentes criaturas qué es eso de tener derechos. A mi lado estaba el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, que se afanaba en lo mismo. En realidad, ambos teníamos la íntima sensación de que aquellos adorables becerros estaban esperando a que termináramos de hablar para ser recompensados con algo, caramelos, refrescos, folletos, qué se yo. A mí ya se me pasó la edad para ir al célebre Defensor del Menor, pero como en estas fechas tan entrañables todos nos sentimos un poco niños, mientras el Defensor hablaba yo, en vez de escucharle, me puse a escribir mis peticiones de cara al nuevo año:

"Señor Defensor, aunque ya se me pasó el arroz, tengo una niña aún en mis entrañas y quisiera pedirle unas cosillas a las que creo tener derecho. Quisiera pedirle que en 2004 pueda hacerle una crítica al señor Aznar por su política exterior y por su talante autoritario y nadie me tilde de antipatriótica; también quisiera pedirle que si muestro, civilizadamente, a través de estas pequeñas columnillas mi rechazo al presidente Bush nadie me acuse de antiamericana, porque usted no sabe, señor Defensor, lo que me gusta a mí América, aunque hoy todos seamos considerados terroristas en potencia cuando cruzamos la aduana; quisiera encarecidamente rogarle, Defensor, que si se me ocurriera en alguna ocasión expresar públicamente alguna crítica (constructiva) a los partidos de izquierda, que no me pongan en la lista negra, porque esto está muy feo y más que lo hagan personas progresistas; si no es mucho pedir, señor Defensor, quisiera que si se me ocurre criticar a los nacionalistas no me llamen franquista, porque no es verdad, señor Defensor, palabrita del Niño Jesús; es que tal y como están las cosas, señor Defensor, parece que los que escribimos tenemos que apuntarnos a un partido, a un grupo o a un colectivo y comportarnos como si fuéramos groupies de un conjunto de rock. Y eso, señor Defensor, no mola".

Cuando acabó de hablar el Defensor, como una niña más, le entregué mi carta. Los otros niños le entregaron la suya: game-boys, videoconsolas, Bratzs... Los niños, en navidades, van a piñón fijo, no tienen corazón.

 

Iván TUBAU

Del Fidel de Oliver Stone a la URSS de André Gide

El MUNDO, 28 de marzo

Looking for Fidel, segundo documental de Oliver Stone sobre Cuba, dura una hora. Deja tan mal cuerpo como si durase varias. Oír a ese gigantón anciano de empecinada barba entrecana defender con un voz gastada su indeseable autocracia resulta casi tan patético como ver al anciano de Roma sostenerse precariamente, ya sin voz, sobre la cátedra de Pedro –dijo hace medio milenio Montaigne que en el más alto trono del mundo estás sentado sobre tu culo– porque cree que su presencia es necesaria hasta el último aliento para que los feligreses sigan prefiriendo la fe a la razón.

Ahora bien. A los ateos lo de Juan Pablo II nos suena ajeno. Lo de Castro, no.

Es sobrecogedora la secuencia en que los acusados de querer huir –con uniforme de presidiario, casi rapados y afeitadísimos: solo el dictador conserva en Cuba el derecho a llevar barba– se someten a la humillación de ser filmados por el equipo de Stone mientras repiten uno tras otro textualmente la consigna que les han dado para justificar la huida: “Motivos económicos”. Lo hacen porque les han dicho que así pueden esperar una condena suave: confiesan aspirar a uno o tres años... El dictador, condescendiente, les dice a sus abogados –que está ahí– cómo tienen que defenderles. Ya los jueces, que también están presentes en ese ensayo general para Stone de un juicio aún no celebrado, les indica que sean benévolos. Esa ejecución pública de Montesquieu con cámaras y micros es de lo más bochornoso que he visto en una pantalla. Inmediatamente, resarciéndose así del “fidelismo” de Comandante, Stone nos dice en off qué resultado tuvo el juicio real: dos condenados a cadena perpetua, los demás a veinte o treinta años.

El castrismo hiere de modo especial a quienes consideramos deseable e incluso lógico que la razón lleve al progreso y a eso lo llamamos ser de izquierdas. Porque una parte de la izquierda cree –cree: ahí no se puede decir piensa– que estar contra Bush, por ejemplo, implica estar con Castro. Aún hoy. Y eso me lleva a recordar que la semana próxima sale en París la correspondencia entre el editor Jacques Schiffrin y el escritor André Gide, que en 1936 fueron invitados a Moscú como simpatizantes del comunismo. Volvieron horrorizados por la realidad (lo mismo me ocurrió cuando fui a Cuba en 1976). En vísperas de la publicación de Retour de l’URSS (“Regreso de la URSS”), donde Gide ajustaba cuentas con el régimen de Stalin, Schiffrin le escribía “angustiado” que la gente se había polarizado y casi nadie matizaba: “El fascismo o el comunismo.”

¿Habrá que esperar a que un hijo putativo de Llamazares y Frutos escriba una versión caribeña de Koba el Terrible para que una parte de la izquierda española empiece a preguntarse cómo fue posible que sus padres condenaran a Pinochet mientras condescendían con Castro, cuando cualquier persona algo leída tenía que saber que el fascismo lo había copiado Mussolini de El Estado y la Revolución de Lenin?