El arte malabar

 

Brindemos con champán y Pepino Di Capri

 

Champagne per brindare a un incontro

con te che gia eri di un altro

ricordi c'era stato un invito

stasera si va tutti a casa mia

 

Cosi cominciava la festa

e gia ti girava la testa

per me non contavono gli altri

seguivo con lo sguardo solo te.

 

Se vuoi ti acompagno si vuoi

la scusa piu banale per rimanere soli io e te

e poi gettare via i perche amarti como sei

la prima volta l'ultima

 

Champagne per un dolce segreto

per noi un amore proibito

ormai resta solo un bicchiere

ed un ricordo da gettare via.

 

Lo so mi guardate lo so

mi sembra una pazzia

brindare solo senza compagnia

ma io, io devo festeggiare

la fine di un amore

cameriere champagne...

 

La guerra de Alan, de Emmanuel Guibert

La guerra de Alan, de Guibert

 

Gracias a mi amigo Jose C. (no le gusta encontrarse en la red), descubrí este comic delicioso de Emmanuel Guibert.

Es una novela gráfica en dos volúmenes, que cuenta la guerra de Alan Ingram Cope, un ciudadano americano que fue destinado a Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando Alan tenía 69 años, le contó al dibujante y guionista Guibert, que entonces tenía 30, sus recuerdos de guerra. Charlaron durante muchos días e hicieron muchas más cosas:

"Pasamos mucho tiempo juntos, intercambiamos centenares de cartas y llamadas telefónicas. Nos nutrimos de libros, de dibujos, de casetes. Practicamos la jardinería, cocinamos, montamos en bici. Tocamos el piano. Hicimos compras."

La guerra de Alan

Alan Ingram Cope en la época que se cuenta en el libro

 

Alan no pudo llegar a leer el libro de Guibert, pues murió ocho meses antes de su publicación.

El comienzo del libro, con el viaje de los reclutas en tren hacia un mundo nuevo, recuerda inevitablemente a esa otra gran novela gráfica de Will Eisner Viaje al corazón de la tormenta, que cuenta la experiencia de Eisner en la misma guerra. Después, como es lógico, la historia va por caminos diferentes, siguiendo de manera pausada y sencilla los días que Alan pasa en el campo de entrenamiento y su llegada a Francia. Los acontecimientos, a veces curiosos, otras cotidianos y triviales, contados en primera persona van haciendo más y más interesante la historia y a su protagonista.

La guerra de Alan

La guerra de Alan está lleno de detalles como los de esta página, donde se describe el contenido del pequeño paquete con las raciones de comida

 

Un pasaje que me gustó especialmente es cuando Alan y su división llegan a Praga. Para quien ha leído El poder cambia de manos, de Czeslaw Miloz, en el relato de Alan existen muchos detalles que cobran sentido, aunque Miloz se refiere a Varsovia y Polonia, y Alan a Praga y Checoslovaquia. En ese final de guerra en el que las potencias vencedoras ya estaban planificando su futura rivalidad, Alan cuenta algunos terribles episodios de los que fue testigo.

La guerra de Alan

Una curiosa anécdota que cuenta Alan Cope

 

El último capítulo del segundo tomo también es my emocionante, pero desde otro punto de vista.

Guibert dice en el prólogo que tras estos dos primeros volúmenes, publicará otro contando la infancia de Alan.

 

 

El noveno arte

Seguramente ya empieza a ser innecesario decir que un comic puede ser comparado con cualquiera de las artes consideradas mayores, la literatura, la música, la pintura, etcétera. Poco a poco, esta certeza va apoderándose de cualquier persona, cuando ve que los museos dedican exposiciones al comic o que el Ministerio de Cultura español lo ha incluído en sus becas para la creación, junto al cine, la fotografia, la novela o el ensayo.

El cine, la fotografía y el comic nacieron casi al mismo tiempo, en el siglo XIX, aunque todos ellos tienen precedentes en épocas más lejanas. Estas tres disciplinas asombraron al mundo en el siglo XX, pero les costó adquirir la categoría de arte. Ahora ya nadie se lo discute al cine ni a la fotografía, pero basta retroceder a los inicios del siglo XX para leer todo tipo de juicios despreciativos, ahora olvidados o dirigidos sólo al llamado "cine comercial".

Parece que ahora le ha llegado el turno al comic, precisamente en uno de sus mejores momentos, cuando se publican extraordinarios álbumes.

Quien quiera conocer algo de la historia del comic, tiene ahora una estupenda oportunidad con el primer volúmen de Del tebeo al manga, una historia de los comics.

Del tebeo al manga

Guiral se las ha ingeniado para incluír en el título de su obra las tres palabras que más se utilizan para referirse al noveno arte: "comic", "tebeo" y "manga"

 

El libro es el primer volumen de una colección de nueve. Recuerda en su diseño a la última historia de los comics publicada hace más de 20 años por Toutain, pero tiene un tono más personal en los textos, que a mí me gusta mucho.

Una cosa estupenda es que, aparte de las viñetas y planchas que es obligado reproducir si se quiere conocer realmente las obras maestras del comic, a menudo ofrece imágenes curiosas, felicitaciones de navidad o invitaciones, viñetas con la marca para el recorte que algunos periódicos se veían obligados a hacer por cuestiones de formato y muchos otros ejemplos que hacen la lectura realmente interesante.

Un ejemplo es esta historieta de Windsor McCay, que incluiré en mi página dedicada al metalenguaje en los comics:

Windsor McCay y el metalenguaje

En la edición de Del tebeo al manga, se reproduce esta página de McCay ladeada, lo que es, en mi opinión, un error, pues minimiza el efecto de ruptura de la norma que McCay propone. Yo la he enderazado para respetar la intención y la fuerza original

 

Puedes leer una entrevista con el autor de Del tebeo al manga con este enlace:

Entrevista con Antoni Guiral en El coleccionista de tebeos

 

[Mi página Metacomic tampoco es accesible en este momento debido a las reformas que estoy haciendo]

 

 

Cosas que siempre han existido

Filosofía en anuncios

"Ya dormiré cuando esté muerto"

Los anunciantes poco a poco están incorporando todas las frases e ideas de la literatura y la filosofía en sus breves piezas. Hace mucho tiempo un perfume utilizó aquello de "Hay otros mundos, pero están en éste"; recientemente SEAT utilizó un texto de Cortazar.

A este género tan interesante de anuncios filosóficos, he dedicado una página, que en estos momentos no se puede visitar debido a algunos cambios de formato que estoy introduciendo en todas mis páginas, pero que pronto será de nuevo accesible.

La frase "Ya dormiré cuando esté muerto" fue utilizada en una campaña de publicidad de una bebida alcohólica, creo que Bacardi, pero no he logrado comprobarlo. También hay una película de Mike Hodges que se llama así, y que tampoco he visto.

Pero en un foro punk he leído que la frase pertenece a Omar Jayyam, uno de mis poetas favoritos. Tampoco he podido comprobarlo.

Dspués de todos estos fracasos, al menos puedo presumir de haber encontraddo al que quizá sea la mención más antigua, anterior en 3000 años a Jayam, o al menos en 2000.

En la Epopeya de Gilgames, el dios sol Samas le dice a Gilgames que descanse:

"Gilgames le dice a él
-a Samas, el valiente-:
"Después de tanto vagar,
y andar merodeando por el monte,
¿será caso en el Submundo
exiguo el descanso?
¡Ya dormiré luego año tras año!
¡Sigan ahora viendo mis ojos el sol,
y saciéme yo de luz!

Tablilla IX, En busca de la vida

 

En este pasaje, se presenta de nuevo una paradoja en la epopeya de Gilgames, puesto que el héroe dice que ya dormirá cuando muera y habite en el infierno o submundo. Pero, sin embargo, se niega a descansar, precisamente porque quiere encontrar a Utanapisti y la fuente de la vida eterna. Es decir: la intención de Gilgames es no descansar nunca (al menos en el Submundo), por lo que su respuesta a Samas es sólo retórica.

Puedes ver el anuncio de Seat con este enlace:

Julio Cortazar, el kitsch y los relojesEl kitsch y los relojes (en Anacrónico)

 

[Tampoco es accesible ahora la página Cosas que siempre han existido]

 

La página noALT

3. Analógico y digitALT: cómo evitar las alternativas

Hay ciertas semejanzas entre el pensamiento alternante, aquel que siempre propone opuestos, dicotomías férreas o clasificaciones reduccionistas, y la naturaleza digital del pensamiento conceptual. Por eso, no perder de vista la naturaleza analógica de toda realidad compleja es quizá una manera de evitar recurrir constantemente a alternativas.

¿Suena un poco complicado? Quizás se entienda mejor en esta tercera pantalla interactiva de La página noALT, que he corregido, añadiendo algunas cosas.

 

 

Puedes visitar más pantallas noALTernantes con este enlace:

 

La página noALT  La página noALT

 

Entrevista en COM Radio

Hace unos días, mi amigo Luis Rodríguez me dijo que no había puesto casi nada en la página que dedico a mi libro Las paradojas del guionista. Es cierto. Para remediarlo, voy a escribir algunas entradas en los próximos días, y también subiré algunas entrevistas que me han hecho en radio y televisión.

La primera entrevista, con Jordi Sacristán y Judit Porta, se puede escuchar íntegra en la página de COM Radio, aunque yo la iré subiendo aquí en fragmentos. Las preguntas están en catalán, pero mis respuestas son en castellano. Por si alguien no entiende las preguntas, las traduzco aquí:

 

¿El espectador ha de entender rápidamente de qué va ese otro mundo que va a ver al cine?

¿La estructura de una película sería planteamiento, desarrollo y desenlace?

¿El guionista debe ajustarse a lo medios y necesidades ha de tener en cuenta los medios con los que se realiza el guión, el realizador, los actores, etcétera...?

¿El espectador busca básicamente en una película que un personaje en una situación de equilibrio inicial entre en crisis y a través de diversas peripecias llegue al desenlace... el viaje del héroe?

Los espectadores ¿detectamos estos métodos de trabajo, estos esquemas más o menos prefijados que utiliza el guionista?

 

La entrevista completa en COM Radio:

 

Tal com som

 

 

La página de Las paradojas del guionista

El jo ha kyu y Zeami

En Las paradojas del guionista cuento con mucho detalle el asunto de las tres partes de un guión, e intento explicarlo con el ejemplo de La ronda, de Schnitzler, una obra que tiene tres actos.

En cuanto a la mención que hago en la entrevista de COM Radio de la entrada anterior a los teóricos japoneses que opinan que ha de haber tres partes no sólo en una obra, sino en cada una de esas partes, en cada frase y en cada palabra, me refería a Zeami, creador del teatro Nô japonés, y al concepto del Jo Ha Kyu:

"En Japón, esta división de la obra en tres partes tiene su origen en la danza y la música llamada Bugaku que se divide en: un comienzo más o menos lento y tranquilo (jo), que se ve roto por un movimiento más agitado y variado (ha) que conduce progresivamente a un final rápido (kyu), que culmina toda la secuencia, tras la cual puede comenzar otra unidad jo-ha-kyu en la que de nuevo se aprecia un incremento gradual de intensidad y velocidad."

(Las paradojas del guionista, 140)

 

Puedes ver un fragmento de una obra bugaku aquí:

El creador del moderno teatro Nô japonés, Zeami, expresa así la idea del jo ha kyu en su Fushikaden:

«Así como en todas las cosas existe introducción, desarrollo y desenlace, lo mismo pasa con el sargaku [precedente del Nô]».

 

Zeami

Zeami (1363-1443), creador del teatro Nô

 

Zeami Motokiyo era hijo de Kanami un famoso actor, del que heredó sus enseñanzas, que mantenía en secreto, pues eso le hacía superior a sus rivales. Zeami actuó siendo niño ante el shogun Ashikaga Yoshimitsu y recibió a partir de entonces su protección, además de convertirse, al parecer, en su amante. Pero cuando murió el shogun, Zeami no obtuvo el apoyo del nuevo gobernante, y tuvo que exiliarse.

Durante siglos se consideró que Zeami había sido actor y escritor de obras de teatro Nô, pero en 1909 se descubrieron unos manuscritos en los que explicaba sus secretos artísticos, el llamado Fushikaden.

Fushikaden, de Zeami

Portada de la dición española del Fushikaden de Zeami, una edición extraordinaria a cargo de Javier Rubiera e Hidehito Higashitani. Además del tratado de Zeami, incluye cuatro de sus dramas Nô.

 

El Fushikaden contiene muchas cosas interesantes y Zeami demuestra una inteligencia y perspicacia notables, como en este pasaje en el que explica si el artista debe complacer a los que tienen buen ojo crítico o a los que carecen de él:

"En general hay muchos modos de conseguir fama y prestigio en el Nô. Es difícil que un diestro satisfaga el corazón de los que no tiene buen ojo crítico. No suele ocurrir que un actor torpe resulte bien a los ojos de los que tienen buen ojo crítico. El que un diestro no satisfaga el corazón de los que no tienen buen ojo crítico se debe a la incapacidad de los ojos de los que no tienen buen ojo crítico, pero si es un diestro que ha alcanzado la maestría y además un actor que posee invención de recursos, actuará de tal manera que también a los ojos de los que no tienen buen ojo crítico se suscitará el interés. Se podría decir que un actor que haya alcanzado la máxima categoría en esta invención de recursos y maestría ha alcanzado la flor [la cima de su arte] (...) Precisamente ese actor que haya conseguido tal grado tendrá reconocimiento público y tambien hasta de la gente de países lejanos y de las zonas rurales, todos sin excepción lo encontrarán interesante (...)".

Son consideraciones que nos hacen pensar en autores como Shakespeare o los clásicos griegos, que también eran capaces de interesar al mismo tiempo a los iniciados y a los profanos, mientras que otros sólo son capaces de gustar al público más vulgar o al público más selecto, extremos que suelen coincidir en su rígida respuesta ante todo lo que no se ajusta a su prejuicios. Zeami, como Moliere o Shakespeare, no sólo escribía obras, sino que también las representaba, por lo que conocía las dificultades de complacer a todos los espectadores sin dejar fuera ni a lo que subvencionarían sus trabajos ni a quienes llenarían las salas.

"En cuanto a este arte, el ser querido y apreciado por todos se considera como base de la felicidad en el mantenimiento de la compañía. Por eso, si exclusivamente se muestra sólo un estilo incomprensible, no habrá elogios de nadie. Por esta razón, sin olvidarse del espíritu del principiante en el Nô, dependiendo del momento y del lugar, hay que actuar de tal manera que se convenza al ojo vulgar; eso sí que es la felicidad."

El artista que se gana la vida con su trabajo y que se ve obligado constantemente a depender del público no puede comportarse como aquel que se mantiene alejado y a cubierto: debe conocer lo que los griegos llamaban el kairós, el momento adecuado para cada cosa, la respuesta idónea en cada situación. Debe adaptarse, refrenar a menudo su deseo de deslumbrar con algo que no va  a ser entendido o eliminar un chite privado. Curiosamente, estas limitaciones que pone el mundo real a la imaginación del artista, a menudo mejoran lo que produce, le obligan a traducirse, hacerse entender, explicarse, y eso muchas veces mejora sus primeras ideas. Aunque durante años se despreció a Shakespeare por alternar lo sublime y lo vulgar, desde hace mucho tiempo sabemos que eso, precisamente, es una de las cosas que lo hace superior a los artistas vulgares, pero también a los sublimes.

 

Una página estupenda sobre las artes escénicas en Japón:
Artes escénicas en Japón

 

Más sobre Japón en:

Cuaderno de Japón  Cuaderno de Japón

 

 

El segundo acto de la vida de Casanova

Hace diez años escribí un pequeño ensayo acerca de Casanova, que iba a ser el primero de una serie que pensaba dedicar al aventurero veneciano.

Le dejé el ensayo a un amigo y, tras leerlo, me dijo que era "lo peor que había escrito" en toda mi vida. Así que guardé el ensayo y me olvidé de él.

Ahora, diez años después, he pensado iniciar de nuevo esos ensayos casanovistas, así que he recuperado ese viejo texto y le he añadido ilustraciones. Confío en que el juicio de mi amigo no fuera del todo acertado y que la lectura de esto valga al menos el tiempo empleado en ella.

 

 

Casanova, segundo acto

Casanova

 

Goethe decía: “No hay que ser como los griegos. Hay que ser griego”. Algo parecido se podría aconsejar a quienes en su vejez pretenden recordar los hechos de su juventud.

Casanova comienza a escribir sus Memorias a los setenta y dos años, “cuando puedo decir Vixi a pesar de que todavía vivo”. Vixi era la fórmula que empleaban los romanos para anunciar que alguien había muerto: en vez de decir “Ha muerto”, decían: “Ha vivido”.

Cuando alguien escribe una autobiografía a los setenta y dos años, el lector puede preguntarse, con toda razón, si ese viejo que escribe puede entender al joven cuyas aventuras cuenta, a ese joven con el que comparte el mismo nombre, pero no los mismos sueños, ni los mismos deseos; ni siquiera, si somos estrictos, el mismo cuerpo, puesto que cada veinte años todas nuestras células se renuevan.

Una manera de evitar esta dificultad es no esperar a ser viejo para contar la juventud. En Japón existe un género literario, que cobró especial importancia tras la Segunda Guerra Mundial, que se llama memorias de juventud. No había por qué esperar a la vejez para escribir las memorias, la edad ideal podía ser en torno a los veinte años. La más famosa de estas tempranas memorias, al menos para los lectores occidentales, es Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima, quien llevó el libro a los diecinueve años al editor anunciando que esa era su “primera autobiografía”.

 

 

La memoria de los ancianos

Aunque se espere hasta los setenta y dos años para escribir las memorias, es posible que uno haya pasado toda su vida pensando que cuando sea viejo las escribirá. Tampoco parece ser este el caso de Casanova, pues él mismo cuenta que la idea de escribir sus memorias nunca se le ocurrió antes de ser anciano:

“Digna o indigna, mi vida es mi materia. Como la he vivido sin pensar jamás que un día pudiese sentir el deseo de escribirla, tal vez tenga un carácter interesante, que no hubiera tenido, indudablemente, si hubiera vivido con la intención de escribirla en los años de mi vejez, y, más aún, de publicarla”

Esta falta de propósito memorialístico de Casanova durante su vida parece justificar la fama de poco fiable que le atribuye la posteridad. En lo que se refiere a los datos concretos de su vida, ha sido habitual considerar al aventurero veneciano un farsante, una persona demasiado imaginativa o, cuando menos, un escritor exagerado y pretencioso. Durante mucho tiempo las Memorias fueron consideradas como una obra de pura ficción, y se atribuyeron a diversos autores, entre otros a Stendhal, que siempre mostró su admiración hacia la obra y el autor.

Sin embargo, el propio Casanova cuenta que conservó a lo largo de su vida muchas cartas, billetes y anotaciones, que a menudo transcribe textualmente. Tal vez esta meticulosidad se debía a su profesión, a una de las profesiones de Casanova, pues parece fuera de toda duda que fue espía, y también miembro itinerante de la orden de los francmasones.

La mayoría de los investigadores actuales no comparten el escepticismo de sus predecesores acerca de la fiabilidad de la memoria de Casanova: en lo que todavía se puede averiguar, Casanova no miente casi nunca y además ofrece detalles de una asombrosa precisión. Así, dice que una mujer llamada “la Charpillon” vivía en Londres en la Dannemarck street Soho. Un tal Bleackley buscó en el siglo XX los registros de impuestos de esa calle durante los años 1763 y 1764 y encontró el nombre Decharpillon.  

 

Denmark street

La calle Denmark en el actual Londres (imagen de Google Maps)

 

Es cierto que los anteriores son recuerdos propios de una agenda o de un dietario: cualquiera puede tenerlos si se ha tomado la molestia de llevar un diario, de tomar notas, de guardar muchos recuerdos. Tal vez, pero lo difícil no es recordar lo que hizo aquél joven, sino cómo sintió aquel joven.

Al leer la Historia de mi vida de Casanova sorprenden muchas cosas, pero la que más llama la atención es constatar que ese viejo de setenta y dos años parece capaz de sentir y de ver el mundo como lo hacía aquel niño, aquél joven o aquél hombre maduro cuyas aventuras recuerda. Leyendo los cientos de páginas de las memorias de Casanova, podemos advertir cómo su carácter, el del personaje, no el del biógrafo, va cambiando capítulo a capítulo.

 

Las memorias de un melancólico

Casanova dice en el prefacio de sus memorias que a lo largo de su vida ha tenido todos los temperamentos:

“El colérico en mi infancia, el sanguíneo en la juventud; más tarde, el bilioso, y, por fin, el melancólico, que probablemente no me abandonará ya”.

Esto significa que la Historia de mi vida fue escrita por un melancólico y en consecuencia, podríamos esperar unas memorias melancólicas, pero no es así. Al menos no es así cuando no tiene por qué ser así.

Es cierto que el anciano Casanova que recuerda su vida a menudo comenta lo que está narrando y que se suceden las observaciones filosóficas o teológicas, las opiniones acerca de las ciudades o países que visita, las disquisiciones sobre el carácter de los hombres y las mujeres que conoce. Y también, de tanto en tanto, reflexiones sobre la fugacidad de la vida y el paso del tiempo que, por supuesto, son melancólicas, y que contagian también al lector ese sentimiento; pero esa melancolía desaparece enseguida, al iniciarse una nueva aventura del veneciano.

Del mismo modo, las desgracias que Casanova padece a lo largo de su vida nos inquietan sólo por un instante, porque sabemos que, unas páginas más adelante, nuestro héroe (¿pues qué es Casanova sino un héroe?), se recuperará y nos demostrará que: “si existe el placer y sólo se puede gozar de él estando vivo, la vida es dicha”.

 

 

La línea descendente

Después de una vida de placer y de aventuras, entre ellas su fuga de la prisión veneciana de los plomos, que admira a toda Europa, Casanova decide viajar a Inglaterra. Como en tantas ocasiones a lo largo de sus memorias, tampoco ahora nos explica el porqué de su viaje: Casanova es una de esas personas que tienen la buena costumbre de no hablar de su trabajo, probablemente porque su oficio de espía exige la mayor de las discreciones.

Quizá se trataba de una misión secreta al servicio de algún país europeo, o tal vez de una embajada de la orden de los francmasones.

Desde que desembarca en Calais, la narración adquiere un tinte peculiar. Al principio, lo atribuimos a la descripción de un lugar que es distinto a todo lo demás:

“Nada en Inglaterra es como en el resto de Europa: la tierra, incluso, tiene un matiz distinto, y el agua del Támesis, un sabor que no posee la de ningún otro río. Todo en Albión tiene un carácter especial: los pescados, los caballos, los hombres y las mujeres..., todo tiene un aspecto que sólo allí se encuentra”

Sin embargo, todavía pasa Casanova dos años en Londres antes de que nos anuncie de manera inesperada:

“Era a finales de septiembre de 1763 cuando conocí a la Charpillon, y fue desde aquel día cuando comencé a morir.”

 

Una vez hallada la fecha del inicio de su muerte, añade:

 “Si la línea perpendicular de ascensión equivale a la línea de descenso, tal y como ha de ser, hoy, primer día de noviembre de 1797, me parece que puedo contar con unos cuatro años de vida, que pasarán bien rápidos, según el axioma Motus in fine velocitor (El movimiento es más rápido al final).

Es decir, puesto que Casanova tenía 38 años en el momento en que conoció a la Charpillon y su vida llegó entonces a su cénit para empezar a descender durante otros 38 años, moriría a los 76 años. Pero su predicción no se cumplió: solo le quedaba un año de vida.

 

 

El fin del primer acto

“Confieso, ahora, con toda humildad, la metamorfosis que se operó en mí, en Londres, a la edad de treinta y ocho años. Fue la clausura del primer acto de mi vida. La del segundo se efectuó a mi marcha de Venecia, en 1783, y la del tercero tendrá lugar, al parecer, aquí, donde me distraigo escribiendo estas Memorias. Entonces acabará mi comedia en tres actos, y si silban, como muy bien puede suceder, espero no oírlo.”

En esta concepción de la vida como un teatro, que ha sido repetida entre otros por Shakespeare, Casanova ve que el telón que cierra el primer acto cae cuando conoce a la Charpillon en Londres. En el capítulo 11 del noveno libro de sus memorias, anuncia que va a contar cómo se cerro este primer acto y, en consecuencia, la metamorfosis de la que antes ha hablado.

Casanova y la Charpillon

Casanova intenta en vano seducir a La Charpillon
(Ilustración de Leroux)

 

Quienes hayan leído Historia de mi vida enseguida se acordarán de la estremecedora historia de la Charpillon, que nos muestra a un Casanova desconocido y vencido, no porque no haya sido vencido una y otra vez, sino porque es una derrota que él se infringe a sí mismo.

Daré al lector algunos datos indispensables, pero hay muchos detalles que me niego a contar aquí, ya que existen personas infelices que todavía no han leído la Historia de mi vida y no es recomendable contar mal lo que su autor cuenta tan bien. Un error que cometió Kundera con Ningún mañana de Vivant Denon.

Casanova, cae en Londres en las redes de una mujer llamada la Charpillon. Esta es la primera transformación, pues el aventurero llega a la infamia, a la violencia y a todo aquello que siempre ha detestado, siendo conducido hasta el borde mismo de la locura.

Casanova y la charpillon

Casanova golpea a un amante de La Charpillon: "Entré y vi, en palabras de Shakespeare, al monstruo de dos espaldas sobre el sofá. La Charpillon y su peluquero."

 

Hay que decir, para explicar, pero no para justificar, el comportamiento de Casanova, que su enemiga es comparable a las temibles Erinias de Grecia, que torturaban a Orestes persiguiéndole, arañando su rostro y defecando en sus alimentos.  Si se quiere obtener una idea aproximada de la relación entre Casanova y la Charpillon, basta con recordar que Pierre Louÿs se inspiró en ella para escribir La mujer y el pelele, que fue adaptada al cine por Buñuel como Ese oscuro objeto del deseo.

Casanova y la charpillon

Casanova es detenido en Londres tras su intento de agresión a La Charpillon. Fue llevado ante el juez en la célebre corte de Bow Street. El juez era el ciego Jack Fielding, medio hermano y sustituto en la corte de Henry Fielding, autor de la célebre novela Las aventuras de Tom Jones, en muchos aspectos semejante a las memorias de Casanova. El ciego Jack dejó en ibertad sin cargos a Casanova tras escuchar a los testigos.

 

Como les sucedía a las víctimas de las Erinias, el aventurero veneciano acaba golpeándose a sí mismo: decide quitarse la vida. Casanova, el hombre que ama la vida por encima de todas las cosas, está dispuesto a perderla por su propia mano.

Cuando está a punto de matarse, algo se lo impide, pero, poco después, un nuevo accidente emocional conmueve la calma que empezaba a recuperar:

“La revolución que tuvo lugar en mí me hizo temer funestas consecuencias porque temblaba con todos mis miembros y tenía una fuerte palpitación de corazón que no me habría permitido mantenerme en pie, si hubiera querido.”

Y es entonces cuando se produce la metamorfosis:

“Por fin, como la crisis no pudo darme muerte, me prestó nueva vida. ¡Qué cambio tan prodigioso! Sentí que poco a poco volvía la calma a todos mis sentidos… poco a poco pasé, por decirlo así, por todos los matices que van de la desesperación al éxtasis.”

Éste es, pues, el cambio que cierra el primer acto de la vida de Casanova y que da inicio al segundo. El lector que quiera conocer más detalles, puede hacerlo en la obra de Casanova.

En cualquier caso, tras la crisis, se produce una metamorfosis que salva a Casanova de la locura y le devuelve a su verdadero ser.

¿O tal vez no?

 

 

El descubrimiento de Casanova

Casanova nos ha contado el momento y la manera en que se produjo su metamorfosis en Londres, pero seguimos ignorando en qué ha consistido ese tremendo cambio que cierra el primer acto de su vida. Nos hallamos así en una curiosa situación, pues sabemos que Casanova ya no es el mismo, pero no sabemos en qué consiste la diferencia con el hombre que era antes. La metamorfosis le salvó de la locura, pero ¿en qué le convirtió?

Dos años después de su estancia en Londres, y tras otro de los más dolorosos acontecimientos de su vida, Casanova se dispone a salir hacia España desde París: “gozaba de perfecta salud, y me parecía estar armado de un nuevo sistema”. Es entonces cuando, de nuevo de manera inesperada y brusca, vuelve a hacernos una confesión dolorosa:

 
“Había perdido todos mis recursos; la muerte me había dejado aislado y comenzaba a verme en lo que se ha dado en llamar cierta edad, edad a la que la fortuna vuelve la espalda, por lo común, y a la que las mujeres no prestan excesiva atención”.

Casanova tiene entonces 42 años y ha descubierto, como dirían los romanos, que ha sido joven.

Casanova por Mengs

Casanova, probablemente con 42 años, por Mengs

 

Nosotros, que ya habíamos notado algo raro, que habíamos tenido avisos premonitorios del propio autor, pero sin llegar a sospechar la verdadera trascendencia del mal, no podemos hacer otra cosa que admitir que es cierto lo que él nos certifica con frialdad de experto. Pero lo cierto es que estamos tan sorprendidos como él.

En su viaje a España, y en sus posteriores aventuras, a veces todo parece ir contra él, aunque es cierto que tampoco faltan buenos momentos. Pero ya no se trata de lo que vive Casanova, sino de cómo lo vive. Ahora, cada vez que Casanova pasa unas horas agradables, o recibe las atenciones de una bella dama (¡y todavía entrarán muchas bellas damas en su vida!), lo primero que sentimos es tal vez gratitud por tratar bien, una vez más, a ese hombre que amamos tanto. Nos damos cuenta de que estos momentos se van a ir haciendo cada vez más escasos, y ya no podemos paladearlos de la misma forma que antes, porque el propio Casanova nos recuerda una y otra vez el cambio que se ha producido en él: “Comenzaba a desanimarme al ver que las mujeres no me acogían ya como antaño”.

 

 

El segundo acto de la vida de Casanova

Quiero presentar al lector una opinión que contradice la del autor de Historia de mi vida.

Casanova considera que la línea descendente de su vida se inicia cuando conoce a la Charpillon en Londres, pero yo creo que su trazo puede descubrirse desde que viaja a Inglaterra, mucho antes de conocer a su terrible enemiga.

Es un pequeño matiz, apenas uno o dos años, que no pretendo imponer o demostrar de manera irrebatible, porque no creo en la crítica literaria que despedaza los libros para hacer triunfar sus teorías.

La diferencia que establece este pequeño matiz o corrección es, sin embargo, importante. Casanova parece considerar toda la historia de la Charpillon como la causa de su transformación; a mí me parece que es, más bien, el primer síntoma grave de una enfermedad que se le manifestó por primera vez al cruzar el Canal de la Mancha. No se trata, por cierto, de ninguna enfermedad misteriosa, y es cuestión de tiempo que todos la padezcamos. Ya he hablado de ella antes: es, si no la vejez, sí la pérdida de la juventud.

Casanova nos dice que en Inglaterra se produjo una metamorfosis que dio inicio al segundo acto de su vida, pero no nos explica en qué consiste esa transformación.

Cuatro años después nos confiesa que ya no es joven.

En los cuatro años que van de uno a otro suceso, Casanova nos cuenta sus nuevas aventuras, una de ellas de final trágico, pero en ningún momento vuelve a hablar de su trasformación.

 

 

El argumento del silencio

Los arqueólogos y los historiadores a menudo elaboran curiosas teorías basándose en lo que se llama el argumento del silencio: si un elemento u objeto no se encuentra es porque no ha existido nunca; si un acontecimiento no se menciona es porque no ha ocurrido.

Los críticos literarios a veces caen en errores semejantes y consideran que si un autor no menciona una cosa es muy probable que le haya sucedido la contraria.

Pero, como resulta que el autor tampoco menciona la contraria (porque de ser así, no habría motivo para discutir), la razón fundamental para utilizar el argumento del silencio en favor de la opinión que sostiene el experto es simple y llanamente que él la sostiene.

Si un autor cuenta durante años sus aventuras amorosas y deja de contarlas de repente, se concluye que ha dejado de tener aventuras amorosas, sin considerar siquiera que existen un buen número de explicaciones plausibles. Por ejemplo, que ya no ha tenido amoríos interesantes, o que son tan interesantes que no le apetece hacerlos descender al papel. O simplemente que pospuso la escritura de esos recuerdos para un momento posterior y después no tuvo tiempo o ganas de escribirlos e insertarlos en su lugar. ¡Cómo si un autor pudiese contarlo todo!

Pero los expertos siempre creen saber más que las víctimas de sus estudios, sin advertir que es más lo que ignoran que lo que conocen. A lo largo de nuestra vida, y perdone el lector esta intromisión otras vidas en este escrito dedicado a la de Casanova, más de uno hemos tenido experiencias conmovedoras que, sin embargo, no conoce nadie. Sólo nosotros sabemos cuáles son, y si no nos decidimos a contárselas a alguien, o a escribirlas, nunca se sabrán. Lo que es más importante: algunas de las cosas que más nos han conmovido y que posiblemente han determinado en gran parte nuestro carácter, nuestra manera de sentir y nuestras opiniones, ni siquiera las recordamos.

Con Casanova nos hallamos ante una situación semejante. Durante cuatro años guarda silencio, sin explicar la diferencia entre el primer y el segundo acto de su vida. Transcurridos esos cuatro años, comienza a definir su vida como la de un hombre que ha perdido la juventud. Todo parece indicar que la transformación, el segundo acto de su vida y la pérdida de la juventud son tres maneras de referirse a una misma cosa.

Podría seguir discutiendo este asunto durante páginas y páginas, quizá para descubrir finalmente que Casanova y yo estamos de acuerdo. Pero es un trabajo no sólo inútil, sino indigno: hay que saber detenerse a tiempo.

Lo que es seguro es que es una lástima que no se cumpliera la predicción de Casanova y que su vida acabara antes de lo previsto porque sus memorias acaban sin siquiera llegar a ese tercer acto de su vida que, según él mismo anticipa, comenzó cuando pudo regresar a Venecia. Acerca de este tristísimo tercer acto, Arthur Schnitzler escribió una excelente novela Casanova, último acto.

 

 

La afrenta del tiempo

“Estaba entrando en la edad en que huye la fortuna, coqueta inconstante, de la que no obstante no debería quejarme, puesto que con tanta frecuencia me ha concedido sus favores, de los que, lo reconozco, siempre he abusado”.

 

Casanova, en su vejez en el castillo del Dux de Bohemia, ya “retirado del siglo”, como las monjas a las que antes seducía, dice que morirá de aburrimiento:

“enfermedad que puede ser resultado inevitable de mi carácter y de mi edad, dos cosas que están en oposición constante, puesto que la una es vieja y el otro se ha conservado joven como mis deseos”.

Se dicen muchas insensateces consoladoras acerca de que la edad está en el corazón, pero lo cierto es que el cuerpo tiene razones que la emoción, sobre todo la emoción ajena, entiende demasiado bien. Porque son los otros quienes primero nos llaman la atención sobre este hecho que, de no ser por ellos, quizá tardaríamos más tiempo en descubrir en los espejos:

“Un comentario que hizo durante nuestra conversación, relativo a que ya no veía en mí aquel aire juvenil que tenía durante mi estancia en Soleure, me hizo adoptar una norma de conducta que tal vez no habría observado de no haber sido por esto. En lugar de dejarme seducir por su belleza, me mantuve en guardia y, lejos de intentar renovar nuestra intriga amorosa, me dije:  ‘Mejor; como ya no he de aspirar al título de amante, seré su amigo y me haré digno de serlo también de su esposo’”.

Hay que empezar a renunciar. Se pretende menos porque se sabe que se podrá obtener menos. Además, ya no sólo dependemos de los otros, sino que tampoco podemos fiarnos de nosotros mismos:

“Cenamos bien y luego hicimos todas las locuras que ella quiso y yo pude, porque no estaba ya en la edad de hacer prodigios.”

Se suceden las renuncias: su caballo cae desde una altura de diez pies y él se golpea la cabeza con una gruesa piedra. Sangra mucho y piensa que va a morir, pero todo queda en un susto y en una nueva renuncia: “Esta fue la última vez que monté a caballo”.

Y otra renuncia más, ésta sin duda beneficiosa: “no estaba ya en esa edad en que el valor ciego no encuentra satisfacción más que en la punta de una espada.”

¿Se acabaron, pues, los galanteos constantes y las noches de amor, las peleas y los duelos, el placer de galopar, los excesos?

No. Todo eso seguirá existiendo, excepto lo de montar a caballo y, al parecer, los duelos, pero atenuado porque Casanova ya no encuentra en la vida el mismo placer que antes. Tras una jornada en el campo con un antiguo amor, escribe: “Aquella excursión a Sorrento fue mi último día de verdadera dicha” .

Todavía le quedan treinta años de vida.

 

 

La renuncia

 

- Vos habéis cambiado mucho también.

- Sí, he envejecido.

 

El caballero de Seingalt, nombre que el autor de Historia de mi vida inventó para sí mismo, descubre que se está haciendo viejo. Ya no hace falta que se lo digan sus antiguas amantes:

“Yo tenía unos doscientos cequíes y cuarenta y cinco años: aún amaba al bello sexo, aunque con harto menos ardor; poseía más experiencia y menos valor para las empresas osadas, porque como mi aspecto era más de papá que de adolescente, consideraba que mis derechos no valían gran cosa y tenía pocas pretensiones”.

 

Algún lector puede pensar que Casanova atribuye demasiada importancia a la edad, al aspecto y al vigor físico. Para un sabio contemplativo, o para un budista que ha conseguido escapar de la prisión del deseo, tales cosas no tienen importancia, pero no es así para quienes todavía son capaces de desear. Cuando se ha disfrutado lo suficiente de la vida se sabe que existen ciertos placeres a los que es insensato renunciar si no es por obligación.

Nuestro cuerpo y nuestro rostro, cuando somos jóvenes, hablan a nuestro favor, a menudo sin razón, y luego, inesperadamente, se vuelven contra nosotros, probablemente también sin razón. Eso es un hecho, y negarlo una ingenuidad. El problema real es cómo llegamos a aceptar este hecho. Cómo empezamos a acumular renuncias una tras otra y cómo nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que lo hacemos porque es lo que queremos. Cómo intentamos no darnos cuenta de que, en la lucha contra el tiempo no se puede aplicar el dicho “Querer es poder”.

Casanova tampoco parece acatar los decretos de su cuerpo sin más, sino que intenta convertirlos en prerrogativas de su carácter:

“Aunque Agata era muy hermosa y estaba en la flor de la edad, no volvió a encender en mí el fuego que había ardido por ella. Esto cuadraba a mi carácter, y, además, yo tenía diez años más. Mi frialdad me agradó, porque prefería no sentir deseos de turbar la paz de un matrimonio feliz.”

Ahora el aventurero veneciano se preocupa por la felicidad de los matrimonios y se interesa cada vez más por un rasgo de las mujeres que, para ser justos con él, siempre le ha interesado:

 “Cuanto más avanzada era mi edad, más atraído me sentía hacia las mujeres por su ingenio, independientemente de cualquier otra prenda: se había convertido en el vehículo de mis sentidos debilitados. En los hombres de temperamento opuesto al mío, lo contrario es lo que sucede. El hombre sensual, al envejecer, solo busca la materia, mujeres doctas en el servicio de Venus, y ningún discurso filosófico.”

Dejo sin comentar lo del "temperamento sensual", porque esa noción no coincide enteramente con nuestras ideas actuales acerca del tema. Se remonta a la antiquísima clasificación de los caracteres y los temperamentos, que fue utilizada a lo largo de muchos siglos, a partir del esquema trazado por Teofastro, discípulo de Aristóteles, y, siglos más tarde, por La Bruyere. Pero no deja de ser curioso que los Inquisidores de Venecia, cuando encerraron a Casanova en Los Plomos, le acusaron, entre otras cosas, de “sensual”.

 Volviendo al caballero de Seingalt, parece que él es el primero en aceptar lo que le ha caído encima: “Estaba en esa edad en la que el hombre se resigna fácilmente a contemporizar”.

Ya se sabe, por otra parte, que hay que adaptarse a los usos sociales y vivir cada edad según las normas de esa edad: primero hay que ser y actuar como niños, después como adolescentes, más tarde como jóvenes; en su momento, como adultos y, por fin, como viejos. En cada edad lo suyo. ¿No dicen los sabios de Grecia que nada hay más ridículo que un anciano que se comporta como un joven? ¿No se castiga con el desprecio a quienes no actúan como se debe actuar a su edad, a quien persigue a las jovencitas o a los jovencitos?

Pero lo cierto es que Casanova sólo finge ceder a las buenas costumbres. Durante esos años de los que tanto se queja, ni la edad, ni los lazos familiares, ni las diferencias sociales consiguen frenar sus instintos. Al menos no siempre.

Sea como sea, no seamos tan simples y espirituales como para no dar al cuerpo la importancia que tiene, tanto para el placer como para el dolor.

 

 

El recuerdo del recuerdo

“Era en esta ciudad donde yo había comenzado a gozar grandemente de la vida, y cuando pensaba que de esto hacía treinta años, me sentía confundido; porque en la vida de un hombre, treinta años son un período inmenso, y, sin embargo, me sentía joven aún, a pesar de que tenía los cincuenta a la puerta.”

 

Si es una simpleza no dar importancia al cuerpo, también puede serlo pensar que el único problema del paso de los años es la apariencia y el vigor físico. Sucede algo más. De eso nos habla Casanova tras terminar una aventura amorosa en Londres (que es anterior a la de la Charpillon). Al comparar un antiguo amor, Henriette, con el que tiene en Londres con la portuguesa Paulina, dice:

“Las he olvidado porque todo se olvida; pero, cuando las recuerdo, me parece más profunda la impresión que me dejó Henriette; y es sin duda, porque a la sazón yo contaba sólo veintidós años, mientras que en Londres tenía treinta y siete. Cuanto más envejezco, más aprecio que la edad embota las facultades sensoriales, y más lamento no haber podido encontrar el secreto de conservar la juventud, esa época dichosa de dulces ilusiones. ¡Vanas lamentaciones!”

Cualquier persona que llega a una cierta edad y es capaz de observarse a sí misma y recordar cómo fue, se da cuenta de que se ha operado un triste cambio en su sensibilidad, la cual, efectivamente, se ha embotado. El primer síntoma de esta enfermedad, que seguramente no tiene cura, pero sí alivio a través de la intelectualización o de la idiotez, es descubrir que los sucesos de los últimos años no han tenido las mismas consecuencias emocionales que, en un mismo plazo, tuvieron otros sucesos muy anteriores. Darse cuenta de que, como decía Gil de Biedma: “De todo hace ya veinte años”.

No se trata simplemente de una cuestión de edad o de experiencia, porque, ya lo ha dicho Casanova, el problema es fundamentalmente de sensibilidad:

“A veces los goces del amor me parecían menos vivos, menos seductores de lo que me los figuraba antes de obtenerlos”.

El momento del goce pierde intensidad con los años, así que no es extraño que también pierda intensidad el recuerdo de los goces más recientes. Quizá eso explique el tópico que afirma que cuando nos hacemos viejos vuelven a nuestra memoria recuerdos perdidos de nuestra infancia y juventud. De aquellos momentos en los que el goce era intenso, tal vez simplemente porque era nuevo.

Robert Louis Stevenson, en un ensayo de juventud, Al Sur, compara a un enfermo con un hombre que envejece:

“Realmente no es tanto la muerte que se acerca como la vida que se va y se marchita a su alrededor. Ha sobrevivido a su propia utilidad y casi hasta a su propia facultad de goce; y si no ha de haber mejoría, si nunca más ha de volver a ser joven y fuerte y apasionado; si el presente ha de ser ya siempre para él como una cosa leída en un libro o recordada de un pasado remoto… suplicará a Medea: cuando llegue, que le rejuvenezca o le mate.”

 

El anciano Casanova

“!Qué diferencia al comparar mi existencia física y moral de esta primera edad con la de aquel momento. Apenas podía creer que fuera el mismo hombre. Tan feliz me sentía entonces como desgraciado ahora. La hermosa perspectiva de un futuro afortunado no brillaba ya ante mis ojos, y mi imaginación no me pintaba ya el porvenir con los más resplandecientes colores. Reconocía, a mi pesar, que había perdido el tiempo y dilapidado en vano mi vida. Los veinte años que podía tener aún  por delante y con los que creía poder contar no me ofrecían sino un horizonte brumosos, en el que mi esperanza no descubría ningún lugar de refrigerio. Todo me parecía triste.”

 

Ha llegado el momento de regresar al punto de partida. De nuevo nos encontramos con ese anciano al que conocimos al inicio de este ensayo. Ese anciano está escribiendo sus memorias. Ha recordado su niñez, su adolescencia y su juventud. Los trazos de tinta sobre el papel le han traído a sus antiguos amigos y a todas sus amantes, haciendo resurgir de la nada las ciudades y los lugares que ese otro Casanova ha recorrido, en los que ha sufrido, amado y gozado, y que ya no podrá visitar de nuevo. Ha sido joven, ha disfrutado de la vida. Ahora es viejo y vive rodeado del desprecio o de la indiferencia.

No quiero ocultar todo lo que de angustioso tiene esta situación, pero Casanova, no se lamenta al menos por lo que pudo haber hecho y no hizo, como tantos hombres y mujeres a los que les sorprende al mismo tiempo la vejez y el remordimiento.

Al principio de sus memorias, Casanova recuerda este antiguo precepto: “Si no has realizado cosas dignas de escribir, escribe, por lo menos, cosas dignas de leerse”. El caballero de Seingalt, para su fortuna y la del lector, escribe cosas dignas de leerse que tratan de cosas dignas de ser escritas.

En ese inhóspito castillo en el que transcurren sus últimos años, Casanova tiene un único consuelo, pero es un gran consuelo:

“Al acordarme de los placeres que he experimentado, los revivo y gozo con ellos por segunda vez, y me río de las penas que he sufrido y que ya no siento. Miembro del Universo, hablo al aire y me figuro que rindo cuentas de mi gestión, igual que un mayordomo a su amo antes de marcharse.”

Para Casanova, escribir sus Memorias es lo único que le salva de ese tedio cruel que no figura entre las penas del infierno “solo por olvido”. Porque ese anciano aventurero veneciano puede decir, como Kavafis:

 Recuerda cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
   no solamente en qué lechos estuviste,
   sino también aquellos deseos de ti
   que en los ojos brillaron
   y temblaron en las voces -y que hicieron
   vanos los obstáculos del destino.
   Ahora que todos ellos son cosa del pasado
   casi parece como si hubieras satisfecho
   aquellos deseos -cómo ardían,
   en los ojos que te contemplaban;
  cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.

 

Este ensayo está incluído, con un formato más cuidado, en mi página

El resto es literatura      El resto es literatura

donde también puedes leer "Algunos retratos de Goethe"


 

 

Agón, certamen de Agonística Breve

Agonía en el jardín, de Mantegna

 

Hace unos años se inició en el weblog La vorágine el Primer Certamen de Agonística Breve. Enseguida se presentaron seis concursantes, pero después llegó el silencio. Pero hoy regresa a esta página Agón, y te anima a concursar, porque todavía no se han entregado los premios.

 

Agonía. Del griego agón (= lucha, combate), a través del latín agonia, el cual designa a la lucha extrema entre la vida y la muerte. Angustia y congoja del moribundo; estado que precede a la muerte.

          

                                    ¿Por qué Agón?

"En Budapest, Ana Aranda y yo leímos un libro que nos gustó mucho: El viajero a la luz de la luna, de Antal Szerb. Habrá tiempo para hablar de ese libro. ¿Habrá tiempo? tal vez no. Quién sabe. Es sólo una frase hecha. Uno sabe que no volverá a hojear muchos de los libros de su estantería. ¿Cuáles?
  En el libro de Szerb los protagonistas practicaban un juego:

"Debes imaginar la vida de los dos hermanos en la casa de los Ulpius como un teatro permanente, una continua Commedia del'Arte. Bastaba lo más mínimo para provocar una representación, para que Tamas y éva actuaran, para que jugaran, como ellos lo llamaban. El abuelo contaba algo sobre una condesa que vivía en un castillo, y que estaba enamorada de su cochero, y Éva se transformaba acto seguido en condesa y Tamas en cochero, o contaba cómo el juez regio Majláth fue asesinado por sus criados valacos, y Éva se convertía en juez regio y Tamas en criados valacos, mientras que otras veces interpretaban verdaderos dramas históricos, sangrientos, muy complicados que representaban por escenas. Las representaciones se hacían a grandes trazos, como las obras de la commedia del'arte. Para improvisar el vestuario, utilizaban las innumerables piezas extravagantes del ropero del abuelo, recitaban unos diálogos no muy largos, pero muy complicados y barrocos, y luego se producía un asesinato o un suicidio. Ahora que me acuerdo, me doy cuenta de que estas obras teatrales improvisadas siempre culminaban con la imagen de una muerte violenta. Tamas y Éva se estrangulaban, se envenenaban, se apuñalaban o se freían en aceite a diario."

 

A Ana, recordando los juegos de los extraños hermanos Ulpius, un día en que jugábamos con una cámara digital casera que puede grabar vídeo de 15 segundos se le ocurrió un juego.
  El juego consiste en agonizar en 15 segundos.
  Uno puede elegir el tipo de muerte que prefiera: veneno, un balazo, una caída, pero sólo cuenta con 15 segundos.
Además, el agonizante deberá resucitar en los últimos segundos (conviene que el cámara le avise de que se acaba el tiempo).
  Comenzó, pues, así el Primer Concurso de Agonística Breve AGÓN.

(Publicado en La vorágine, 1 de noviembre de 2004)

Puedes ver los vídeos de Agón en la página del certamen...

 

Agón Marcos     Agón, Primer Certamen de Agonística Breve

 

 

Entrevista en La Otra

Un fragmento de una entrevista que me hicieron hace unos meses en La Otra.

 

 

 

Cosas que siempre han existido

El mito de la de-generación

Hace muchos años, pensé en escribir un ensayo acerca de lo que me gustaba llamar "el mito de la de-generación". Con este inocente juego de palabras me refería a la idea de que la generación actual es siempre inferior a las anteriores, especialmente a aquella a la que pertenece quien se queja de esta decadencia. Es tal vez una variante de aquella sentencia que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Una excepción a este tipo de pensamiento es mi padre, que sostiene que "Cualquier tiempo pasado fue peor".

Pero lo más frecuente es opinar que cada vez se habla peor, que la gente es más egoísta, que se vive peor que nunca, incluso cuando resulta evidente a simple vista en lugares como España o Europa que casi nunca o nunca se ha vivido tan bien como ahora.

Hoy se junta ese viejo ensayo que dejé incompleto y que no sé si podré encontrar entre mis papeles, con la página Cosas que siempre han existido, porque el mito de la de-generación es una de las cosas más repetidas a lo largo de los siglos.

El ejemplo que más me llamó la atención entonces era un pasaje de La Ilíada protagonizado por mi héroe griego favorito de la guerra de Troya: Diómedes Tidida, es decir "hijo de Tideo". Voy a buscarlo...

Ya lo he encontrado: canto IV, 370.

Pero antes conviene explicar que Diómedes era hijo del héroe Tideo, que había luchado y muerto en la guerra de los Siete contra Tebas. En aquella guerra se unieron muchos de los más grandes héroes de la época para conquistar la ciudad griega de Tebas (Tebas la de las siete puertas, no la Tebas de las cien puertas egipcia). Los hijos de aquellos héroes son los protagonistas de la guerra de Troya, entre ellos Diómedes.

Pues bien, el general Agamenón recorre el campo griego animando a sus guerreros y aliados y al llegar junto a los argivos de Diómedes exclama:

"¡Ay, hijo del belicoso Tideo, domador de caballos! ¿por qué te quedas medroso mirando los puentes del combate? No le resultaba grato a Tideo amedrentarse así, sino luchar con los enemigos muy por delante de los propios compañeros...

Tras contar algunas hazañas de Tideo, como cuando sobrevivió a una emboscada de cincuenta hombres dejando sólo a uno con vida, concluye Agamenón:

"Tal fue el etolio Tideo; sin embargo, el hijo que engendró es peor que él en la lucha, aunque sea mejor en la asamblea."

Diómedes no responde, pero su lugarteniente Esténelo rechaza vigorosamente esta expresión del mito de la de-Generación:

"¡Atrida! No mientas si sabes decir la verdad. Nosotros nos jactamos de ser mucho mejores que nuestros padres. Nosotros conquistamos el solar de Tebas, de las siete puertas, a pesar de llevar tropas menores al pie de un muro más sólido, por acatar los portentos de los dioses y por el auxilio de Zeus. Aquéllos en cambio, por sus propias iniquidades perecieron. Por eso, no atribuyas el mismo honor a nuestros padres."

Diomedes

Diómedes era amigo inseparable de Odiseo (Ulises). Tras la guerra de Troya, emigró a Italia y allí fundo varias ciudades. Si no recuerdo mal, Virgilio hizo que se encontrara con su antiguo enemigo Eneas en Italia.

 

Y lo cierto es que Esténelo tiene razón, pues tanto él como Diómedes participaron en la expedición de los epígonos, los hijos de los siete contra Tebas, que esta vez sí, lograron conquistar la ciudad cadmea. Y después se convirtieron en los héroes más legendarios de toda la historia al derribar los muros de Troya. Por eso resulta especialmente curioso que los héroes que son el referente de los "buenos tiempos pasados" fueran ya considerados como una generación decadente.

 

Puedes visitar la página de las cosas que siempre han existido con este enlace:

Cosas que siempre han existido   Cosas que siempre han existido


Hablé del padre de Diómedes, Tideo, en una entrada acerca de aquella final del mundial de fútbol en la que Zidane imitó al héroe que murió junto a las murallas de Tebas.

Zinedine Zidane Zinedine Zidane y la tragedia

 

 

Un poco de ensayo pulp

En las próximas semanas escribiré unas cuantas cosas dispersas acerca de asuntos que me interesan pero en los que por ahora me prohíbo profundizar.

Tienen que ver con la manera en la que percibimos las cosas a partir de nuestras ideas previas y prejuicios. Asuntos que me interesan mucho como sabrás si visitas de vez en cuando esta página.

Mi intención es agrupar en algún momento todas estas notas y darles algún sentido. Pero por el momento son sólo notas apresuradas, algo así como un borrador de ideas puesto en la red.

O como eso que llaman en Estados Unidos "ensayo pulp", libros en los que se tratan temas interesantes pero se pasa sobre ellos como Dios sobre la superficie de las aguas, a cierta distancia, sin llegar a desarrollar las posibilidades reales del asunto.

Hace un tiempo mostraba mis dudas acerca de un libro muy interesante de Malcom Gladwell que incurría en este pecado divino, pero hace unos días descubrí en una página web que Gladwell es uno de los más conocidos practicantes del ensayo pulp. Eso me aclaró por qué Gladwell se detenía casi siempre cuando el asunto se ponía más interesante y me hizo darme cuenta de que lo que yo llamo mis ensayos ligeros (como el Elogio de la infidelidad) no están muy lejos del ensayo pulp.

La ventaja del ensayo pulp es que te permite desarrollar asuntos interesantes sin enfrascarte tanto en ellos que no hagas otra cosa; o, lo que es peor, sin posponerlos para cuando tengas más tiempo, como he hecho yo últimamente.

Otra ventaja es que son estimulantes porque, al dejar las cosas a medias y mezclar asuntos muy diversos, le permiten al lector pensar por sí mismo, por lo menos al lector que no se conforma con las generalidades o leyes apresuradas que se suelen extraer en tales ensayos.

En cierto modo hay que leerlos al revés, a menudo obteniendo conclusiones contrarias a las que propone el autor, al menos eso es lo que me sucedió a mí con el libro de Gladwell a favor de la inteligencia intuitiva: me di cuenta de lo importante que era no dejarse llevar por el juicio intuitivo.

 

El método de Kepler

Leer el libro Inteligencia Intuitiva de Malcom Gladwell me sirvió para renovar mi admiración hacia el método de Képler, que consiste en que cuando inicias una investigación debes dejarte llevar por cualquier idea que se te pase por la cabeza o aceptar cualquier teoría insensata o caprichosa (como se hace en los modernos brainstormings o tormentas de ideas), pero que luego debes someter los resultados al juicio del razonamiento lógico y preciso, y al del experimento o la observación.

Así lo hizo el propio Képler, intentando explicar el movimiento de los planetas en función de los sólidos platónicos. Pero, al no responder las observaciones a sus teorías, acabó descubriendo que no sólo había que renunciar al círculo como movimiento perfecto, sino también a cualquier idea de movimiento perfecto en forma de figura con un único centro. Y así llegó primero a los óvalos, y tras fracasar de nuevo, no le quedó más remedio que usar "la carreta de estiercol" y llegó a esa figura con dos focos que es la elipse.

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    La célebre representación del intento de Kepler de meter al sistema solar dentro de los sólidos platónicos, que a su vez girarían movidos por las esferas que los contienen.

 

Es curioso porque en sus inicios Kepler no tenía tan claro que había someter las teorías al dictamen de la observación, y tal vez fue Tycho Brahe quien le hizo pensar así, diciéndole:

    «Que haya razones para que los planetas realicen sus circuitos, alrededor de un centro u otro, a distancias distintas de la Tierra o del Sol, no lo niego. Pero la armonía y proporción de este arreglo debe ser buscada a posteriori, y no determinada a priori como vos y Maestlin queréis. Y si alguien cumpliese esa tarea, yo diría que había superado a Pitágoras el antiguo, que presintió una bella armonía en las cosas celestes e incluso en el mundo entero. Pero si los movimientos circulares en los cielos pueden a veces parecer causas de figuras diversas y variadas y, por lo general, oblongas, sólo puede suceder por accidente, y el espíritu niega con horror semejante suposición».

Lo curioso es que Brahe insistió a Kepler para atender a los resultados de la observación, es decir a los datos obtenidos a posteriori, rechazando las teorías a priori no confirmadas.

Kepler se convirtió en ayudante de Brahe y a su muerte heredó el mejor observatorio astronómico de la época, donde aplicó los consejos de Brahe y se pasó diez años observando una pequeña desviación de la órbita de Mercurio, a la que nadie habría dado importancia. El resultado de sus teorías descabelladas y de sus precisas observaciones fueron, como ya he dicho, las órbitas elípticas.

Hay que aclarar también, para quienes no conozcan a fondo la fascinante lucha entre copernicanos y tolemaicos (defensores del sistema heliocéntrico o del geocéntrico), que la preferencia de Brahe por los círculos y por el sistema geocéntrico se basaba precisamente en la observación, no en la ceguera de aquellos curas que no querían mirar por el telescopio de Galileo: pasó mucho tiempo hasta que las teorías heliocéntricas obtuvieron mejores resultados que la geocéntrica. Brahe murió rogando en su lecho de muerte no haber vivido en vano, que sus meticulosas observaciones sirvieran para algo. Y sirvieron para instalar definitivamente ese "horror" que su espíritu negaba: el fin de las órbitas circulares y de la Tierra como centro del universo.

 

Hable de Kepler en el weblog Mundo Flotante:

Virtudes de la fe
Virtudes de la fe

De Gladwell en varias ocasiones:


gladwell Malcom Gladwell: Inteligencia intuitiva

gladwell El puño analógico del código morse

En construcción

Estoy intentando poner un poco de orden en mis páginas web y hacer más cómoda la navegación, siguiendo el consejo que me llegó a través de un correo de Magda. La cosa llevará tiempo, porque tengo que ir cambiando una a una todas las páginas y verificando los vínculos, muchos de los cuales no funcionan. Es un trabajo bastante fatigoso, porque también estoy cambiando el diseño para que todo resulte más intuitivo. Pero no sé si lo conseguiré, porque hay que recordar de nuevo lo que decía Robert Fisk:

"El problema de la usabilidad y la navegabilidad de las páginas web no se debe sólo a que existan demasiados códigos y sistemas diferentes, sino a que existen muchos cerebros diferentes".

Cuando una dirección web tiene decenas de páginas diferentes, como sucede con la mía, es difícil encontrar un sistema que solucione todos los posibles requerimientos de los visitantes, pero lo intentaré.

Mientras arreglo todo eso, aprovecho para ir releyendo esas páginas. La primera que he empezado a corregir es el weblog Mundo flotante, que puedes visitar a través de la columna lateral que flota a tu izquierda, o con este enlace:

Mundo flotante

 

El cerebro y el ordenador

Al releer un comentario al libro de Gazzaniga El cerebro social, me he dado cuenta de que habría que hacer algunos matices.

MIchael Gazzaniga
Michael Gazzaniga

Se preguntaba Gazzaniga:

"¿Por que un humano (un cerebro humano) trabaja más rápido cuanto más sabe, mientras que un artefacto (un ordenador) cuantos más conocimientos tiene más lento trabaja? ".

Y yo le daba la razón:

"Esto es muy interesante y cierto. Cuando un ordenador está cerca de llenar su capacidad de memoria se enlentece. Le podemos añadir más memoria para que recupere su ritmo normal. Esto no parece ser el caso del cerebro, a no ser, hipótesis descabellada tal vez, que la propia información que proporcionamos al cerebro se convierta también de algún modo en nutriente del cerebro. Otra teoría más plausible sería que la información abriese más y más módulos de memoria, de tal modo que el cerebro aumentase su capacidad a medida que aumenta también su información. Sería interesante encontrar una metáfora o comparación de algo que actúe igual que el cerebro, es decir que aumente su eficacia cuando aumenta su complejidad (sin limitarnos a la mera suma de energía externa de los ordenadores)".

Sin embargo, aparte de esa interesante teoría acerca de que la información sirva para nutrir al cerebro en un sentido no estrictamente metafórico, no estoy ahora de acuerdo con lo que decía Gazzaniga (en 1985) y que yo entonces (hacia 1990) compartía.

Porque no es del todo cierto que los ordenadores se enlentezcan cuando tienen más información y que al cerebro humano no le suceda lo mismo.

En primer lugar, porque un ordenador puede contener una informacion descomunal, por ejemplo, puede albergar todos los libros que existen, y eso no tiene por qué hacer más lenta su manera de procesar esa información.

Hay que recordar que los ordenadores tienen dos tipos de memoria fundamentales:

1. El disco duro

2. La memoria RAM

El disco duro es la unidad donde se almacenan fundamentalmente los programas y los archivos. En los ordenadores actuales el disco duro suele almacenar de 80 a 200 gigas, pero pueden tener mucha mayor capacidad, por ejemplo un tera (1000 gigas). A esta memoria, si no me equivoco, se le llama memoria secundaria.

Además, los discos duros pueden ser externos y conectarse al ordenador. Yo, por ejemplo, tengo un disco duro externo de 500 gigas, en el que almaceno miles de libros, fotos y canciones, y decenas de vídeos y programas. Estos discos duros externos, si no me equivoco, son llamados memoria terciaria (también lo son los cedés, deuvedés, memorias flash, etcétera).

El problema de estos sistemas de almacenamiento masivo o memoria virtual es que son mucho más lentos que la memoria verdadera (un millón de veces más lentos).

Esto en cuanto al almacenamiento de datos.

Ahora bien, el manejo de esos datos se hace a través de otros tipos de memoria; fundamentalmente, para no complicar las cosas, la llamada memoria RAM.

Cuando abrimos un programa almacenado en el disco duro, lo conveniente es que ese programa lo maneje la memoria RAM para manejarlo más rápidamente.

La memoria RAM tiene un tamaño menor. Actualmente, en los ordenadores comunes, la memoria RAM suele tener entre 500 megas y 1 o 2 gigas.

¿Qué quiere esto decir?

Que aunque podemos tener cientos o miles de gigas en el disco duro, la memoria RAM sólo puede manejar al mismo tiempo una parte pequeña de ese contenido, por ejemplo un giga.

Si abrimos un libro que ocupa unos cuantos megas en un ordenador con 500 megas de capacidad, no habrá ningún problema, pero si empezamos a abrir muchos libros y programas a la vez, por ejemplo un reproductor de música y un programa para retocar fotografías, la memoria RAM se llenará y entonces sí, como decía Gazzaniga, el ordenador comenzará a ir más lento.

Pero lo que hay que tener en cuenta es que no es la cantidad de información que cabe en el ordenador lo que lo va haciendo más lento, sino el que llenemos su memoria RAM.

Cuando Gazaniga escribió aquello (1985) en su fascinante libro El cerebro social, seguramente los ordenadores tan sólo tenían memoria ROM. Es decir el ordenador tenia en una única memoria todo, tanto los datos como la capacidad de proceso de esos datos. Entonces sí que era cierto que a mayor cantidad de datos más lento iba el ordenador.

Lo interesante es que este cambio de los ordenadores hace más interesante la comparación con el cerebro humano, porque lo cierto es que a nosotros también nos pasa eso que decía Gazzaniga: pensamos peor si tenemos que manejar muchos conocimientos al mismo tiempo.

Y sucede lo mismo que con los odenadores: podemos almacenar en nuestro cerebro una cantidad de datos descomunal, como si se tratara de un disco duro, pero también tenemos que manejar esos datos con una memoria semejante a la RAM, que los psicólogos y neurólogos llaman memoria de trabajo.

La memoria inmediata propiamente dicha, también llamada memoria a corto plazo u operativa sólo nos permite retener unos siete elementos, items o chunks de información.

Yo me refiero más bien, como he dicho, a la llamada memoria de trabajo. Esta memoria nos permite manejar el asunto que nos interesa en un momento concreto, y aunque su capacidad es sorprendente, también tiene un límite.

Por eso, siempre que hablo de métodos de trabajo en mis clases insisto una y otra vez en que hay que liberar esa memoria inmediata de datos. Es decir hay que convertir esos datos a un soporte externo. Por ejemplo escribiendo las ideas que se nos ocuren en un papel o en un procesador de textos.

Si no lo hacemos así, si continuamos en el mundo de la abstracción, dando vueltas a un argumento en la cabeza, nos costará empezar a ver las cosas claras y nos resultará difícil manejar la información, sobre todo si se trata de una información amplia, como pueda ser una novela o un guión que queremos escribir.

Y no sólo eso. Existe otro problema para la memoria inmediata: las emociones también ocupan espacio en ella. Si además de manejar los datos, tenemos que manejar emociones como la seguridad o inseguridad en que estemos haciendo algo bien, las cosas se complican muchíimo.

Supongo que una analogía interesante con el ordenador sería lo que le sucede cuando, al manejar demasiados programas y archivos el ventilador no puede disipar el calor y el ordenador se recalienta y en ocasiones se apaga.

Las analogías entre el cerebro y otras cosas son siempre peligrosas porque el cerebro suele superar a todas las cosas conocidas. Una de las primeras analogías fue la que lo asimilaba a un telar, después se prefirió como símbolo una red eléctrica de comunicaciones y ahora, obviamente, se prefiere el ordenador o la red mundial. Pero aún teniendo en cuenta la prudencia con la que hay que tomar estas analogías, creo que Gazaniga y yo nos equivocamos entonces posiblemente porque el estado de la tecnología contribuía a ello) y creo que sí resulta adecuada la comparación cerebro/ordenador, al menos en este asunto de la capacidad de almacenamiento de datos, por un lado, y por otro lado, la capacidad de manejo de esos datos.

 

He dejado sin tratar todos los otros tipos de memoria, como la ROM o la caché, porque eso haría confuso el argumento. Quizá mi amigo Java Jenner, pueda llevar esta métafora computacional más lejos)

He escrito en muchas ocasiones acerca de la metáfora computacional. Espero reunir todo eso en una sóla página dedicada a la neurología y a la teoría del conocimiento, y recuperar un trabajo que hice en la universidad acerca de la inteligencia artificial. Pero hablé con cierto detalle del asunto en el weblog Pasajero:
El cerebro auxiliar

 

Las mejores cosas de la vida son gratis

Una hermosa canción de The Ink Spots, como anticipo de un repaso más a fondo de este grupo delicioso que está en el origen de mucha de la mejor música del siglo XX.

 

The Ink Spots

 

The best things of life are free

The moon belongs to ev'ryone
The best things in life are free
The stars belong to ev'ryone
They gleam there for you and me
The flowers in spring
The robins that sing
The sunbeams that shine
They're yours, they're mine
And love can come to ev'ryone
The best things in life are free

La luna pertenece a todo el mundo
las mejores cosas de la vida son gratis
las estrellas pertenecen a todo el mundo
brillan allí para ti y para mí
las flores en primavera
los petirrojos que cantan
los rayos de sol que brillan
Son tuyos, son míos
Y el amor le llega a todo el mundo
las mejores cosas en la vida son gratis

 

Andrew Ingraham

En varias ocasiones he hablado de Andrew Ingraham y sus teorías del lenguaje. Lo hice por primera vez en mi revista Esklepsis, dentro de la sección Misterios.

Leí varios fragmentos de Ingraham en The meaning of Meaning (El significado dle significado), un interesantísimo libro de Ogden y Richards que leí cuando estudiaba en  el seminario de Inteligencia Artificial.

Ogden y Richard reproducían tres textos breves de Ingraham. El primero es una enumeración de los usos del lenguaje:

USOS DEL LENGUAJE

1. Para disipar energía nerviosa superflua y obstructiva.
2. Para la dirección del movimiento en otros, tanto hombres como animales.
3. Para la comunicación de ideas.
4. Como medio de expresión.
5. Para finalidades de registro.
6. Para poner la materia en movimiento (magia)
7. Como instrumento de pensamiento.
8. Para deleitar como mero sonido.
9. Para dar ocupación a los filólogos.

¿Por qué puse a Ingraham en la sección Misterios?

Pues porque por más que busqué y busqué no encontré sus libros o más información acerca de él.

Años después, gracias a Internet, vi que su libro estaba en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Recién el año pasado conseguí el libro gracias a mi amigo Jordi, que me lo trajo a España.

El libro se llama Mind, metaphysics and logic y fue editado en 1913.

Antes de seguir hablando del libro, veamos otro de aquellos tres deliciosos fragmentos citados por Ogden y Richards:

"No tenemos ocasión de hablar a menudo, como de un todo indivisible, del grupo de fenómenos implicados o vinculados en el hecho de que un negro salte una empalizada con un melón bajo el brazo, mientras en ese mismo momento la luna pasa por detrás de una nube. Pero si esta situación relativa de fenómenos ocurriera frecuentemente y si tuviéramos ocasión de hablar a menudo de ella, y si su ocurrencia pareciera afectar al mercado monetario, entonces tendríamos algún nombre, como por ejemplo basino, para designarlo. La gente discutiría oportunamente si la existencia de un basino implica necesariamente una empalizada y si puede utilizarse el término cuando un hombre blanco se halla relacionado de forma similar con un muro de piedra."

¿No es delicioso? Se podría hablar mucho de las sugerencias de este breve fragmento, pero lo dejo para otra ocasión.

En el libro de Ingraham, una preciosa edición por cierto, y muy bien conservada casi cien años después, no hay, lamentablemente, ningún prólogo ni información acerca del autor, excepto estas breves líneas:

"Andrew Ingraham, late head-master of the Swain Free School. New Bedford, Mass"

Así que Ingraham fue director de la Escuela Libre de Swain, que estaba en New Bedford, Massachussets. La cosa suena interesante, pero antes vamos a ver el tercer fragmento:

"Supongamos que alguien afirme: “El gosta distima a los doches”. Nadie sabe lo que esto significa; yo tampoco. Pero si suponemos que esto es castellano, sabemos que los doches son distimados por el gosta. Sabemos además que un distimador de doches es un gosta. Además, si los doches son galones, sabemos que algunos galones son distimados por el gosta. Y así podemos seguir y, en efecto, a menudo seguimos."

De ingraham he averiguado poco más. Sé que escribió un prólogo a los Cuentos de Canterbury de Chaucer y que fue miembro de la subdelegación matemática del llamado Comité de los Diez para la reforma de la educación.

De la escuela Swain si he encontrado información. Fue creada siguiendo las directrices testamentarias de William S.Swain, quien la concibió como un tributo a su amado hijo Robert Swain, muerto en 1844, cuando sólo tenía 24 años.

Swain School

El símbolo de la escuela Swain: las dos eses de Swain School

 

El propósito de la escuela era ofrecer estudios a personas sin recursos gratis o a un precio simbólico de 10 dólares.

En 1902 se convirtió en escuela especializada en arte, pasando a llamarse Swain Free School of Design.

Swain School

Un cartel de la escuela Swain del año en el que Ingraham escribió su libro.

En cuanto al libro de Ingraham, es interesantísimo. La pena es que creo que está escrito de una manera ingeniosa y sutil que mi conocimiento del inglés no me permite apreciar como se merece. El índice de capítulos ya resulta atrayente:

I. Psicología, acerca de Mentes
II. Epistemología, acerca de Conocimientos
III. Metafísica, acerca de Existencias
IV. Lógica, acerca de Cosas como Relaciones
V. Un universo de Hegel
VI. Siete procedimientos del lenguaje
VII. Nueve usos del lenguaje
VIII. Muchos significados de Dinero
         (Many Meanings of Money)
IX. Algunos orígenes del número Dos

Precisamente, Ingraham habla de la abducción, un asunto acerca del que acaba de llegar un comentario de Ogro muy interesante, aunque Ingraham lo llama transducción, que seguramente es más útil, que el uso actual que se confunde con esa costumbre que tienen los extraterrestres de darles un paseo espacial a los terrícolas, como ya hizo Jehová con Elías y su famoso carro.

Pero de la abducción o transducción hablaré en otro momento (que está cercano, pero no tanto como el momento en que escribí "cercano").

Como leí el libro de Ingraham en La Palma, ahora que regreso allí lo releeré poniendo muchísima atención, a ver si así entiendo mejor sus juegos de palabras y sus ingenios.

Sólo citaré por el momento un texto en el que claramente anticipa al Huizinga que en Homo ludens llegaba a la conclusión de que no era posible una definición de juego que incluyera todos los juegos:

"Todo esto significa sencillamente que los epistemólogos, es decir, los cultivadores del conocimiento del conocimiento, del mismo modo que los cultivadores de otras ciencias, todavía no han llegado a un acuerdo acerca de la definición del conocimiento, y tampoco clasifican los conocimientos de la misma manera. Me atrevo a pensar que no existe una clasificación, sino que siempre hay un cierto número de clasificaciones y que algunas de ellas sirve para un propósito y otra para otro; pero que no hay clasificación posible que responda a todos los propósitos por los que el ser humano busca el conocimiento."

Y pronto hablaré de la relación entre Ingraham y secleb. ¿Qué no sabes qué es secleb?

Averigualó en la página que he dedicado a este fascinante asunto:

secleb Secleb

 

 

Calderas, cojinetes y rodamientos

Si eso es lo que buscas, te has equivocado de página.

...

esa es una broma que puse hace unos años en mi weblog Seingalt, diario secreto...

Seingalt, diario secreto

Calderas, cojinetes y rodamientos

 

¡Qué interesante comentario!

La pena es que no está firmado. ¿Quién será? ¿Conoceré a esta persona necesitada de cojinetes? ¿Habrá perdido ya el eje al darse cuenta de que no era en mi página donde podría encontrar cojinetes y rodamientos para su caldera?

Cojinetes

Muestra de los cojinetes que NO tengo

Algo en su estilo me resulta familiar, pero no acabo de decidirme, aunque he hecho el máximo esfuerzo por averiguar la identidad de este anónimo comunicante, para poder remitirle a un lugar en el que sí le proporcionarán buenos cojinetes y excelentes rodamientos.

rodamientos

Un excelente rodamiento

 

Más comentarios

Así que no sólo me llegan mensajes sin remitente, sino también mensajes sin mensaje. Sólo me queda por recibir un mensaje sin destinatario.

Pues es una pena que se haya perdido ese comment anterior, que ahora reposa en el limbo de las cosas que han sido apenas un instante en el tiempo, sin dejar más recuerdo que el de su pérdida. Algo que apenaría al propio Bartleby de Melville.

No he corregido "intreenaútico", porque con Librepensador nunca se sabe si, en vez de un error, es un juego de palabras.

 

Y más comentarios

Me han llegado varios comentarios, una veces públicos y otras privados, esta vez con mensaje, remitente y destinatario, en los que dicen que les gusta la página pero que no hay quién navegue por ella sin marearse.

"Me ha llamado mucho la atención esta página"

Cruz Esmeralda en Tsuresureguza

"Loco"

Diego en Esklepsis 1

"Por falta de tiempo en esta ocasión me limitaré a felicitarte por tu página que me ha encantado."

Elia en esteoeste

"Tienes un blog o página tan excelente que es un placer entrar y leerlo, la cosa es que me pierdo, no se por donde inicia, qué sigue, cual es el final, lo último que escribiste, adonde sigo leyendo (los temas se pierden). En fin, ojalá tuvieras un diseño claro, amplio, de facil acceso y lectura.

Tu escritura es excelente, por favor ayuda a tus lectores."

Mary en El arte Malabar

 

Ya dije hace unos días que estoy intentando facilitar las cosas a los internautas, pero que llevará tiempo, porque tengo unos 30 weblogs y quizá más de 100 páginas, así que la cosa va muy poco a poco. Ahora estoy recuperando páginas de música, cine, filosofía e ilustración. Al mismo tiempo voy borrando (pero no eliminando definitivamente) páginas que se han quedado obsoletas o que no funcionan correctamente, para que los navegantes no caigan en terribles vínculos sin salida.

Yo creo que el método de poner un menú flotante lateral con vínculos a las entradas de la página es lo mejor, porque en la mayoría de las páginas web tienes que estar subiendo y bajando continuamente cada vez que lees algo.

Pero ahora, junto a los iconos de los vínculos, he añadido el título de la entrada. Asi es como funciona ya el weblog Mundo flotante.

Por otra parte, en la página principal, que es siempre el último weblog (danieltubau.com) estarán los vínculos a todas las páginas creadas por mí (y algunas de amigos). De este modo cada página es autosuficiente, pero sólo la principal sirve para encontrarlo todo.

Para que eso suceda, como dije, falta bastante tiempo todavía. Pero creo que mi método de navegación superará al estándar web cuando esté terminado (si alguien quiere una demostración, podría hacerla fácilmente).

 

 

Y más comentarios

Antes dije que todavía no me han llegado mensajes sin destinatario, pero sí me han llegado mensajes que iban dirigidos, supongo, a otras personas. Alguno ya lo he reenviado a su verdadero destinatario.

Otros mensajes son interesantes y/o crípticos:

"Por más que huyamos, TODOS acabaremos aquí...(¿o no?).
¿Dónde están:
a/ las chicas
b/ vuestros epitafios?"

Perth en Anacrónico

Tal vez Perth se refería a que no funcionaba el enlace a Cómo veo mi muerte, pero ahora sí funciona, aunque la página falla un poco en el diseño (ya la arreglaré).

 

"Como supongo que le interesará, aprovecho para adjuntarle direcciones donde se encuentran documentos sobre algunos vestigios de simbolismo taoísta en la Basílica del Pilar. saludos de Jose Chamorro

http://www.usuarios.com/ ib307523...en_la_basil.htm

http://www.ichingmania.com/

http:// www.elhuertodelnogal.com....elaneabasil.htm

http://www.dpz.es/turismo/monogr...pilar/ pilar.asp

http://www.lvyou168.cn/travel/es...goza/ Church.htm

http://www.ichingmania.com/ IChin...a_del_pilar.htm


http://www.dpz.es/turismo/ monogr...Tabernaculo.pdf

http://www.geocities.com/asociac.../ articulos.html
http://www.geocities.com/ asociac...ciacionabulafia

Jose Chamorro en La página Tang

Pues sí que me interesa. Es un doble estímulo, para escribir algo nuevo en La página Tang, que tengo muy abandonada, y para ver el Pilar de otra manera.

Y tremendamente estimulante para escribir un nuevo capítulo en Lectura del Zhuang zi, este comentario:

"Excelente la página, caí en cuenta de cosas que solo habia rozado en mi vida! Muchísimas gracias daniel, estaria bueno que hicieras una especie de analisis del dao de jing en pinyin y en castellano, porque hay traducciones realmente desastrosas y la esencia solo se desprende del analisis minucioso. Es un trabajo... pero tal vez te interese, ya hay paginas en inglés con esto mismo. De vuelta, gracias por tu tiempo invertido en esta página."

Tato en Lectura del Zhuang zi

Precisamente quería comentar desde hace tiempo algo acerca de las traducciones de Dao De Jing y especialmente de una realmente curiosa. Lo haré cuando escriba el siguiente capítulo de El problema de la identidad.

 

"Expresarse mejor para el buen entendimiento de los que estan interesados en este programa que sean de menor edad y mas imagenes"

Romy en Por qué el mundo digital no es digital.

 

No sé si Romy se refiere al ensayo acerca del mundo digital y si lo que quiere decir es que lo debería escribir de manera más sencilla y accesible a jóvenes o niños. La verdad es que ya he hecho dos intentos de hacerlo más legible, aunque el tema es en sí complejo. Mi amigo marcóticos me dijo recientemente que por fin había entendido el sentido de mi argumentación, precisamente tras los últimos añadidos que hice. Pero cuando termine El problema de la identidad, quizá reescriba lo del mundo digital y le ponga más imágenes.

Y todavía quedan comentarios por comentar, especialmente de Alice/alicia y Ogro. Lo haré pronto, pues precisan de más atención.

 

Portafolio de España y Estados Unidos

Pongo aquí algunos dibujos de una vieja libreta.

 

Portafolio España Estados Unidos Daniel Tubau

 

En España y en un viaje a Estados Unidos hice unos cuantos bocetos y estudios de anatomía en un cuaderno de dibujo, inspirado por el Tratado de pintura de Leonardo Da Vinci.

Mano con palo

Mano Daniel Tubau

Probablemente esta mano sea del Tarzán de Burne Hogarth, o de alguno de sus manuales de dibujo.

Burne Hogarth

O tal vez de algún soldado en una batalla de Leonardo Da Vinci

 

 

Brazo

POrtafolio de Daniel Tubau

Mi brazo puesto en tensión

 

Pierna

POrtafolio de Daniel Tubau

Mi pierna puesta en tensión

 

 

Mano

Portafolio Madrid EEUU Daniel Tubau

Estudio de una mano, probablemente copiado de alguna página del Tarzán de Burne Hogarth

 

 

Mujer desnuda sin cabeza

Mujer desnuda sin cabeza Daniel Tubau

Cuerpo de mujer copiado de una foto de Playboy

 

 

 

 

POrtafolio de Daniel Tubau

Mujer desnuda, copia de una fotografía

 

 

Autorretrato desnudo integral

POrtafolio de Daniel Tubau

 

 

Estudio de cabeza de hombre

POrtafolio de Daniel Tubau

Estudio de rostro de muchacho en perspectiva, siguiendo las instrucciones del impresionante Cuaderno de pintura de Leonardo Da Vinci

 

 

Estudio de cabeza de mujer

POrtafolio de Daniel Tubau

Estudio leonardiano de mujer

 

La virgen y santa Ana de Leonardo

POrtafolio de Daniel Tubau

Copia del célebre cuadro de Leonardo La virgen y Santa Ana, que es uno de mis cuadros favoritos

Leonardo Da Vinci, La virgen y Santa Ana

 

Autorretrato sin cabeza

POrtafolio de Daniel Tubau

Autorretrato sin cabeza delante de la piscina Estela y con la camiseta del Ras.

Copiado de esta foto...

Daniel Tubau en piscina Estela con la camiseta del Ras

La piscina Estela estaba en el Paseo de la Florida de Madrid, donde ahora hay una clínica. Era la piscina favorita de la gente del ambiente en los años ochenta y yo me pasaba días enteros nadando o tendido en la hierba mientras sonaba a todo volumen Queen. Tenía probadores alineados a los lados de la piscina y otros interiores, donde a menudo sucedían cosas interesantes. Allí mi amigo Vicioso me enseñó a tirarme de cabeza al agua.

El Rás era mi bar favorito de copas de la nueva ola. Lo que más ponía el DJ eran grupos new romantics como Spandau Ballet, Soft Cell, etcétera, y punks. Además de temas antiguos de Bowie, Lou Reed o la Velvet Underground. Siempre despedía la noche con Unchained Melody, como me ha recordado mi hermana Natalia... Y ponía mucho, supongo que los viernes, Friday on my mind, en la versión de David Bowie...

El Ras estaba en la calle Barbieri, en el barrio de Chueca, y era un lugar maravilloso para empezar la noche antes de ir a Rock Ola, la sala Carolina o El Sol. Yo siempre me sentaba en lo alto de unos escalones que había junto a la pequeñísima pista de baile. Algunos me llamaban "la reina del Ras" (supongo que por eso de sentarme siempre tan arriba), aunque otros preferían calificarme como "el putón verbenero". En el Ras trabajaba como camarero mi amigo Jesús Arauzo, así que tenía muchos motivos para pasarme allí las noches.

 

La gata Cornelia

POrtafolio de Daniel Tubau

La gata Cornelia sobre la calefacción

Esto debió suceder en la casa de la calle Covarrubias de Madrid, cuando todavía teníamos sólo un gato, Cornelia, la hija de Dinamita, el gato que me regaló mi amigo Jesús.

 

 

Escena de Rops

POrtafolio de Daniel Tubau

 

Rops era un prodigioso ilustrador del siglo XIX. Vi sus dibujos en una preciosa edición de Las flores del mal de Baudelaire, que todavía conservo.


Felicien Rops la muerte

Esta es una de mis ilustraciones favoritas. La incluí en un número de Esklepsis y parece un anticipo de mi personaje Craven y su amigo Cuervo

 

 

Julie Andrews

POrtafolio de Daniel Tubau

Retrato de Julie Andrews copiado de una foto, probablemente después de su magnífica interpretación en Victor o Victoria

 

Retrato de Cathy por Iván

Retrato de Cathy por Iván Tubau

 

Iván, mi padre, hizo en mi cuaderno varios retratos apresurados mientras comíamos y cenábamos en algún lugar, probablemente en Barcelona

 

 

Retrato de Daniel por Iván

Retrato de daniel Tubau por Iván Tubau

Retrato de Daniel Tubau hecho por Iván Tubau

 

 

Retrato de Angels por Iván

POrtafolio de Daniel Tubau

 

Playa de Venice en California

POrtafolio de Daniel Tubau

Playa de Venice en California cuando pasaba el coche de policía buscando gente que bebiese alcohol

Nos sorprendió mucho que en California, o al menos en Los Ángeles, no se pudiese beber en la calle. Ahora también está prohibido en Madrid: siempre solemos burlarnos de las costumbres de los yankis para imitarlas años después. También nos llamó la atención que nadie practicase el top less. Los buenos tiempos de California quedaban lejos, aunque San francisco conservaba gran parte de su encanto.

 

Amapola seca

POrtafolio de Daniel Tubau

       Una amapola seca que había en el cuaderno

Creo que la recogí en los alrededores de Madrid, un día que fui a un almacén editorial a recoger un libro sobre haikus para mi padre. Mientras regresaba, vi extensos campos de amapolas junto a gigantescas torres eléctricas y escribí algún haiku imitando los que iba leyendo en el libro. Si los encuentro, ya los pondré aquí, aunque son haikus de ocasión, sin más pretensiones, como todos estos bocetos.

Puedes ver algunos dibujos más en la página que he dedicado a este portafolio:

Portafolio de España y estados Unidos Portafolio de España y estados Unidos

 

 

We'll meet again (The Ink Spots #2)

Este es el segundo capítulo dedicado al grupo Ink Spots, pero, antes de escucharlos a ellos, te invito a empezar con esta versión de We'll meet again de Johnny Cash. Es la versión que más me gusta.

 

We'll Meet Again (Johhny Cash)

We'll meet again, don't know where, don't know when,
but I know we'll meet again some sunny day!
Keep smiling through, just like you always do,
'till the blue skies drive the dark clouds far away!

So, will you please say hello to the folks that I know?
Tell them I won't be long!
They'll be happy to know that as you saw me go,
I was singin' this song:
We'll meet again, don't know where, don't know when,
but I know we'll meet again some sunny day!
So, will you please say hello to the folks that I know?
Tell them I won't be long!
They'll be happy to know that as you saw me go . . .
I was singin' this song:
We'll meet again, don't know where, don't know when,
but I know we'll meet again some sunny day!
We'll meet again, we'll meet again . . .

Nos volveremos a ver, no sé cuando, no sé dónde
pero sé que nos volveremos a ver algún día soleado
sigue sonriendo como tú sueles hacerlo
hasta que los cielos azules se lleven las nubes oscuras

Así que, ¿puedes saludar a todos mis amigos?
Diles que no tardaré
Les alegrará saber que cuando me viste marchar
yo cantaba esta canción:
"Nos volveremos a ver, no sé cuando, no sé dónde
pero sé que nos volveremos a ver algún día soleado"
...

Y ahora puedes escuchar la versión de los Ink Spots. Como en casi todas las canciones de los Ink Spots, junto a la parte cantada hay un recitado, una fórmula que les hizo famosos ya desde sus primeras formaciones.

We'll meet again ( INK SPOTS)

Soy incapaz de asegurar quienes son los que cantan en esta ocasión, pues los Ink Spots tuvieron decenas de formaciones, a menudo varias al mismo tiempo, y casi todas siguiendo el mismo patrón estilístico.

En la legendaria primera (o segunda formación) de los Ink Spots, el cantante principal era Bill Kenny, mientras que  Orville "Hoppy" Jones hacía los recitados. Se suele creer que adoptaron está fórmula tras su éxito con la deliciosa If I did't care, pero ya un año antes ese era su estilo habitual.

El resto del grupo lo componían Ivory "Deek" Watson, Jerry Daniels y Charles Fuqua.

El nombre del grupo hacía referencia a que todos eran negros (Ink Spots quiere decir "manchas, lunares o puntos de tinta").

The Ink Spots

 

La letra de We'll Meet Again parece en principio optimista, pues asegura que habrá un futuro encuentro "en un día soleado". Sin embargo, especialmente en la versión de Johnny Cash, uno no puede alejar la sensación de que se refiere más bien a un encuentro tras la muerte o a la promesa de un encuentro que se sabe nunca podrá tener lugar. La versión que grabó Johnny Cash es la última canción del último disco que grabó antes de morir: Here comes the man.

Lo cierto es que la canción fue compuesta pensando en los soldados que combatían en la Segunda Guerra Mundial.

Interpretada en 1943 por Vera Lynn, fue probablemente la canción más escuchada durante la guerra, junto a Lili Marlen.

Esta es la versión original de Vera Lynn.

Vera Lynn

 

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Los compositores de We''ll Meet Again fueron
Ross Parker y Hughie Charles

 

 

En la película de Stanley Kubrick Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb), se escucha al final la canción, cantada por Vera Lynn, mientras se suceden explosiones nucleares en cadena en todo el planeta.

 

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La versión de 1963 de We'll Meet Again que aparece en la película de Kubrick, también cantada por Vera Lynn

 

 

Deus ex machina (#1)

Deus ex machina, o apò mekhanês theós,quiere decir «Dios a través de la máquina». Se refiere a un mecanismo de poleas que en los teatros griegos permitía que un personaje apareciese en el escenario como si descendiese desde las alturas.

"Cuando el desenlace de una obra no resultaba fácil y la situación estaba muy embrollada, se utilizaba la máquina para hacer descender a Zeus, quien era capaz de arreglarlo todo en un momento: «Tú te irás con Fulano», «Tú regresarás a tu patria y no tomarás venganza», «Tú heredarás el reino». Gracias a la intervención del padre de los dioses el mundo volvía en un instante a estar ordenado, lo que era un alivio para el autor de la obra, que, de este modo, salía fácilmente de cualquier callejón sin salida narrativa".

[Las paradojas del guionista, 252]

Aristóteles desaprueba el recurso fácil al deus ex machina en su Poética:

“El desenlace también debe surgir del argumento mismo, y no depender de un artificio de la escena, como en la Medea” (Aristóteles, Poética).

En la Medea de Eurípides, en efecto, Apolo salva a Medea de una muerte segura enviándole el carro del Sol, en el que huye.

Era, en definitiva, un recurso fácil que no nacía de la trama misma.

En la película Adaptation, el gurú del guión Robert McKee (Brian Cox) le explica todo esto al guionista Charlie Kauffman (Nicholas Cage):

 

 

Adaptation (Spike Jonze, guión de Charlie Kauffman)

Hoy en día, la expresión deus ex machina se emplea para referirse a un desenlace que no se deduce de manera lógica de la trama, sino que resulta gratuito: aparece un personaje del que no hemos tenido noticia en toda la película, o  conocemos en el último instante un dato que lo resuelve todo.

De este modo se consigue un desenlace sorprendente, pero no inevitable, y hay que tener en cuenta que uno de los consejos más interesantes que se pueden aplicar a un guión es que su desenlace sea sorprendente pero, al mismo tiempo, inevitable. Es decir, que el espectador se lleve una pequeña o gran sorpresa, pero, al mismo tiempo exclame: "¡Este es el desenlace que tenía que ser!".

Aristóteles también menciona esta paradoja de lo sorprendente e inevitable:

"Tales incidentes tienen el máximo efecto sobre la mente cuando ocurren de manera inesperada y al mismo tiempo se suceden unos a otros; entonces resultan más maravillosos que si ellos acontecieran por sí mismos o por simple casualidad. En efecto, hasta los hechos ocasionales parecen más asombrosos cuando tienen la semejanza de haber sido realizados a designio; así, por ejemplo, la estatua de Mitis en Argos mató al hombre que había causado la muerte de aquél al caer sobre éste en una ceremonia. Hechos de tal tipo no parecen sucesos casuales. Por eso las fábulas de esa clase resultan necesariamente mejores que las otras."

(Poética, 1452a)

También Horacio dice en su interesantísima Arte Poética (o Epístola a los Pisones) que los dioses no deben intervenir para solucionar el desenlace, excepto cuando sea inevitable:

"Un dios nunca intervenga: sólo que el desenlace
requiera juez divino".

En Poderosa Afrodita, una parodia del teatro griego, Woody Allen ofrece un irónico deus ex machina. Vemos a Linda, una prostituta y actriz porno que quería casarse y llevar una vida normal, pero que ha visto sus sueños rotos al revelar a su novio en qué trabaja.

Ahora viaja en su coche sin saber qué va a ser de su vida...

 

 

Por otra parte , usar el deus ex machina es olvidar una regla que es también una paradoja:

“Nosotros creamos las leyes, pero también estamos sometidos a ellas (nº22).”

El guionista o el novelista es el Dios de su creación, pero no debe olvidar que incluso Dios tiene que seguir sus propias leyes.

Los filósofos medievales a menudo discutieron de estas limitaciones de Dios. Una de ellas es que no puede hacer que lo que ha sucedido no haya sucedido (como mucho puede hacer que todos olvidemos que ha sucedido).

Cuando el guionista decide no seguir las normas del relato que él mismo ha creado y se saca de la chistera una solución injustificada está, pues, recurriendo a un deus ex machina.

Sin embargo, siempre hay excepciones, como mostraré en los próximos capítulos de este mini serial.

 

Algunas de las cosas que cuento aquí, también las digo Las paradojas del guionista, pero he cambiado, añadido y corregido algunas cosas (como una errata importante de la que hablo un poco más abajo). También, por supuesto, he dejado aquí muchas cosas que se cuentan allí. Puedes también visitar la página dedicada al libro en Las paradojas del guionista.

 

Al revisar el capítulo que dedico a este asunto en Las paradojas del guionista, he descubierto que la cita que pongo de la Poética de Aristóteles, tiene una tremenda errata:

"La mayoría de las narraciones contienen un elemento de sorpresa. Si podemos prever todas las peripecias que componen un argumento, es improbable que el relato mantenga nuestra atención. Por eso las peripecias han de ser inesperadas, pero también sorprendentes."

En vez de "sorprendentes, debería poner "razonables". Espero que el lector advierta este error por el contexto.

Por otro lado, no he podido consultar el libro del que tome la cita (en principio, la versión editada por Gredos), pero no parece un texto escrito por Aristóteles, sino una trascripción, o tal vez una aclaración en una nota a pie de página de los editores.
Por eso, en esta entrada, he preferido otra traducción más exacta, que he tomado de la versión electrónica de la Universidad de Filosofía Arcis de santiago de Chile (no se indica allí el traductor o la edición). Puedes leer el libro entero con este enlace: Poética.

 

El Arte Poética de Horacio en la tradución de Gerardo ramos, en: Arte Poética.

 

En mi revista analógica Esklepsis tenía una sección llamada Imposibilidades de Dios, dedicada a las diferentes imposibilidades de Dios planteadas por filósofos y teólogos, desde los textos bíblicos hasta Leibniz. En el número 3, la imposibilidad era una que imaginé yo mismo: Dios no puede demostrar que es Dios (lamentablemente, yo mismo no pude demostrar a mi amigo Juanjo lo razonable de esta imposibilidad, o al menos no pude convencerle).

Puedes leer la edición digital de Esklepsis con los enlaces que he puesto en el menú lateral (en PÁGINAS), aunque ahora estoy rediseñándolo todo y sólo se puede acceder al número 1: Esklepsis 1.

 

Las raíces de la coincidencia (Arthur Koestler)

En agosto tuve ocasión de leer en la casa de mi madre en La Palma un libro que trajo mi hermana: Las raíces del azar.

Las raíces del azr, de Arthur Koestler

El título original del libro de Kostler es The roots of coincidence, porque Koestler no busca el origen del azar, sino de las llamadas coincidencias significativas, es decir casi lo contrario de lo que parece indicar la traducción española

Es un libro que alguna vez he hojeado, pero que no llegué a leer nunca entero.

Siempre he sentido una cierta admiración hacia Koestler, quien muy joven vivió la comuna húngara de Bela Kun y tuvo que huír cuando fracasó; fue después sionista y en los años 20 participó en los asentamientos judíos en Palestina, pero se desinteresó del sionismo por su carácter racial; se unió a la expedición al Polo Norte en zeppelin en 1931; se hizo comunista y viajó por la nueva Unión Soviética; luchó en la guerra civil española, fue condenado a muerte en Sevilla y se libró gracias a un intercambio de prisioneros; regresó a la Unión Soviética y presenció los procesos de Moscú, lo que le alejó definitivamente de Stalin y del comunismo, escribiendo Del cero al infinito, donde mostraba los métodos empleados por los estalinistas para que sus propios seguidores no pudieran darse cuenta de la verdad, incluso aunque la tuvieran delante; durante años intentó que el mundo se diese cuenta de lo que suponía el ascenso de Hitler; tras la guerra participó en campañas contra la pena de muerte; escribió un fascinante libro sobre el imperio Jázaro, en el que sostenía que los judíos askenazís de Europa no eran judíos, sino jázaros convertidos, y unas cuantas cosas más que le convierten en uno de los personajes más interesantes del siglo XX. Es sin duda un futuro habitante de mi página dedicada a los húngaros (Están entre nosotros), pues nació en Budapest.

Koestler, como se ve, fue probando muchas ideas más o menos extravagantes o dogmáticas, pero las fue abandonando al descubrir sus errores o sus crímenes. Tan sólo no abandonó una idea, la que le hizo más famoso en sus últimos años: la creencia en lo paranormal. En 1972 escribió Las raíces de la coincidencia, un libro que ha marcado la historia de la investigación paranormal.

Arthur Koestler

 

La ciencia de lo paranormal

En Las raíces de la coincidencia, Koestler intenta probar que existe un prejuicio cientifista que impide a muchas personas aceptar la realidad de los fenómenos ESP o PES (Percepción extrasensorial), tales como la telepatía, la clarividencia o visión del futuro o la telekinesis o movimiento de objetos con la mente.

Koestler quiere con su libro dotar de un trasfondo científico a la investigación de lo paranormal; por ello, ello recurre a experimentos cuantitativos, no a los típicos relatos de un testigo que dice que una vez vio algo pero que nadie más lo vio (aunque también hay ejemplos de esto, como comentaré más adelante).

En concreto, Koestler  habla de los experimentos de Rhine, en los que, con cartas zener u otros procedimientos similares, se examina a cientos de sujetos para que adivinen la carta que va a salir.

Cartas Zener

Las cartas zener consisten en una baraja compuesta de cinco signos diferentes. El sujeto del experimento tiene que adivinar el signo oculto, ya sea por telepatía (recibiendo la imagen de alguien que va mirando las cartas) o por clarividencia (adivinando la futura carta)

 

Se trata de examinar si existen personas capaces de superar el número de aciertos que se obtendrían de manera puramente casual, es decir, la media azarosa.

Para que el lector poco familiarizado con las matemáticas o con la teoría de probabilidades entienda la importancia de una desviación de tres o cinco puntos respecto a la media azarosa, es decir respecto a los resultados que se obtendrían si se adivinasen las cartas por puro azar, Koestler explica varias cosas relacionadas con el asunto y especialmente la ley de los grandes números.

 

Las leyes del azar

La ley de los grandes números expresa algo que sucede siempre que experimentamos con algo azaroso, como los números que pueden salir en varias tiradas de dados.

Si lanzamos un dado doce  veces, seguramente no obtendremos dos unos, dos doses, dos treses, dos cuatros, dos cincos y dos seises. Es posible que uno de los números aparezca en cuatro de las tiradas, y que otro ni siquiera salga una vez.

Esta es una terrible desproporción, pues, si suponemos que el dado está perfectamente equilibrado, no hay ninguna razón para que un número salga más veces que otro, y menos cuatro veces (33%) contra cero veces (0%). Sin embargo, no es un fenómeno inusual, como sabrá cualquiera que en una partida de dados haya soportado una sucesión asombrosa de ases de su oponente.

Sin embargo, si aumentamos el número de lanzamientos, poco a poco irán saliendo todos los números, y poco a poco se irá equilibrando la estadística.

Si el dado tiene seis caras, a medida que aumenten los lanzamientos, cada cara se aproximará a 1/6 de las  veces. Cuando se trate de miles o millones de tiradas, podemos estar seguros de que el reparto entre los seis números del dado será casi equitativo.

Naturalmente, habrá números que hayan salido unas cuantas veces más que los otros, incluso cientos de veces, pero en la estadística de millones de tiradas esas diferencias serán insignificantes y cada cara tendrá aproximadamente un sexto (1/6) de apariciones.

Se produce, de este modo, algo aparentemente paradójico, pero incontrovertible: por una parte, no existe ninguna imposibilidad en la naturaleza del dado que impida que aparezcan seis millones de ases seguidos. Cada vez que se tira el dado, la probabilidad de salir de un as es de 1/6, aunque ya hayan salido muchos ases seguidos. Sin embargo, en cuanto se aumenta el número de intentos, las proporciones se equilibran.

Bien. Esto es algo que saben los matemáticos y los casinos: cuando las caras de un dado, tras miles de tiradas, no se aproximan todas a 1/6, eso quiere decir que el dado es defectuoso o está trucado, por ejemplo desnivelado, o con menos peso en uno de los lados. Y entonces se retira del casino.

Koestler conoce la ley de los grandes números, y además la explica muy bien. ¿Y por qué se detiene a explicarlo con tanto detalle?

Precisamente porque gracias a esta ley de los grandes números, investigadores como Rhine afirman que existe la percepción extrasensorial (PES): han encontrado a personas que han roto la ley de los grandes números, que han adivinado más cartas de las que se adivinan siguiendo el puro azar.

Hay que tener en cuenta que los sujetos que intentan adivinar las cartas zener deberían adivinar 20 de cada 100 cartas por la sencilla razón de que hay cinco cartas zener diferentes. En consecuencia, cada vez que intentan adivinar una carta tienen 1/5 de posibilidades. Si hay cien cartas, la probabilidad será de 20 aciertos, que es una quinta parte de cien.

Los sujetos escogidos de Rhine obtienen 28 aciertos.

Si el puro azar nos dice que en una baraja de cien cartas zener la probabilidad es acertar 20 cartas, entonces, si alguien adivina 28 cartas ello no podría deberse a la mera casualidad, sino a ciertos poderes extrasensoriales del individuo en cuestión.

 

Cómo explicarlo todo

Sin embargo, Koestler nos explica poco después que muchos sujetos de Rhine que en las primeras etapas obtienen buenos resultados en las mediciones de sus poderes extrasensoriales, no logran mantenerlos, sino que estos declinan.

Es decir, a esos sujetos escogidos les sucede precisamente lo que a un dado afortunado que obtiene cuatro ases en diez tiradas. Si seguimos experimentando con el dado, ese asombroso 40% de ases irá declinando, hasta aproximarse a un modesto 17%, es decir, a un sexto de los lanzamientos, el mismo porcentaje que el resto de las caras del dado.

La explicación resulta tan clara y evidente, que sólo la manera de presentarla de Koestler en el libro hace que no salte a la vista.

En efecto, lo que en cualquier investigación sería interpretado como que los éxitos iniciales se debieron al azar y no a los poderes extrasensoriales, es interpretado por los investigadores de la ESP y por Koestler de otro modo:

“El efecto declinante desde el comienzo hasta el final de una sesión) se consideró como prueba adicional de que algún factor de carácter humano intervenía en los ejercicios adivinatorios, no sólo la mera casualidad”.

El razonamiento de Koestler no puede ser más capcioso: alguien obtiene resultados superiores a la media puramente azarosa; puesto que supera la media azarosa, su acierto no puede ser fruto de la casualidad: tiene poderes extrasensoriales.

Sin embargo, ese mismo sujeto continúa intentando adivinar, pero ahora sus resultados no superan la media azarosa. La explicación ahora es que no es su acierto, sino su error, lo que no puede ser fruto de la casualidad.

En definitiva, cuando se obtienen buenos resultados ello prueba que el sujeto tiene poderes; cuando se obtienen malos resultados, ello prueba que algún factor externo afecta a los poderes del sujeto.

La cosa, como el propio Koestler dice más adelante,  resulta sin duda curiosa, puesto que en cualquier habilidad y aprendizaje humano se suele mejorar con la práctica, excepto en la PES, pero él tiene una explicación:

“Este efecto declinante supone una prueba adicional de la realidad de la PES. Existe también un declive general en la actuación de la mayor parte de los sujetos, al cabo de una prolongada serie de sesiones. Se aburren, eso es todo. Las habilidades normales, en general, mejoran con la práctica; pero en al PES ocurre lo contrario”.

Sí, debe de ser muy aburrido descubrir que uno tiene poderes extrasensoriales.

 

Criterios cambiantes

El mayor problema de los argumentos de Koestler (y de los defensores de lo paranormal) es que, según las circunstancias, se aplican unos u otros criterios. Los argumentos que emplean no se basan en la coherencia o en lo razonable, sino en lo que resulta útil a sus intenciones: cuando un argumento es útil para demostrar su tesis, lo emplean con seguridad; si en otra circunstancia resulta útil el argumento contrario, no tienen ningún problema en emplearlo también.

Lo curioso es que el propio Koestler da las claves para darse cuenta del fallo de sus argumentos, aunque en diferentes lugares del libro, probablemente para que el lector no caiga fácilmente en las consecuencias lógicas inevitables.

Da una clave, por ejemplo, cuando dice de pasada que la sucesión más larga que se conoce de apariciones de números rojos en una ruleta es 28.

Veintiocho veces el rojo en una ruleta es una proporción más asombrosa que todas las obtenidas por los diversos individuos que han hecho experimentos como los de Rhine, pero es obvio, como dije al principio, que cosas así suceden.

Que el rojo aparezca 28 veces seguidas no es habitual, pero sí puede salir cuatro veces o seis bastante a menudo. Si nunca se rompieran las proporciones azarosas sería bastante fácil que cualquiera ganase a la ruleta mediante el sencillo truco de apostar siempre a lo mismo y siempre el doble que en la apuesta anterior.

Ruleta europea

En la ruleta europea hay 16 números rojos, 16 números negros y un número verde (el cero). Se considera que la ruleta fue inventada por el filósofo y matemático Blaise Pascal, pero en el siglo XIX los hermanos Blanc añadieron el 0 a los 36 números. De este modo, la banca obtiene mayores beneficios y, además disminuye las posibilidades de métodos como apostar siempre el doble al rojo o al negro. En la ruleta americana los beneficios de la banca aumentan, pues hay un doble cero (00)

La analogía entre casos excepcionales como 28 veces saliendo el color rojo y los sujetos escogidos de Rhine es tan evidente que parece una torpeza tener que expresarla claramente, pero hay que hacerlo porque Koestler, y quienes piensan como él, se las arreglan para ocultar esta diáfana conclusión a los ojos de sus seguidores (a los que quizá habría que llamar acólitos).

Sencillamente: del mismo modo que en la ruleta a veces sale varias veces el mismo color e incluso el mismo número, o que en diez tiradas de un dado se puede violar de manera asombrosa la ley de los grandes números y puede aparecer cuatro veces un as, lo mismo sucede cuando un individuo en un laboratorio logra adivinar más cartas de las que debería adivinar por puro azar: son cosas que a veces suceden.

Hay muchos individuos experimentando y cada uno lo hace cientos o miles de veces, por lo que es evidente que algunos de ellos, o alguno de ellos en un momento concreto, obtendrá un resultado llamativo. Asimismo, dentro de los que obtienen resultados llamativos, alguno logrará repetirlos.

Lo mismo que le sucede al pobre dado afortunado, capaz de obtener cuatro ases seguidos, pero que al final se ajusta a la ley de los grandes números, le sucede al sujeto supuestamente dotado de poderes paranormales: su golpe de suerte se empieza a diluir, a declinar, como dice Koestler.

Ahora podemos trasponer la explicación de Koestler de por qué los sujetos con poderes paranormales empiezan a declinar, pero ahora aplicándoselos al dado:

“Este efecto declinante supone una prueba adicional de la realidad de la PES del dado. Existe también un declive general en la actuación de la mayor parte de los dados, al cabo de una prolongada serie de sesiones. Se aburren, eso es todo. Las habilidades normales, en general, mejoran con la práctica; pero en la PES de los dados ocurre lo contrario”.

Como dije antes, la estafa de este argumento, tan frecuente en lo que se refiere a la paraciencia es que primero se utiliza un fenómeno improbable, pero no imposible, como es sacar cuatro ases o adivinar más cartas de las habituales, para probar los poderes extrasensoriales; después, cuando la situación vuelve a la normalidad se insinúa que hay factores, como el hastío, que interfieren en los poderes mentales.

Antes de dar otro ejemplo de cómo los partidarios de la parapsicología dan la vuelta a cualquier situación comprometida, haré una pequeña aclaración.

 

En qué consiste acertar en el blanco

Un arquero lanza una flecha desde una distancia de cien metros y la clava en el centro exacto de la diana. Otro, aprovechando que nadie mira, se acerca a la diana y la clava en el centro.

El resultado parece idéntico en ambos casos: una flecha clavada en el centro de la diana, pero es evidente que el primero es un gran arquero, mientras que el segundo es sólo un tramposo.

Lo mismo que con los arqueros sucede con el mundo paranormal.

Es probable que algunos de los fenómenos que los paranormalistas afirman que existen realmente existan, o que sean plausibles o posibles, pero eso no significa que los argumentos y pruebas que utilizan para defender tales fenómenos sean válidos, ciertos o plausibles (por no decir pasables).

No tengo nada en contra de la telepatía, la precognición o la telekinesis. No sé si existen o no. Incluso creo que algunas cosas, como la telepatía, aunque no existan, probablemente acabarán existiendo. En cualquier caso, si se demostrase que alguna de estas cosas existen, no tendría ningún problema en reconocerlo, ni mi universo mental y conceptual se tambalearía.

Lo cierto es que me gustaría que existieran tales cosas, especialmente las que permiten pensar en la inmortalidad. Unamuno creía o quería creer en Dios porque era el camino más sencillo a la posibilidad de ser inmortal, yo estaría encantado de que existiesen fantasmas, porque esa sería la vía más rápida para que yo mismo acabase convirtiéndome en uno de ellos.

Aunque conciba la posibilidad de que algunas de las sugerencias paranormalistas puedan llegar a demostrarse algún día, eso no me hace creer que los malos argumentos y las malas teorías son buenos.

Estoy casi seguro de que ha de existir un planeta en el que exista vida inteligente, tengo lo más parecido a una certeza absoluta de que no existe donde dicen los expertos en OVNIS. También creo posible que en algún momento haya que corregir algunos aspectos de la teoría de la evolución, pero estoy bastante seguro de que no será para adoptar los puntos de vista del creacionismo.

No conozco (ni yo ni nadie) ninguna prueba, hipótesis o teoría paranormalista que sea mínimamente convincente para una persona que piense, razone y no esté convencida de antemano. Es decir, para cualquiera que no sea ya un acólito, un creyente o alguien pobremente informado.

Lo único que hasta ahora he visto ha sido gente que afirmaba que era capaz de acertar enel blanco, pero que, aprovechando que nadie miraba, se acercaban a la diana con la flecha en la mano y la clavaban en el centro.

Por tanto no es mi intención discutir aquí la posibilidad de los fenómenos paranormales, sino la validez de los argumentos a su favor y lo dudoso de las supuestas pruebas, como el efecto declinante o el efecto fatiga, que sirve para justificar la evidencia de que los "adivinadores fabulosos" también están sometidos a la ley de los grandes números. Veamos otras supuestas pruebas de la PES.

 

Prever no es previsible

Koestler expone uno de los argumentos escépticos en contra de la PES:

“De acuerdo; vuestro sujeto telepático acierta ocho veces en veinticinco intentos en lugar del promedio normal y casual de cinco aciertos. Esto es muy impresionante, pero no elimina sus diecisiete equivocaciones en veinticinco intentos. Suponiendo que el persistente exceso se deba a la PES, debe ser esta una facultad muy errática, puesto que viene y se va a su antojo, y sobre todo puesto que casi siempre se va”.

Sí, la verdad es que para alguien que tiene poderes extrasensoriales, resulta extraño que se considere un gran éxito acertar 32 veces de cada cien. Si el futuro del planeta dependiera de sus predicciones, las posibilidades de extinción serían ni más ni menos que de un 68%.

Para combatir esta dificultad, Koestler comienza diciendo que lo mismo sucede con las partículas de un gas que se mueven erráticamente, pero desecha la comparación porque en las partículas de un gas el resultado total está garantizado (el porcentaje se ajustará a la ley de los grandes números), pero en la PES “ni siquiera el resultado total está garantizado”, ya que no hay manera de asegurar que un adivinador seguirá adivinando con la misma cantidad de aciertos.

En efecto, ya sabemos, por el efecto declinante y el efecto fatiga, que ni siquiera podemos contar con ese 32% de aciertos.

Tiene razón Koestler al reconocer esta nueva dificultad, pero, a pesar de ser válida y poderosa, no es esta la objeción adecuada a su analogía entre la PES y las partículas de un gas. La objeción adecuada es que no es una analogía válida.

Porque, aunque nadie duda de ese comportamiento errático de las partículas de un gas, es evidente que, si hablamos de percepción extrasensorial, se trata de algo que no tiene nada que ver con un comportamiento errático, sino con un comportamiento voluntario. Algo que tiene que ver con la causalidad y no con la casualidad.

Las partículas de un gas no desean obtener un porcentaje que se ajuste a la ley de los grandes números, pero los paranormalistas sí que desean obtener resultados asombrosos; resultados que, precisamente, se alejen de la ley de los grandes números y de cualquier cálculo probabilístico.

¿Por qué entonces Koestler pone el ejemplo de las partículas de un gas, que ni a él mismo le vale?

Seguramente para que el lector sienta intuitivamente que hay cierta cientificidad en la PES, ya que  no vamos a exigirle a un pobre médium lo que no exigimos a las partículas de la física.

Además, Koestler parece decir: acepto que este argumento no es válido, pero, después de mostrar así mi objetividad, ¿qué me dicen de este otro? Y entonces lanza el verdadero argumento.

El anterior es, por cierto, otro método dialéctico muy conocido, que consiste en ceder una, dos o tres veces, para que el lector, finalmente, acepte lo que viene a continuación, que, supuestamente, será ya un argumento muy depurado e incontrovertible.

Los partidarios de los fenómenos paranormales y en especial de los avistamientos de OVNIS emplean un método parecido:

“Supongamos que rechazamos este avistamiento, y este, y este otro; supongamos que una gran parte se ha debido a errores de percepción y otra gran parte al fraude, supongamos incluso que el 90% de los avistamientos son falsos, o incluso el 99%. De acuerdo, pero ¿y ese 1% restante?”.

Si empleamos ese mismo truco en otros contextos podríamos decir que los dioses griegos existen, porque aunque mintiese el 99% de los que afirmaron en la Antigüedad haber visto ninfas, centauros, faunos, a Dionisio o a Zeus, seguiría quedando un 1% cuyo testimonio tendríamos que aceptar. Que el 99% de las personas que vieron a los dioses del Olimpo durante cerca de mil años estuviesen equivocadas o mintiesen, pase… ¿Pero y ese 1% restante?

Del mismo modo, si se pusiera de moda decir que la Crítica de la razón pura la escribió un pelícano, la cosa no se convertiría en más probable si lo afirmasen un millón de personas y dijésemos que, aún descartando el 99,9%, todavía nos quedaría un 0,1%.

Pondré un ejemplo científico: hace unos años un laboratorio (creo que de Estados Unidos), anunció haber logrado la fusión fría, un viejo sueño de obtener una fuente de energía prácticamente gratuita. En las siguientes semanas se sucedieron los experimentos en todos los laboratorios del mundo y más y más centros anunciaron que también habían obtenido la fusión fría.

Sin embargo, mediciones más precisas y una revisión de los resultados originales mostró que no se había producido tal energía, y que todo se debía a un redondeo de alguna cifra decimal.

Los científicos, como los investigadores de lo paranormal, a menudo redondean hacia lo que desean obtener, pero la diferencia es que los científicos someten los resultados a sucesivas revisiones y contrastaciones.

En conclusión, todos los laboratorios del mundo habían hecho un redondeo similar siguiendo la estela del original. Todos tuvieron que revisar sus resultados y todos, que yo sepa, se retractaron. De nada valdría tampoco en esta situación salir en defensa de la fusión fría diciendo: “Bueno, supongamos que el 99% de los laboratorios redondearon las cifras, pero ¿y ese 1% restante?”.

Hora de volver a Koestler, que intentaba mostrar por qué no es en absoluto significativo o refutatorio que un sujeto dotado de percepción extrasensorial adivine 8 intentos de 25 y falle en 17.

Ya hemos visto que Koestler admitía que en un experimento PES no podemos garantizar ningún resultado, ni siquiera con sujetos asombrosos:

 “Por prometedor que sea el sujeto, por impresionante que resulte su trayectoria adivinatoria, no podemos contar con la menor certeza de que sus facultades funcionen con éxito en la próxima sesión experimental.”

¿Cómo solucionar esta constatación que a cualquiera en su sano juicio haría dudar de esos anunciados poderes?  

Koestler recurre a otra de las recetas preferidas de los paracientíficos: no hay que dar tanta importancia a las exigencias científicas de experimentación, en las que se exige la repetibilidad y la previsibilidad, porque los sucesos de la PES no son repetibles ni previsibles; algo, añade, que también se puede decir de disciplinas como la medicina o la psicología.

Para no extenderme, dejaré aquí sin tratar la confusión, probablemente intencionada, entre el carácter empírico de la medicina y la afirmación de que en ella no hay repetibilidad o previsibilidad y sólo diré que,  tal como lo plantea Koestler, es imprevisible que la vacuna que sabemos evita el tétanos funcione y, en consecuencia, daría lo mismo inyectarse, sencillamente, un poco de agua del grifo.

viruela                     El último enfermo de viruela

Resulta verdaderamente difícil entender como se ha logrado erradicar la viruela del mundo si no era previsible que la vacunación funcionase. A la derecha, el somalí que fue el último enfermo de viruela por causas naturales (1977)

 

Koestler, además de la medicina y la psicología, pone ejemplos de cosas a las que tampoco se puede aplicar la repetibilidad y la previsibilidad, como la erección del pene o el orgasmo femenino (aunque es improbable que cualquier persona no pueda mejorar en sus erecciones o sus orgasmos si aplica cada vez mejores estímulos y técnicas ocasión tras ocasión).

En conclusión, resulta que lo de la repetibilidad y la previsiblidad no son importantes. Lo primero que el lector de Koestler se pregunta es por qué entonces la intención del libro de Koestler consistía en mostrar los resultados de investigadores que se dedican a medir repeticiones, como Rhine.

¿Usamos el método científico o no lo usamos? ¿Lo usamos sólo hasta donde nos convenga y luego saltamos a la arbitrariedad más pura de nuevo?

La gran paradoja de todo esto, se resume en el título de este apartado: la facultad PES de prever el futuro es lo menos previsible del mundo: la previsión no es previsible.

 

Los ingleses (también en esto) son diferentes

Un apartado divertido, supongo que no porque Koesler lo deseara así, es el que dedica a los experimentos que hizo un inglés llamado Soal, quien intentó repetir los resultados que había obtenido Rhine en Estados Unidos:

“El resultado fue nulo: no se halló ninguna desviación significativa con respecto a la norma de las probabilidades”.

Esto, que para cualquiera habría sido, de nuevo, una llamada de atención para revisar los procedimientos de Rhine y dudar de sus resultados, se convirtió, burla burlando, en una nueva prueba de la PES.

En primer lugar la esposa de Rhine sugirió que los sujetos de Soal no se entregaban con la pasión adecuada al experimento y que el propio Soal “no portaba su antorcha personal en la exploración de lo desconocido”, que debe ser una forma metafórica de decir que Soal no redondeaba los resultados de la manera adecuada, y simplemente observaba los datos obtenidos.

Pero la solución a este enigma de por qué los ingleses no tenían PES vino por un lugar insospechado: las “adivinaciones desplazadas”.

El asunto consiste en que los adivinadores no siempre adivinan en el momento adecuado: a lo mejor sucede que están un poco retrasados o adelantados (temporalmente) y adivinan el naipe anterior o posterior, en vez del que acaba de salir. Revisando minuciosamente los resultados, Soal descubrió que un sujeto llamado Shackleton adivinaba muy bien con 2,5 segundos de anticipación.

Esta es otra de las maneras de solucionar malos resultados: buscar pequeñas variantes que den un resultado más beneficioso: al final siempre se encuentra alguna irregularidad en cualquier serie estadística.

A partir de entonces, Soal experimentó con Shackleton y obtuvo estupendos resultados, que en esta ocasión eran muy repetibles, cosa en la que Koestler insiste con orgullo, a pesar de aquellos argumentos con los que casi nos había convencido páginas atrás acerca de lo poco que importaba la repetibilidad.

 

Para rara, la ciencia

Koestler dedica el segundo capítulo de su libro a explicar en qué consiste la moderna física cuántica y lo rara y anti intuitiva que es.

El propósito de su larga e interesante exposición es doble: por un lado mostrar que la ciencia actual es más extravagante que cualquier teoría de la PES. En segundo lugar, utilizar la rareza cuántica para justificar o explicar los sucesos paranormales.

Las personas con teorías extravagantes siempre han utilizado los aspectos más complejos, confusos o misteriosos de la investigación científica para defender sus propias teorías, ya se trate de la fuerza atractiva de los imanes, la gravedad, la electricidad, el electromagnetismo, la teoría de la relatividad o la mecánica cuántica.

A medida que las teorías científicas son sustituidas por otras, ellos se apuntan a la última y adoptan un lenguaje semejante, para, de este modo, dar un viso de respetabilidad a sus ideas.

Es, por supuesto un procedimiento tan poco válido como el de la Iglesia de Roma, que primero intentó enfrentarse a los científicos (heliocentrismo, darwinismo) y finalmente, cuando ya no tuvo más remedio que admitir que resulta bastante obvio que la Tierra no es el centro del universo, o que el hombre no fue creado en seis días, recurrió a una interpretación alegórica de los textos sagrados.

Según esta interpretación, seis días son seis eras geológicas o cósmicas, y lo de la tierra inmóvil es tan sólo una cesión de Dios a la cultura de la época: puesto que los seres humanos creían que la tierra era plana y el centro del universo, ¿para qué iba  a sacarles él de su error?

Según parece, a Dios sólo le interesa iluminar a los hombres en las cuestiones de la salvación, aunque no está del todo claro la necesidad de Dios de hacerles creer que el mundo se había creado en seis días, cuando es probable que en aquella época todo el mundo pensara de manera intuitiva que hacían falta unos cuantos más.

Así que los creyentes en poderes paranormales y cosas inexplicables recurren a la ciencia del momento siempre que pueden, no porque acepten los criterios de la ciencia, por ejemplo la exigencia de contrastar las teorías, sino simplemente porque les resulta útil en su intento de ganar respetabilidad y resultar más creíbles para sus ya de por sí crédulos seguidores.

Con la física cuántica y la relativista, los creyentes en lo paranormal están de enhorabuena, porque, efectivamente, pocas veces han existido teorías físicas más aparentemente extravagantes y más difíciles de encajar con la intuición común. Es obvio que con la física newtoniana clásica, donde todo parece el resultado de algo parecido a microscópicas bolas de billar que chocan, y donde todo efecto parece proceder de una causa definida, poco terreno quedaba para lo paranormal. Ni siquiera quedaba sitio para Dios, como dejó de manifiesto Laplace cuando Napoleón le preguntó por qué no aparecía Dios en su Física:

"Sire –respondió el científico- no he considerado necesario introducir esa hipótesis."

Sin embargo, en la física cuántica y relativista parece que no existe diferencia entre la flecha del tiempo, entre pasado y futuro, lo que podría  hacer posible el viaje al pasado; que los fotones pueden relacionarse a distancia, sin ningún tipo de medio interpuesto; que la observación influye de alguna manera en lo observado, etcétera.

Así que los paranormalistas cantan jubilosas loas a la cuántica, asegurando que sus ideas han sido confirmadas por la ciencia.

Ahora bien, la rareza no justifica la rareza: decir que mi vecino tiene un oso verde de Singapur no me hace a mí menos extravagante por pintar a mi perro de azul cobalto. El oso verde de Singapur existe y es, efectivamente, de un extravagante color verde, pero mi perro azul cobalto es sólo un producto de mi extravagancia.

Dicho de otro modo: la física cuántica lo que hace es refutar o corregir la física newtoniana, pero lo que no hace, en ningún caso, es probar las teorías paranormales. Y lo mismo se puede decir de la física relativista.

Oso verde de Singapur

El oso verde de Singapur es un oso polar que, por vivir entre algas en el zoológico de Singapur, adquiere un curioso color verde

 

Fantasías irrepetibles

A Koestler y a los paranormalistas les gusta recordar la historia de la ciencia para mostrar que teorías que fueron consideradas absurdas después se han confirmado, y así cita el célebre caso de la teoría de Kepler de que las mareas eran causadas por la fuerza atractiva de la luna. A Galileo, esa idea le parecía una pura “fantasía ocultista”. Sin embargo, ahora sabemos que Kepler tenía razón.

Cierto, pero si creemos y aceptamos esa teoría es precisamente porque hemos podido observar esa atracción una y otra vez. Es un fenómeno perfectamente previsible y observable en condiciones científicas. Como lo es que los planetas se mueven en órbitas elípticas, cosa que también descubrió Kepler.

Antes de las órbitas elípticas, Kepler propuso todo tipo de extravagantes movimientos. Cualquiera de ellos podría haber resultado ser el correcto, pero la decisión final no la tomó Kepler siguiendo un capricho o una intuición, sino observando los planetas en el observatorio que heredó de Tycho Brahe. Y esa observación, que también es perfectamente repetible y previsible, le llevó a aceptar las elipses (hacia las que sentía bastante repugnancia).

La teoría kepleriana de las mareas no se acepta porque sea una “fantasía ocultista”, sino porque puede explicarse de manera completamente racional y razonable desde el punto de vista de la física.

Ahora bien, aunque es obvio que una de las características de las teorías científicas es su repetibilidad y su carácter predictivo (en lo que superan a todos los adivinadores que hayan existido, por cierto), es cierto que hay cosas no repetibles pero que no por ello son menos reales, por ejemplo la vez que me resbalé con una cáscara de plátano cuando tenía dieciséis años. Podré volver a resbalarme en una cáscara de plátano, pero no con aquella cáscara ni de nuevo con dieciséis años.

Así que podría darse el caso de que algún fenómeno paranormal sólo se produjera en circunstancias tan específicas que resultara irrepetible e incontrastable. Pero, de todos modos, aceptarlas sin más iría precisamente en contra de ese recurso de Koestler a esas teorías que antes la ciencia no aceptaba y ahora acepta, porque, como acabo de argumentar, esas teorías se aceptan porque sí se ajustan a los parámetros de la ciencia.

De nuevo, Koestler da bandazos: por un lado dice que la repetibilidad no es importante, por el otro pone ejemplos de teorías que se han convertido en científicas precisamente porque son repetibles.

De todos modos, aunque aceptemos la irrepetibilidad de ciertos fenómenos, resulta excesivamente extravagante sumar otra circunstancia: que además de ser irrepetibles sean inobservables en condiciones normales.  Es decir, que nunca puedan ser observados en condiciones fiables.

Porque no hay ningún fenómeno paranormal que reúna las condiciones exigibles para creer en su verosimilitud. El mago Randy ofrece un millón de dólares a quien logre demostrar en condiciones que excluyan un fraude un fenómeno paranormal: el premio sigue desierto después de bastantes años, lo que resulta llamativo, dada la afición evidente de los paranormalistas por el dinero ajeno.

La idea de que el mundo de lo oculto, también se oculta a propósito parece difícil de explicar, a no ser construyendo enrevesadas teorías.

También resulta llamativo que las coincidencias que asombran a Koestler estén más cerca de resultar patéticas que sublimes, como aquella, de Jung aquella noche en que hablaba de escarabajos dorados y entonces entro un escarabajo volador dorado por la ventana. O la de Kammerer, que un día compró la entrada número 19 en un teatro y después le dieron la ficha número 19 del guardarropa.

Visto así, sin más, puede resultar curioso, pero cuando uno empieza a imaginar al universo confabulándose para escuchar de qué está hablando Jung y mandando entonces hacia su ventana a un escarabajo dorado, o empleando sus tramas ocultas para darle a Kammerer dos veces el número 19,  es difícil no pensar que el universo oculto se podía dedicar a cosas más importantes.

 Pero ese es otro asunto. Aquí sólo quería examinar el intento de Koestler, que fue muy influyente y sigue siéndolo en ambientes paranormalistas, de dotar de cierto aroma científico a las propuestas de la PES.

 

Pues leer la página dedicada a los húngaros en

Están entre nosotros

En 2003 inicié una subpágina que se llamaba Lo dudo, en la que pensaba subir textos acerca de los diferentes fenómenos paranormales. Pero sólo subí uno relacionado con la astrología. En los próximos revisaré esa subpágina y añadiré más textos y otros ya publicados, como dos que puse en el blog Libertalia:

Casualidades y Creer en todo

También escribí hace muchos años un largo texto acerca de las casualidades significativas, que espero encontrar y subir un día de estos

Sobre Kepler, uno de mis personajes históricos favoritos, he escrito muy a menudo, por ejemplo en este blog, o en otros anteriores

Virtudes de la fe Virtudes de la fe (Mundo flotante)

Johannes Kepler El método de Kepler (El arte malabar)

 

 

El problema de la identidad

La mesa de Bertrand Russell

Esta entrada ha sido eliminada debido a la próxima publicación de El problema de la identidad

 

Ensayos eléctricos de Fernando P. Fuenteamor

Con Fernando comparto una amistad que ha sobrevivido a los años y la distancia, y también compartimos muchas otras cosas, que no no nos pertenecen ni a él ni a mí, como el amor por la buena ciencia ficción y por Philip K.Dick.

Hasta hace poco, Fernando vivía en Lanzarote y pasaron demasiados años sin que nos viéramos. Recientemente regresó a Madrid y hemos vuelto a vernos y a disfrutar el uno del otro.

Ha escrito una extraordinaria novela que ya he leído dos veces (en dos versiones diferentes) y ha comenzado a publicar en una página web. Su primer artículo es un homenaje a Philip K.Dick en el nosecuantos aniversario de su muerte (aunque hay quienes sostienen que Dick sigue vivo y somos nosotros los muertos).

Fernando habla en ¿Soñamos aún los lectores con ovejas eléctricas? de la trilogía de Dick compuesta por sus últimos libros Sivainvi, La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer.

Cuando leí Sivainvi, me gustó tanto que pospuse la lectura de las dos siguientes novelas, porque antes quería examinar en detalle algunas de las cosas que sugiere Dick en esta novela de ciencia ficción teológica (un género en el que es un maestro). Así pasaron los años hasta que este toque de atención de Fernando me ha hecho decidirme a leer La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer.

El artículo de Fernando es muy interesante, como no podría ser de otra manera, puesto que él fue el editor del mejor fanzine de ciencia ficción publicado en España, Zikkurath.

Zikkurath, de Fernando Fuenteamor

 

Fernando ha perdido los números de su propio fanzine, así que si tú tienes alguno o sabes cómo conseguirlos, envíame un mensaje.

Me gusta mucho la cita con la que Fernando inicia su artículo:

«… es indudable que su actitud de intentar todas la ideas posibles para ver si funcionaban destruyó finalmente a Tim Archer. Probó demasiadas ideas; las elegía, las examinaba, las aplicaba durante un tiempo, y luego las dejaba caer…Pero, sin embargo algunas de esas ideas volvían por la puerta de atrás y caían sobre él. Esta es la historia; se trata de hechos históricos. Tim ha muerto: las ideas no sirvieron… Una cosa cabe destacar: Tim sabía cuándo afrontaba una lucha a muerte y cuándo lo advertía, adoptaba la postura de enérgica defensa. No se convirtió en un cómplice de un destino retributivo, murió sin ceder, devolviendo los golpes… El destino tuvo que asesinarlo.»

 

Puedes leer el artículo entero con este enlace:

¿Soñamos aún los lectores con ovejas eléctricas?

 

Excéntrico

Aquí se acaba El arte malabar, pero la cosa continua en el siguiente cuaderno digital...

ExcéntricoExcéntrico

 

[abril/ octubre de 2007]

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